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Por Víctor Manuel Domínguez, Cubanet.org, Septiembre 1, 2021

LA HABANA, Cuba. — No lo duden: el recién anunciado Instituto de Información y Comunicación Social de Cuba (IICS) tendrá una función similar a la desarrollada por el “Ministerio de la verdad” descrito por George Orwell en su novela 1984, ese clásico de la literatura política de ficción. Algunos críticos de la censura aseguran que el nuevo engendro contará con un viso legal para defender y difundir la persecución y el amordazamiento de las expresiones adversas al régimen y a sus líderes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Creado “con la misión de conducir y controlar la política de la comunicación social del Estado y el Gobierno Cubano”, el IICS sustituirá en sus funciones al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), órgano encargado durante décadas de prohibir y censurar las opiniones e imágenes contrarias al régimen y rampa de lanzamiento de la alienante propaganda socialista.

El ICRT, nombre que se le dio a partir de 1975 al Instituto Cubano de Radiodifusión creado el 24 de mayo de 1962 —fruto de la nacionalización de los medios de información fusionados bajo el nombre de Frente Independiente de Emisoras Libres (FIEL) —, fue un instrumento eficaz en la legitimación del fin de la libertad de prensa, así como de otras aberrantes políticas de la revolución.

De ahí que si el excesivo control y carácter excluyente de una institución como el ICRT no basta a las autoridades para imponer sus contenidos ideológicos y políticos a la población, Dios nos coja confesados ante lo que traerá el sucesor. Por esas y otras razones, mientras los gestores del nuevo proyecto hablan de que “irá trazando un camino legal que permita acompañar el discurso político desde una plataforma jurídica como son las resoluciones, legislaciones y decretos leyes”, algunos tienden a comparar a Cuba con la distopía social novelada por Orwell.

¿Acaso la Seguridad del Estado cubana no juega el mismo rol que la “policía del pensamiento” en pos de perseguir el “crimental” o crimen de las mentes? ¿No es por el crimen de pensar diferente que las jóvenes escritoras y artistas Katherine Bisquet, Camila Lobón y Carolina Barrero llevan más de 60 días con bajo asedio por orden de la policía política sin poder salir de sus casas? ¿No fue por pensar diferente que el multipremiado artista visual Hamlet Lavastida fue confinado en Villa Marista? ¿Por qué Félix Navarro, Luis Manuel Otero Alcántara y tantos otros están en prisión si no es por ejercer su derecho a pensar diferente y a expresar su opinión?

Si los gestores y quienes defienden la puesta en marcha del Instituto aseguran que este surge de “la necesidad de que –como establece la Constitución– se respete el derecho de los ciudadanos a la información”, ¿por qué se les censura o prohíbe a la población acceder a otros medios que muestran la otra cara de la realidad cubana? ¿Por qué se les obliga a consumir la misma visión que transmiten las cien emisoras radiales y los 42 canales de televisión territoriales del país?

Son tantos los puntos de coincidencia en el comportamiento de las instituciones cubanas y la sociedad ficcionada por Orwell en 1984 que hasta el “Ministerio de la Abundancia” tiene grandes similitudes con el de la economía cubana, al imponer un sistema planificado y conseguir que la gente viva siempre al borde de la subsistencia mediante un duro racionamiento. Más de seis décadas de socialismo castrista así lo ejemplifican.

Si el Ministerio de Verdad de Orwell “se dedica a manipular o destruir los documentos históricos de todo tipo (incluyendo fotografías, libros y periódicos), para conseguir que las evidencias del pasado coincidan con la versión oficial de la historia mantenida por el Estado”, podría afirmarse que la policía política y el Departamento Ideológico del PCC cumplen un rol similar.

En fin, para lograr que el IICS cumpla con el papel de apuntalar la dictadura, sus gestores cuentan con la posibilidad de armar un modelo de prensa que no se ha construido en el mundo, a partir de un nuevo esquema que potencie la credibilidad del sistema político y fertilice el capital simbólico de la nación, como apuntan algunos funcionarios.

 

Orwell y la policía del pensamiento en Cuba