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UN EXODO CUBANO QUE SE LLAMO PEDRO PAN

Cuando en un juego de baloncesto le gritaron a Mel Martínez, entonces de 14 años: “Muerte al católico” porque llevaba un escapulario, sus padres supieron que era hora de enviarlo a Estados Unidos a través del Exodo de Pedro Pan.

En su ciudad, Sagua la Grande, en la región central de Cuba, ya el gobierno de Fidel Castro había fusilado a un joven de 16 años, contó el ex Senador de Estados Unidos, en un emotivo recorrido el lunes por la exposición Operation Pedro Pan: The Cuban Children’s Exodus, que estará abierta en el museo HistoryMiami del downtown hasta enero.

“Había un ambiente de odio, de oposición a todo punto de vista diferente”, recordó Martínez en conversación con El Nuevo Herald, sobre el clima de violencia e intolerancia que se vivía a principios de la década del 1960 en la isla y que, él señala, enfrentan aún hoy los opositores y disidentes en la isla.

El mayor éxodo de menores solos del Hemisferio Occidental fue posible gracias a la ayuda de la iglesia católica, bajo el liderazgo de monseñor Bryan Walsh, y el gobierno norteamericano. En la operación, los padres enviaron a sus hijos a campamentos auspiciados por la Iglesia y a hogares adoptivos en diferentes ciudades de Estados Unidos, para que escaparan del adoctrinamiento comunista y la persecución de las ideas católicas y divergentes en la isla.

“En una misa en la catedral de Santa Clara de Asís, entraron hombres armados con machetes. Se fueron sentando entre nosotros, entre las niñas de la escuela”, recordó Valdivia, que entonces asistía en la ciudad de Santa Clara al colegio religioso de las Teresianas, donde ella y su hermana María Isabel ya habían manifestado su oposición al gobierno con letreros que condenaban el cierre de las escuelas religiosas.

Para entonces, su padre había estado preso en varias ocasiones, y cada vez que abrían la puerta de la casa encontraban a un miliciano con arma larga en la acera.

“Ese día, cuando las niñas salimos asustadas de la iglesia, se habían formado dos grupos, y nos tiraban piedras”, rememoró Valdivia sobre el episodio en la Catedral, uno de los detonantes para que sus padres tomaran la decisión de separar a una familia muy unida, y enviarlas a ella y a su hermana, entonces de 12 y 14 años respectivamente, a Miami.

Con esos recuerdos aún presentes, Valdivia, junto a otra “Pedro Pan”, Carmen Romanach, comenzó en el 2010 a recopilar objetos que recrean el mundo de los niños del éxodo en la muestra curada por el director del HistoryMuseum, Jorge Zamanillo. Se incluye desde la memorabilia relacionada con las escuelas católicas a las que asistieron en la isla hasta las camas, servilletas, vajillas y banderas que se usaban en los cuatro campamentos en los que fueron acogidos al llegar a la Florida.

En la ‘pecera’ cubana

Para Valdivia, una de las experiencias más amargas de la separación fue la despedida de su padre, que no pudo ir con ellas al Aeropuerto porque para entonces solo permitían que uno de los padres las acompañara. Así, mientras su padre esperaba en las cercanías para ver despegar el avión, su madre se quedó afuera de la “pecera”, ese gran cubo de cristal donde encerraban a los cubanos antes de marcharse de la isla para procesar sus documentos y revisarles el equipaje.

La reconstrucción de la pecera en la sala de HistoryMiami es una de las más emotivas e impresionantes, sobre todo porque va acompañada de videos con los testimonios de los Pedro Pan.

“La ‘pecera’ era para los ‘Pedro Pan’ como el rito de iniciación. Veías la cara de horror de tus padres allá afuera”, comentó Valdivia, sobre una experiencia común para la mayoría de los cubanos que abandonan la isla de manera definitiva y que tienen esta última visión de su país y familiares, temiendo por ellos, deseando que nada detenga el proceso, para que puedan cumplir el objetivo de salir de la isla.

“Estuvimos allí un día entero. Al final me quitaron la maleta”, señaló Valdivia, que recuerda muy bien las palabras de la “miliciana”: “Esto es materia prima cubana y no te pertenece”.

De izq. a derecha. Tony Argiz, presidente de una firma de contadores de Miami. Mel Martínez, ex senador federal, ambos Pedro Pan, observan objetos que les traen recuerdos agridulces.

De la estancia en la pecera, el contador Tony Argiz, que recorrió la exposición junto a Martínez, recuerda una victoria pírrica. “Mi delirio era jugar béisbol. Y le dije al miliciano que me dejara el guante de pelota, y lo hizo”, recordó Argiz, presidente de la firma radicada en Miami Morrison, Brown, Argiz & Farra, LLC (MBAF), que cuenta con 500 empleados y oficinas en Ft. Lauderdale, Boca Raton y Nueva York.

Cuando hay que crecer rápido

Argiz tenía 9 años cuando salió de Cuba sin sus padres, para reunirse con un hermano en Tampa. No los volvió a ver hasta mayo de 1967, con 14 años. “Con esa edad tenía más experiencia que un hijo mío de 20”, apuntó Argiz, que tenía tanto desespero por el reencuentro que quería tomar la carretera y venir hasta Miami a ver a sus padres, que estaban en el Freedom Tower, donde se recibía a los cubanos recién llegados para trámites migratorios.

Según Martínez, el momento definitorio de su situación de exiliado fue en el Aeropuerto de Miami, cuando les pidieron que el grupo de 11 niños que viajaba solos hiciera una fila aparte. “Ahí comenzó mi vida solo”, comentó Martínez, que lo llevaron a uno de los campamentos para los Pedro Pan, en Matecumbe, en el suroeste de Miami-Dade, y después estuvo en un foster home en Orlando, donde se sintió en familia.

Como veterinario, a Martínez padre no lo dejaban salir de la Isla. En ocasiones, representantes del gobierno le dijeron que su hijo Mel tenía que regresar. Fue una condición que su padre jamás aceptó. “Por eso me identifiqué tanto con [el caso] de Elián González”, apuntó Martínez, que se percató muy temprano de que era clave asumir una actitud positiva y aceptar la vida en el nuevo país.

A la llegada de sus padres, en 1966, ya Martínez tenía ahorros. “Nos compenetramos como familia inmediatamente”, reconoció. Sin embargo, su madre lo encontró cambiado. “Ella me preguntaba si había tenido una cirugía en la cara”, contó.

De alguna manera se invirtieron los roles y Martínez asumió la protección de sus padres y de su hermano menor, Rafael, también un Pedro Pan, que al principio vivió con familiares en Miami. “Siempre fui el cabeza de familia. Mi padre no hacía decisiones importantes sin consultarme”, dijo Martínez, que en el inicio los llevó a sacar la licencia de conducción. De esa etapa recuerda una anécdota divertida, llevó a sus padres a un laundromat para indicarles cómo lavar la ropa y unas señoras americanas observaban con ternura como si fuera él, el joven, el que estaba aprendiendo a lavar.

“No hubo nada lógico en la vida de nosotros”, apuntó Martínez, que está interesado en que sus hijos vean la exposición para que entiendan su experiencia.

Por su parte, Argiz siguió practicando béisbol hasta que consiguió una beca para estudiar contabilidad en Florida International University.

“En el colegio de los salesianos en Tampa había 40 ‘Pedro Pan; y eran los mejores atletas y los primeros en la clase”, recordó Argiz, que de su experiencias obtuvo una voluntad de servicio, y por ello fue presidente de la junta de United Way, en el 2007.

‘Operation Pedro Pan: The Cuban Children’s Exodus’, en HistoryMiami, 101 W. Flagler St., (305) 375-1492(305) 375-1492. historymiami.org

EL REENCUENTRO CON LOS RECUERDOS

En un sótano del museo, donde se guardaban los objetos que no se habían terminado de montar en la exposición, Jorge Zamanillo, director de HistoryMiami, muestra los recuerdos que los niños consiguieron poner en la única maleta que les dejaron traer. Ahí están las canicas (bolas de cristal) que escondió uno de ellos; las libretas que usaban en el campamento y que identificaban con su nombre y la dirección de su casa en Cuba. Martínez y Argiz recuerdan con detalles la suya, la de Mel en Sagua la Grande, Villa Clara, y la de Tony en La Víbora, en La Habana.

▪  Martínez también se reencuentra con una camisa suya de los Boy Scouts en Cuba, que años después le trajo una tía de la isla.

▪  El escritor y profesor de Yale Carlos Eire dio dos camisas, una confeccionada por su madre y otra comprada en El Encanto.

▪  Del campamento de Matecumbe, consiguieron la cruz que usaban en las misas, y el reloj del comedor, que era de la marca Foremost, la misma de la leche que daban en las comidas.

▪  Rita Rodríguez Echandi aportó el traje de Primera Comunicación y los folletos de la escuela bilingüe a la que asistía, Phillips Academy.

▪ Javier Llorens, dentista, entregó un crucifijo que talló con un cuchillo.

▪  Carmen Romanach dio una imagen de la Inmaculada Concepción que las monjas de Nuestra Señora de Lourdes, en La Víbora, le dieron envuelta en una toalla cuando el gobierno intervino el colegio.

OTRAS VOCES

En los videos que se proyectan en la exposición también ofrecen su punto de vista otros “Pedro Pan” como el académico José Azel. “La búsqueda de la felicidad es imposible sin libertad”, apunta Azel; mientras que el empresario Juan Pujol señala que es imposible entender las decisiones tomadas por los padres sin analizar el contexto de los años 1960 en Cuba.

Marcos Kerbel, de origen judío, reconoce que vio en el difícil momento que atravesaban una oportunidad para salir adelante y triunfar.

Elena Muller García, de Catholic Charities en Palm Beach, cuenta que fue en su primera salida por las calles de Miami, de noche, que la golpeó el hecho de que estaba separada de su familia. “Crecí ese día”, recordó.

 

 

Por Sarah Moreno, smoreno@elnuevoherald.com, JUNIO 27