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Por Sebastián Arcos Cazabón, Enero 12, 2021

Corrían los primeros años de la década del 80 y recién había yo cumplido un año de prisión por salida ilegal del país. Era un paria, uno de esos cubanos públicamente identificados como “contrarrevolucionario” por el régimen. Irónicamente, ese estatus me dio acceso a un activo intercambio clandestino de literatura anticomunista. Así pude leer clásicos como “La

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nueva Clase” de Milovan Djilas, “La Gran Estafa” de Eudocio Ravines, y “1984” de George Orwell, entre muchos otros que añadieron fundamento intelectual a mi rechazo del marxismo.

Una de las lecturas que disfruté entonces fue una recopilación de artículos periodísticos originalmente escritos durante la década de los 70 por Carlos Alberto Montaner, un exiliado cubano residente en España. Me gustó mucho su estilo mesurado y objetivo, en un castellano culto sin ser pretencioso, salpicado de un humor que anunciaba su origen cubano. Me llamó particularmente la atención por la agudeza de su análisis un artículo sobre la intervención militar cubana en Angola.

Por entonces la mayoría de los expertos fuera de Cuba consideraban a Fidel Castro un mero soldado del imperio soviético, cumpliendo órdenes del Kremlin en beneficio del marxismo internacional. Para mi sorpresa, Montaner comprendía la realidad –posteriormente confirmada por historiadores y testigos– de que era Fidel Castro quien había arrastrado a los soviéticos a sus aventuras africanas en beneficio de su imperio personal.

Posteriormente pude reafirmar una y otra vez esa lucidez de Montaner en sus comentarios semanales por Radio Martí. Desde la distancia de un ya largo exilio, Montaner demostraba un dominio sorprendente de la realidad cubana y una comprensión cabal de la naturaleza del régimen castrista. Cuando el Comité Cubano Pro Derechos Humanos, liderado por Ricardo Bofill, salió a la luz pública en 1988, fue Montaner el primer exiliado en reconocer la legitimidad de la nueva oposición al castrismo.

Sus comentarios radiales y sus columnas en El Nuevo Herald reafirmaron mi inclinación hacia el liberalismo clásico como ideología política. Su incansable –e internacionalmente influyente– activismo político en pos de la democracia en Cuba lo convirtió en uno de los peores enemigos del castrismo, y le costó desde difamación sistemática (agente de la CIA, terrorista) hasta bombas por correo. Cuando salí de Cuba en 1992 tuve el privilegio de conocerlo personalmente y comprobar que Montaner no solo era un lúcido periodista y comentarista político, sino que además era un excelente ser humano, sencillo, generoso, y de probada integridad personal.

No puedo recordar ninguna ocasión en la que haya discrepado seriamente de una opinión de Montaner hasta que anunció públicamente su intención de votar por Joe Biden en las elecciones presidenciales, a contrapelo de la mayoría de sus correligionarios exiliados. Comparto muchas de las  críticas de Montaner al Sr. Trump, sea en temas de políticas como de personalidad, tanto que voté en su contra en 2016, pero los últimos cuatro años me hicieron considerarlo el mal menor. Intercambiamos un par de mensajes sobre el tema pero estaba claro que nuestra percepción de las alternativas en las elecciones del 2020 era diferente, así que nos deseamos suerte mutuamente como hacen las personas civilizadas. Nuestro desacuerdo, aunque serio, no cambió en absoluto mi opinión sobre la lucidez, decencia y honorabilidad de Carlos Alberto Montaner.

En los últimos meses he leído numerosos comentarios lamentables sobre Montaner como resultado de su decisión. Algunos han intentado razonar con argumentos, pero desafortunadamente la mayoría son meros insultos y ataques personales. Quisiera creer que se trata de la labor de ciberclarias castristas, pero temo que hemos aprendido poco de ese régimen, experto en denostar y difamar a sus oponentes para desacreditar una idea que se saben incapaces de rebatir con razonamientos.

En contraste con nuestra era republicana, el castrismo entronizó una cultura política infantil e intransigente donde quien no coincide 100% es traidor y anticubano. Al final no se trata de quién tiene la razón, sino del derecho fundamental a opinar y debatir en un ambiente de respeto. Si algún día queremos convivir en libertad, tenemos que aprender a tolerar opiniones diferentes. ¿No es acaso esa libertad de escoger, esa decencia fundamental de la convivencia democrática la que hace de la democracia un sistema superior al que rige en Cuba hoy día?

 

Mi admirado Montaner