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Por René Gómez Manzano.Noviembre 19, 2021

LA HABANA, Cuba.- Este martes 16 se conmemoró un nuevo aniversario de la refundación de la villa de La Habana en su sitio actual, junto a la bahía. La efeméride resultó propicia para que se celebraran diversos actos político-culturales. Esto incluyó, en la noche del 15, las tradicionales vueltas a la ceiba enclavada junto al Templete, nieta de aquella otra bajo cuya frondosa sombra se celebró la primera misa en el nuevo emplazamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esa conmemoración fue el marco en el que se develó una estatua del fallecido historiador de la ciudad, Eusebio Leal, obra del escultor José Villa Soberón. Los noticieros de televisión reportaron el acto, que sirvió de pretexto para los consabidos discursos de ocasión. Al concluir su pieza oratoria, el Director de Patrimonio Cultural de la Oficina que encabezaba el difunto, tuvo el tino de eludir los infamantes “¡Viva la Revolución!” o “¡Patria o Muerte!”, y optar por un inobjetable “¡Viva Cuba!”

Los mayimbes congregados en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales estuvieron encabezados por quien figura como mandamás de turno, Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Supongo que para el flamante Primer Secretario del único partido legal y Presidente de la República, al igual que para otros jefes que hayan observado el evento por televisión, la ocasión resultó propicia para hacer amargas reflexiones. Paso a explicarme.

Como cualquiera que haya ocupado un cargo de relevancia alta o mediana en la Cuba de hoy, Leal fue en vida un personero del castrismo. No era de los incondicionales: por ejemplo, nunca negó sus creencias religiosas. (Y conste que no me refiero a los tiempos actuales, cuando lo que Marx llamaba “el opio de los pueblos” está de moda entre los rojillos de Cuba y muchos otros países. Hablo de la época en que campeaba por sus respetos el brutal “ateísmo científico”).

Eusebio Leal constituía una excepción dentro de los personajes del régimen con cierta prominencia. Era el único de ellos que podía aspirar a ser considerado un orador de altos vuelos. En más de una ocasión, consagró su indudable talento a entonar elogios desaforados al fundador de la dinastía.

Pese a lo anterior, es probable que don Eusebio sea el único de sus congéneres cuyos seres queridos puedan confiar razonablemente en que, en un día futuro que vendrá de modo inevitable (y más temprano que tarde), su efigie de bronce no será derribada ni arrastrada por el polvo de las inmundas calles de nuestra capital.

Los otros, los grandes jefes que hicieron y deshicieron a su antojo durante decenios, los feroces represores, los principales culpables de la gran tragedia nacional, no pueden decir lo mismo. El mismísimo fundador de la dinastía castrista, con su cazurrería de hijo astuto de gallego, tuvo la clarividencia de comprenderlo. Y en tan gran medida, que emitió un memorándum que prohíbe de modo formal ese tipo de homenaje póstumo a su persona.

Tal decisión proyecta la imagen de una modestia de grandes dimensiones, que pueda despertar la admiración de sus fanáticos y de los tontos útiles. (Y recalquemos que, por desgracia, estos nunca faltan. Sobre todo entre quienes, por vivir bien lejos de Cuba, no han tenido que chocar con los nefastos efectos de los decretos del encumbrado personaje).

Supongo que, al imponer esa última voluntad a sus sucesores, quien fuera el “Comandante en Jefe” tenía en mente imágenes impactantes, como la de la enorme estatua de Saddam Hussein cayendo de su pedestal. Un suceso que representó una bendición, y no sólo porque ese derribo implicaba que Irak se había librado de semejante tirano; también porque el inmenso monumento era un verdadero adefesio.

Lo mismo cabe decir de muchas esculturas de grandes jefes del movimiento comunista internacional. Como las muchísimas que se erigieron al genocida alias Stalin, y no sólo en la felizmente desaparecida Unión Soviética, sino en otros muchos “países hermanos” del “socialismo real”.

Volviendo a don Eusebio Leal, forzoso es reconocer que las esporádicas manifestaciones de obsecuencia ante la máxima jefatura del “Proceso” no ocupan un lugar central en la obra del difunto. Los cubanos en general (y de modo especial sus coterráneos habaneros) lo recordaremos mayormente por su obra de restauración de los principales sitios históricos capitalinos. Allí donde el abandono constituía la regla generalizada, Leal supo encontrar edificios y lugares de particular importancia, y logró su remozamiento y preservación para las futuras generaciones.

Verdad es que, aun en la misma Habana Vieja, es mucho lo que queda por restaurar; que basta que nos apartemos una cuadra de las vías seleccionadas por el entonces Historiador de la Ciudad para poder apreciar el grado de desidia en que está sumida esa parte más antigua de La Habana. Pero no vale la pena que nos indignemos por ello. En definitiva, el difunto era sólo un hombre bienintencionado; ¡no un mago ni un santo que pudiese hacer milagros!

La estatua del ilustre Eusebio Leal —pues— constituirá un recordatorio, para todos los mayimbes que en Cuba han sido, de lo débil y efímera que resulta una preeminencia basada en la fuerza y la imposición, y no en el respeto y el afecto del pueblo.

La estatua de Eusebio Leal en La Habana