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mintiendo". fue su mejor alegato. Gerardo Pérez bajó la cabeza y un silencio total invadió la sala indefinidamente.

Condenado a 15 años de prisión. Miguel Angel pasó por un cúmulo de privaciones, torturas, golpizas, tapiadas, que únicamente su enorme fortaleza física y espiritual explican. Pero lejos de amilanarle, la cárcel acicateó sus impulsos apostólicos. Al llegar a Isla de Pinos recibía otra sorpresa imperecedera. La gloriosa acogida por la población penal en pleno. Vítores y aplausos atronadores provenientes de todas las circulares ensordecerían a los propios manifestantes. Era un héroe arribando a su tierra no prometida.

Nadie sabe cómo los presos políticos se enteran tan pronto de tantas noticias. Allí comprendió cuán contradictorios pueden ser los designios de Dios frente a los juicios de los hombres. (Incluyendo a religiosos que negaron su defensa, y otros que han guardado el más cobarde silencio hasta hoy.)

En la Isla Miguel Loredo escuchó la voz de Dios. Esa voz a veces dura, a veces difícil de comprender; si la fe no nos asiste. Aquellos compañeros para rato largo necesitaban auxilios espirituales. Muchos eran católicos, otros creyentes o interesados en las cuestiones de religión, tantos inquietos… El presidido político es cantera de pruebas sin cuento que vence, cujea o hace crecer a los hombres de temple. Claudicas, te anulas, o te consagras para siempre. Es etapa apropiada para meditar, crecer y encontrarse a sí mismo. Las rejas ofrecen otra cara muchas veces radiante.

Cantera inagotable de sabiduría ancestral y escenario de vejez a los veinte años. Nada como el sufrimiento día a día para profundizar en la vida y hallarle la clave de tantos misterios insondables. El valor eterno del sufrimiento. Las cárceles son espejo de contradicciones incomprensibles. En la mazmorra el mundo puede desbordarse en toda su vanidad, vaciedad e injusticia. Sin embargo los barrotes comprueban los niveles éticos a que descienden o ascienden los humanos. Cuando se padece sin motivo; se pueden dar gracias de no estar en el lado contrario; que sería el peor de los suplicios.

Peor aun devienen aquéllos que viviendo en libertad callan estos ejemplos. Claro que la visión superior de la vida acompaña esta reflexión inseparablemente. De lo contrario nos perdemos en un laberinto de angustias y desesperanzas. Pero este hijo de Francisco de Asis es espécimen de pasta no abundante, pertenece a los pocos sabios que en el mundo han sido.

En la Isla el sacerdote montó su nueva parroquia al servicio de los presos, excelentes feligreses. Poco o nada había cambiado. Sólo le correspondía una misión, la misma de siempre: cristianizar, proseguir su apostolado. Sencillamente acababa de variar el aprisco y manos a la obra. Esto no se puede aquilatar bajo ojos mundanos; la indiferencia, turbaciones y el engavetamiento son entonces comprensibles. Los detalles de aquel valimiento ameritarían una inacabable crónica de vidas nuevas y corazones intrépidos a la busca de verdades consolidadas. Todo el bien allí derrochado ya acreció en el caudal de las gracias "in eternun," correspondientes al infinito del cosmos, al amparo del orden divino y seguirá dando frutos sobreabundantes. Nadie lo podrá deshacer ya que penetró al acervo sobrenatural, donde los méritos de las acciones se miden por la intención, nunca por sus resultados exteriores.

Dios nos penetra hasta lo profundo de la conciencia. Sigue pues operando y continuará más allá de nuestras lindes cuánticas y en dimensiones incalculables para el flaco intelecto del hombre. Dice San Pablo que ahí se acaba la sabiduría, es que ya no es necesaria, la tenemos presente. Dios no se mueve de su lugar. De él nació el bien y nunca se le oculta. Todo lo tiene presente y capta bellezas que por ahora no están a nuestro alcance.

Estamos en tiempos de recuento. Un nuevo siglo. Cuba entra a una etapa no por esperada estremecedora, al recuento de esta historia el panorama nacional se ha transformado radicalmente.

Hoy Loredo ejerce su ministerio fuera de la Isla y su nombre ha adquirido prestigio internacional como activista de derechos humanos. Los recuerdos de tan profundas vivencias constituyen un libro abierto de esa rara fauna que se llama el cristiano integral. Varios responsables directos del proceso han muerto, otros ya no son nadie, de terceros no sabemos. Pero hacia todos, sin excepción, el ex capellán de Isla de Pinos retiene un mismo sentimiento que desea sea divulgado indefinidamente; perdón.

A su pesar, un cabo debe de atarse para colegir motivos intrínsecos de aquel proceso que en días no lejanos, el mundo alegre y los cubanos del patio habrán de conocer detalladamente.

¿Porqué fue escogido este personaje para involucrarlo en un asunto con el que nada tenía que ver? Es la repetición de una política; la misma mano cruzada del mismo hombre convaleciente. En Cuba nadie tiene derecho a sobresalir, excepto una persona harto conocida guardando cama y traje de pelotero. El mandón de turno cuyo nombre no necesita citarse. El resto debe vivir en el anonimato para proseguir la normalidad impuesta. Galería de mediocres en interminable desfilar sin pena ni gloria.

Contrariamente Loredo desde su arribo a la Isla se había convertido en figura discutida. Su sólo desfile con atuendo clerical por las calles habaneras fue un reto ideológico al totalitarismo oficial. Por entonces los curas que quedaban activos formaban un puñado de viejos, incoloros, enfermos o desconocidos. La presencia de sangre nueva, orador brillante, intelectual con ideas, poeta, atractivo principalmente a jóvenes, hizo mella en el narcisismo de ese hombre único con derecho a lucirse. Amén de que la política oficial respecto a la Iglesia consiste en permitir sólo hasta un límite; antes y después del Papa.

Por otra parte, desde el mando el comunismo pronto deja de idealizarse, se troca en un mero interés, el poder. Por su parte, el cristianismo nació de la adversidad y la idea de la persecución constituye una especie de mal necesario para que brote su antídoto. Es aquello insondable de que Dios saca bien del mal, virtud del pecado. Sólo El lo puede lograr.

En aquel tiempo el paganismo moría y la nueva religión ganaba los corazones. Cuba, para honra de sus creyentes y hombres de buena voluntad, cualquiera que sea su doctrina; está escribiendo otro capítulo de esa persecución constante, intransigente, a veces solapada, que renueva y revitaliza la fe de Jesús en definitiva el primer mártir. Es decir, fortaleciendo ese sentido de sobrenaturalidad sin el cual no se forjan los creyentes. De ahí que nada sea equiparable al conjuro de esa práctica a que el fiel discípulo de San Francisco hace honor; la reconciliación nacional. Es la visión alta ante un engranaje absurdo, anacrónico, ridículo, ahora en desintegración absoluta. Creo que es la única línea que vale la pena seguir al cabo de tantas vicisitudes de toda coloración, rigor y sabor.

Pero la reconciliación opera en el interior de cada hombre, acorde al momento. Las actitudes vitales echan raíces en el corazón, receptáculo de virtudes. Nunca será mercancía en baratillo. Por ello a ratos, hombres como fray Miguel, Darsi Ferrer o Reinaldo Cosano Allen por algunos son tildados de ilusos. Aunque en verdad constituyen ejemplos vivos de virtud doméstica, como la llamara José Martí, la reconciliación posee cierto misterio, una lejanía sutil nada rápida de captar. Es que el mundo de lo inmaterial no es asequible a primera vista, jamás lo ha sido. Es tesoro precioso, don del Cielo que sólo se descubre después de heroicos recorridos por la vida, sus derrotas, la meditación, el ejercicio del amor. Convicción profunda que nutre la perseverancia final, conquista monticular del alma madura y arma tremenda que nos dará la redención final.

Nota al calce. Aun está pendiente la entrevista concertada en La Habana entre Miguel Loredo y Leonardo Boff, cuando éste vestía en hábito de San Francisco. Ciertamente han transcurrido muchos años. Leonardo Boff no concurrió a la entrevista y Miguel Loredo se quedó aguardando por él…

La divulgación, distribución, y traducción con fines didácticos, periodísticos, y académicos, es bienvenida, pero rogamos se nos informe y reconozca crédito.

*José Vilasuso Rivero, periodista, cubano, cardenense, reside en Puerto Rico. Salió de Cuba en 1967 donde ejerció el periodismo, profesorado y abogacía. Trabajo en 1959 en La Cabaña, cuyas experiencias han sido parcialmente recogidas y están disponibles para cualquier medio. Eejerció el profesorado universitario en Estados Unidos y P.R. durante más de 30.  Actual editor de la revista Disidente Universal de P.R. Autor de tres libros de cuentos, un tercero en imprenta y un total de nueve ediciones. Actualmente trabaja en una novela sobre Cuba, La Guerra de los Dioses y colabora en varios portales de la red: Contacto Cuba.com, Bitácora Cubana. com, Cuba Democracia y vida. org, Misceláneas de Cuba. net y otros...

Grabación de Raúl Castro - Derribo de Avionetas

CORREO DEL LECTOR

 


Vivir con luz en el alma y valor en la mente.
José Martí.

A Joseph Ratzinger.

Por José Vilasuso, San Juan, Puerto Rico

En 1963, por las calles de La Habana Vieja se veía transitar a cierto personaje extraño por original. Se trataba de un sujeto vistiendo batilongo carmelita, cordón blanco doble enrollado a la cintura y calzando sandalias. Era joven, alto y rubio, con prestancia grata y una nata y amable disposición como para escuchar siempre, sabiendo qué responder. Era el padre Miguel Angel Loredo, franciscano.

Un sonado acontecimiento ajeno tuvo lugar tres años más tarde el 27 de marzo de 1966 el intento de desvío hacia Miami de un aparato Ilushin-18 de Cubana de Aviación que volaba de Santiago de Cuba a La Habana, donde resultaron muertos el piloto y un escolta y herido el copiloto, desplegándose de inmediato una aparatosa movilización nacional a la busca del navegante, Angel Maria Betancourt Cueto, a quien se hacía responsable de los hechos. Fuertes contingentes bien armados, noticias de última hora, registros por todas partes, ofrecieron a los acontecimientos un sabor inusitado, de alarma general. Para el cubano de a pie el conjunto daba qué pensar; pero su cobertura noticiosa mucho más.

El lunes de Resurrección de 1966, fray Miguel Angel Loredo, a la sazón párroco de Guanabacoa, recibió una llamada urgente de su sacristán, Gerardo Pérez, que fuera al convento de San Francisco sito en la esquina de Cuba y Amargura pues algo muy serio tenía lugar allí. Partió sin demora y aproximándose a los contornos del antiguo templo olíase la anormalidad, vio gente pasar corriendo, turbas agitadas repetían consignas al uso; al entrar notó movimiento por la sacristía, militares al acecho y un oficial que le salió al encuentro, le conmina. "¿Es usted, Miguel Loredo?" "Sí señor." "Está detenido". "¿Por qué?" Entonces le trajeron a Angel M. Betancourt. Se le acusaba de haberle concedido asilo en el recinto a un prófugo de la justicia revolucionaria.

El juicio puso de manifiesto cuán difícil es probar la culpabilidad de un inocente. Un nuevo despliegue burocrático a puertas cerradas, adobado con directrices oficiales, y a la hora decisiva el testigo gubernamental, Gerardo Pérez, se careó con el encartado para confirmar las acusaciones del Fiscal. Durante el juicio Loredo había permanecido silencioso pero firme, abrumado pero seguro de sí mismo. Escuchó con serenidad los cargos y al momento de deponer, miró de frente y dijo: "Gerardo, tú sabes que estás

Libertad para Francisco Chaviano

EL GRAN RECONCILIADOR II