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Por Luis Cino, Cubanet.org, Enero 5, 2022

LA HABANA, Cuba. — Estoy encerrado en mi casa desde la noche del 31 de diciembre, cuando mi barrio, sin música ni fiestas, las calles desiertas, parecía un cementerio. Hace días que no salgo ni a comprar pan, que por demás no hay.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi aislamiento se debe a dos razones: primera, porque no tengo ganas de felicitar ni de que me feliciten, me parece un chiste cruel en estas circunstancias; y segunda, porque no quiero escuchar las quejas de mis vecinos acerca de “cómo está la cosa” y “lo mal que la estamos pasando”.

Mis vecinos, como casi todos los cubanos que no son de la elite gobernante, están muy disgustados por estos días. No pudieron pagar los altos precios de la carne de puerco para la cena del 31 y tuvieron que conformarse con la libra de pollo por persona que, luego de hacer una tumultuosa cola, les obsequiaron por la libreta de abastecimiento. Para beber no quedó otra cosa que el pomo de ron peleón, uno por familia, que les vendieron a 132 pesos, previa presentación del carnet de identidad.

Principalmente de quien no quiero escuchar quejas es de esas personas para nada castristas que te hacen la salvedad: “no es que yo esté en contra de la revolución, pero…”. A alguno de ellos, cuando me ha soltado que los periodistas independientes “hablan mal de Cuba”,  armándome de paciencia, he tenido que explicarle que no hablamos mal de Cuba, sino del régimen y de lo que hace mal, que es casi todo. Pero por estos días no tengo ánimo para aclararles la mente a los que confunden la patria con la dictadura o a los que les es más cómodo dejarse confundir.

He escuchado a algunos de esos vecinos expresar su antipatía por el exilio histórico, al que reprochan su odio al régimen. Como si la roñosa pandilla castrista fuera tolerante y amorosa con sus adversarios.

Dicen  que no quieren mezclarse con “la gente de los derechos humanos” —como llaman a los opositores—  porque no quieren terminar en la cárcel o botados del trabajo. Y eso lo explica todo. Su disgusto y desconfianza por la disidencia les sirve para justificar su miedo y su inacción. Prefieren largarse de Cuba a la primera oportunidad que tengan. Eso, si la suerte y el dinero los acompaña y algún país les da visa, con todas las podridas que nos han puesto a los cubanos en un mundo cada vez más ajeno a nuestra mala suerte.

Si no consiguen largarse, y no creen en “la revolución”, ni en la disidencia, ni en el exilio, si no votan en las elecciones de delegados del Poder Popular y se niegan a firmar los  proyectos opositores, si han perdido totalmente  las esperanzas… ¿Qué les  queda? ¿Cortarse las venas?

Me dan mucha pena las personas que se mueren de miedo ante la posibilidad de  luchar por sus derechos y  ayudar a recomponer la patria, a sacarla de este desastre. Pero más me deprime oírlos quejarse y luego aclarar que no es que estén “en contra de la revolución”.

Son muchos los cubanos que permanecen inertes, mudos y sordos, cuidándose hasta en las redes sociales,  haciéndose los bobos, a ver qué pasa… No se deciden a romper de una puñetera vez con este régimen abusivo. Y no quieren saber de la oposición. No quieren buscarse problemas. Y para estar bien con su amor propio —lo que les queda de amor propio, luego de tanto oprobio y pisoteo— dicen que no quieren que hablen a nombre de ellos ni el gobierno ni los disidentes.

Ojalá puedan hablar por ellos mismos, cuándo y cómo puedan, si es que alguna vez los dejan. Pero que se dejen de hipocresía, que la reserven para el régimen. Que sus críticas a los que disentimos abiertamente no les sirvan  como coartada para su miedo.

Cada vez son más los que no votan o depositan su boleta en blanco en esa farsa que son las votaciones del Poder Popular, los que no militan en las llamadas organizaciones de masas, los que no asisten a las reuniones de los CDR, los que no chivatean ni se prestan para los mítines de repudio.

Miles de personas en toda Cuba vencieron el miedo y se lanzaron a las calles a protestar los días 11 y 12 de julio de 2021. Los callaron a palos y a tiros. Con las largas penas de cárcel impuestas a centenares de los participantes en las protestas (incluso a menores de edad) el régimen ha logrado aterrorizar a los descontentos. Por ahora.

Si los mandamases no se deciden a hacer cambios de calado, habrá nuevos estallidos populares. Pero es como si con ellos no fuese. Como si siempre la represión bastara para sofocar las ansias de libertad y progreso. Para ellos, el futuro sigue siendo el partido único, la unanimidad y la planificación centralizada de la economía.

Los retranqueros del inmovilismo no permitirán que cambie absolutamente nada de todo lo mucho que se sabe —es de vida o muerte, no sólo para su régimen, también para la nación— debe ser cambiado.

Muchos piensan que los cambios sólo pueden venir “de arriba”, pero los presuntos reformistas no acaban de aparecer. Por ahora, disfrutan sus privilegios, aplauden y siempre callan. Solo quedaría esperar que cometan un error como el de Günter Schabowski, el miembro del Politburó del Partido Comunista de Alemania Oriental que con una frase mal dicha, o mal interpretada, echó abajo el Muro de Berlín en noviembre de 1989.

En cuanto a expectativas, los cubanos estamos peor que a la mitad del Período Especial. Hubo en aquella época un momento en que, con las reformas económicas, parecía que se iba a imponer un poco el sentido común. Ahora no. Hoy, los ineptos mandamases de la continuidad, con sus torpes movidas y su terquedad, parecen ballenas nadando hacia la playa, desesperadas por encallar y morir al sol.

Se respira el mal aliento del desmadre y la desbandada. Pero ni siquiera nos atrevemos a soñar. Perdimos el hábito hace tiempo. Y los sueños, de cumplirse, demorarían. Aunque legalizaran los partidos de oposición y  convocaran mañana mismo a elecciones democráticas, limpias y con supervisión internacional, nos durará varias décadas la resaca cínica de la dictadura, con todos sus vicios y aberraciones y la nostalgia de algunos por el pasado comunista.  ¿Cuántos años tendremos que vagar por el desierto para purgar esos pecados?

Otro año más de dictadura, el 63. Más de lo mismo. Peor. Que no me vengan con felicitaciones. Y que aguanten y  no se quejen más los resignados. Que me avisen cuando se les acabe  la paciencia.

Diario de Año Nuevo: sin novedades en el frente