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  Su colocación en la parte superior de la primera plana, su tono severo y acusador y el enorme y sorprendente titular sugerían algo más siniestro que lo que en realidad informaba el artículo. Los periodistas mencionados en el artículo dijeron que se sintieron tratados como criminales. Algunos objetaron especialmente una serie de fotografías estilo ''galería de delincuentes'' que aparecieron en la página 2A de The Miami Herald con la continuación del artículo. Esas fotos, en las que algunos aparecían sonriendo, la mayoría con expresión halagüeña, estaban dentro de una caja bajo el título ' The Journalists' Response '' (La Respuesta de los Periodistas). La caja contenía citas de la mayoría de los periodistas nombrados en el artículo y parecía una forma apropiada de destacar sus puntos de vista.

  El artículo no mencionó que The Miami Herald ya había informado en el 2002 que uno de los periodistas de la lista de 10, que escribía colaboraciones independientes para El Nuevo Herald, estaba en la nómina de Radio Martí. Un artículo similar se publicó al mismo tiempo en El Nuevo Herald. Y una columna en el 2002 en El Nuevo Herald mencionaba a otro de los periodistas de ese diario en una forma que dejaba claro que tenía una relación continua con Radio Martí. Estas referencias planteaban una pregunta obvia: si la compañía editora del Herald desaprobaba los pagos de Radio Martí a sus periodistas, ¿por qué la gerencia no investigó y reaccionó en el 2002? ¿Qué había de nuevo en el 2006?

  El artículo carecía de un contexto cultural. El miércoles 4 de octubre, un artículo de Christina Hoag en la página 8A de The Miami Herald dijo que el director ejecutivo del Herald, Fiedler, pensaba que no era apropiado que sus periodistas aparecieran en Radio y TV Martí, aun sin recibir paga, mientras que el director ejecutivo de El Nuevo Herald, Humberto Castelló, opinaba que estaba bien si no mediaba una paga. El artículo decía después que su desacuerdo ilustraba la ''diferencia entre el papel del periodismo en América Latina y en Estados Unidos. El periodismo norteamericano de hoy, a diferencia de hace décadas, aprecia la objetividad, mientras el periodismo latinoamericano puede abogar por el cambio''. Si esas palabras hubieran aparecido en el artículo original, habría sido inmensamente más justo. Habría sugerido la posibilidad de una motivación ajena a la ganancia personal de parte de los periodistas que aceptaron pagos de Radio y TV Martí.

  El artículo falló al no distinguir entre dos tipos distintos de periodismo y al no reconocer la posibilidad de que distintos tipos de compañías mediáticas puedan adoptar distintas normas éticas. Así, un reportero de El Nuevo Herald, un importante periódico en español, es colocado junto a un comentarista de una estación de radio AM célebre por sus continuos programas anticastristas. El artículo tampoco distinguió entre periodistas que cobraban sumas sustanciales y los que recibieron pagos pequeños. El comentarista radial, que recibió $2,775 de Radio Martí en el transcurso de cinco años, un promedio de $462.50 al año, apareció junto a un periodista de El Nuevo Herald que recibió $174,753 en seis años.

  El artículo dijo que dos expertos en ética, cuyos nombres no mencionó, compararon el hecho de recibir dinero de Radio y TV Martí con el caso de Armstrong Williams en el 2005. La comparación es exagerada, y no identificar a los expertos en ética, cuyos nombres fueron inadvertidamente borrados en el proceso de edición, es en sí una violación de la ética periodística, en mi opinión. Williams, un conocido experto conservador, firmó un contrato con el gobierno de Bush para promover la campaña de educación del Presidente, No Child Left Behind (Que ningún niño quede atrás), en su programa de televisión difundido en toda la nación. La Oficina de Fiscalización del Gobierno, una división de investigación, no partidista, halló que el contrato de Williams infringía una prohibición federal sobre la ''propaganda'' gubernamental en Estados Unidos. A Williams le pagaron para promover una política del gobierno en los medios noticiosos norteamericanos importantes. Los periodistas que aparecieron en Radio y TV Martí, cuyas transmisiones, costeadas por el gobierno, no se transmiten en este país, estaban comentando sobre una variedad de temas y, según dijeron, a veces criticaban políticas del gobierno federal.

Quizá la mayor falla del artículo sobre Radio y TV Martí es que se mandó a la imprenta antes de que el reportero y sus editores tuvieran tiempo de hurgar en cada ángulo relevante, de obtener comentarios de figuras clave y de reflexionar en la mejor forma de presentar una serie de hechos simples pero a la vez complejos en matices y significado.

La urgencia de publicar con rapidez se debió a dos consideraciones:

Dos fuentes, una de ellas Pedro Roig, el director de Radio y TV Martí, le dijeron a Oscar Corral que un periódico rival, el Chicago Tribune, estaba tras la misma historia. ''¿Y si el Tribune (y su periódico hermano, el Sun-Sentinel en el condado Broward) publica un artículo que identifica a reporteros de nuestro periódico?'', preguntó Corral. ''Eso podría ser malo, muy malo''. Esta sensación de necesidad de ser los primeros en informar sobre los problemas de familia del Herald también influyó a los editores a la hora de decidir dónde colocar el artículo. No queremos que nadie diga que estamos enterrando algo negativo sobre nosotros, fue el razonamiento, una decisión que, en mi opinión, condujo a una distorsión de otro tipo: exagerar la historia.

Y cuando el editor Díaz decidió despedir a los reporteros de El Nuevo Herald Pablo Alfonso y Wilfredo Cancio Isla y cortar la relación de trabajo con la colaboradora independiente Olga Connor la noche antes de la publicación del artículo, había creado una noticia que no se podía retener, aun si alguien a última hora hubiera querido retrasar la publicación del artículo para investigar más. Los despidos, que resultaron ser precipitados, inevitablemente le dieron al artículo una brusquedad que no hubiera tenido. Ahora el Herald no estaba solamente planteando una cuestión de ética periodística para que los lectores la ponderaran: estaba informando sobre un dictamen oficial sobre esa cuestión que, temporalmente al menos, le había costado el empleo a tres personas.

En su precipitación, los editores del Herald no apreciaron plenamente las implicaciones del artículo del 2002 en el que se colocaba a Connor en la nómina de Radio y TV Martí. Sólo habían descubierto ese artículo y el artículo similar en El Nuevo Herald en las 24 horas que precedieron a la publicación, mientras estaban bien adelantados en el proceso de edición. Aún no sabían de la columna de Adolfo Rivero Caro publicada en El Nuevo Herald en septiembre del 2002, en la que quedaba claro que Pablo Alfonso aparecía habitualmente en Radio y TV Martí.

Si se hubieran detenido a reflexionar, los editores indudablemente habrían hecho más preguntas: ¿quién en la gerencia sabía de los arreglos de Connor y Alfonso con los medios de transmisiones a Cuba del gobierno norteamericano? ¿Había más involucrados en El Nuevo Herald, o incluso en The Miami Herald? ¿Se tomó alguna medida en el 2002? ¿Cuáles eran las normas de la compañía? ¿Se habían explicado con claridad y se aplicaban con coherencia?

Con más tiempo, el Herald habría podido terminar de analizar todos los registros del gobierno proporcionados a Corral según una petición bajo la Ley de Libertad de Información federal que Corral había presentado. Cuando se examinaron todos los registros en poder del Herald, resultó ser que un total de 49 periodistas de plantilla o colaboradores de medios noticiosos de Miami habían recibido pagos de Radio y TV Martí, entre ellos más periodistas de la redacción de El Nuevo Herald.

En la premura del cierre, Corral y sus editores, el director de noticias locales Manny García y la directora adjunta de noticias locales Myriam Márquez, fueron a ver a Castelló y a pedir sus comentarios a los periodistas de El Nuevo Herald. Castelló, quien dijo que sabía que varias personas de su redacción se presentaban ocasionalmente en Radio y TV Martí, aunque no por una paga, pidió tiempo para investigar. Habló con el asesor jurídico de la compañía, con un alto ejecutivo de recursos humanos y con el Editor, que estaba fuera de la ciudad. Mientras los eventos se precipitaban hacia una conclusión, a Alfonso y Cancio Isla los llamaron al departamento de recursos humanos, donde los interrogaron y los despidieron. Los reporteros de The Miami Herald que esperaban sus comentarios, se vieron ante dos personas que habían acabado de perder el empleo y no estaban de ánimo para decir nada.

Una vez más, si todos hubieran pisado el freno y actuado de una forma más moderada, Alfonso y Cancio Isla quizá habrían dicho lo que me expresaron después que recuperaron sus puestos, que creían que tenían permiso para presentarse en Radio y TV Martí, que no discutieron el asunto de la paga con su director pero que suponían que lo sabía y que creían que estaban cumpliendo con un deber patriótico hacia Cuba al transmitir noticias e información al país del que habían huido, y donde Alfonso pasó ocho años preso por publicar un boletín clandestino.

El Herald no trató de contactar a las personas mencionadas en el artículo hasta la tarde después de la publicación porque los editores temían que, como muchos de ellos trabajaban para organizaciones noticiosas rivales, podrían tratar de adelantarse al Herald y darle su propio giro a la historia. La preocupación estaba justificada. Dos de los periodistas, cuando los contactaron, dijeron que prepararían artículos por su cuenta, atacando al Herald. Pero esa decisión contribuyó al ambiente de precipitación. El artículo expresó, por ejemplo, que no se pudo contactar a Olga Connor para conocer sus comentarios. Reporteros del Herald habían ido a su casa, y también dejaron mensajes. Olga Connor estaba en la redacción de El Nuevo Herald, hablando con su editora.

Cuando se editó el artículo, se le quitaron 10 pulgadas para poner la caja con las reacciones de los periodistas mencionados. Esas 10 pulgadas contenían los nombres de los expertos en ética cuyos nombres no se indicaron, y una referencia al artículo del 2002 en el que se colocaba a Connor en la nómina de Radio y TV Martí. Esos cortes fueron imprudentes, por no decir más.

Por último, con más tiempo, el Herald pudo haber ampliado la perspectiva del artículo para informar, como hizo más tarde El Nuevo Herald y después el Herald, que periodistas en Washington han recibido dinero de otros medios de difusión del gobierno norteamericano, como la Voz de América.

Creo que un periodista no puede aceptar pagos del gobierno o de una corporación o un grupo de interés del que informa sin sufrir una pérdida de credibilidad. Pero la presentación y la forma en que se manejó el artículo del Herald, al final, fue tan torpe y parcializada que significó una oportunidad perdida para explorar el asunto con la sensibilidad que requería. Las opiniones se pueden cambiar cuando los temas se tratan con justicia, equilibrio y comprensión. Las personas asumen posturas radicales cuando se sienten atacadas con dureza. Del Editor: Hay algunos énfasis obra del editor, con el fin de llamar la atención del lector de CubaenelMundo. Otros son del original.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Grabación de Raúl Castro - Derribo de Avionetas

CORREO DEL LECTOR
INFORME SOBRE ARTICULO DE RADIO Y TV MARTI

 

 

Por CLARK HOYT, consultor de asuntos periodísticos de The McClatchy

El viernes 8 de septiembre, The Miami Herald publicó un artículo en la primera plana, titulado ''10 Miami journalists take U.S. pay'', que se reprodujo en El Nuevo Herald bajo el título ''Revelan conflicto de intereses en pagos a periodistas locales''. Un párrafo debajo del titular decía: ``Por lo menos 10 periodistas locales aceptaron pagos del gobierno de EEUU por programas en Radio Martí o TV Martí. El Nuevo Herald despidió a dos de ellos el jueves por conflicto de interés''.

El artículo generó una gran controversia en Miami y en el edificio donde The Miami Herald y El Nuevo Herald son publicados por el mismo dueño. Puso en marcha una cadena de sucesos que llevaron a la restauración en sus puestos de los periodistas despedidos de El Nuevo Herald, la renuncia del editor Jesús Díaz Jr. y una disculpa en primera plana del director ejecutivo de The Miami Herald, Tom Fiedler, por señalar en una reunión de la redacción, en respuesta a una pregunta sobre los ataques de una estación de radio particular contra el autor del artículo, que las ''22 personas'' que escuchan un programa de la radio cubana en particular eran incitadas por ``pequeños chihuahuas mordiéndonos los talones''.

El artículo de Oscar Corral era preciso desde el punto de vista factual y destacó un punto serio y legítimo. Los periodistas que reciben pagos por aparecer en medios de difusión gubernamentales se colocan en una posición comprometida, ya que la credibilidad de los medios de prensa independientes depende de que el público confíe en que estamos libres de influencias externas, sobre todo de la influencia del Gobierno. Aun si los periodistas presentaban sus propios puntos de vista sin presiones de Radio y TV Martí --y no hay razón para dudar que era así-- la apariencia de un conflicto se mantiene y podría socavar la credibilidad de su trabajo para sus empleadores privados.

El artículo del Herald planteó un punto correcto, pero su autor y sus editores afrontaron un reto enorme porque estaban informando sobre su propia compañía y sobre varios colegas de una sala de redacción a sólo un piso de distancia. Las organizaciones noticiosas inevitablemente tienen problemas cuando escriben sobre sí mismas, y este artículo mostró todas las razones de por qué es así. No quisieron dar la impresión de que trataban con demasiada suavidad a unos colegas, y fueron demasiado severos. La gerencia se involucró de una forma que probablemente no habría sucedido si el artículo hubiera tratado sobre otra compañía.

Al final, el artículo de The Miami Herald tenía fallas en diversos aspectos.