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Por Luis Cino, Cubanet.org, Septiembre 1, 2021

LA HABANA, Cuba. — De tan burdamente panfletario y abyecto, da grima el cancionero del castrismo, ese que va desde Carlos Puebla hasta los varios videos clips hechos por encargo del Departamento Ideológico del Partido Comunista para rebatir a la subversiva Patria y Vida, y el que deben estar haciendo ya para enfrentar, antes de que lo metan en la cárcel, al reguetonero Yomil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los que hoy se asombran con las babosadas y ridiculeces de Raúl Torres y sus cantos funerarios, si de resignarse al teque cantado se trata, deben echar de menos la Nueva Trova. No obstante, deberían tener presentes ciertas estrofas serviles de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés que hoy, pasadas varias décadas, sus admiradores prefieren olvidar, por bochornosas.

Hasta Noel Nicola, el otro de los padres fundadores de ese movimiento, a pesar de ser un tipo tranquilo, noble y con una sensibilidad demostrada en temas tan bellos como Te perdono, a inicios de los años setenta fue capaz de ponerse talibánica y chivatamente extremista en una canción donde pedía, de un modo nada metafórico: “para ese amiguito descarriado, candela…”.

En pleno Decenio Gris y con el recuerdo de las UMAP aún fresco, Noel Nicola sabía bien a qué clase de jóvenes consideraban “descarrriados” y qué candela purgadora les deparaban los inquisidores de la corrección político-ideológica. ¡Cómo no iba a saberlo con tantos encontronazos que tuvo!

Uno de esos encontronazos Noel Nicola lo tuvo a fines de 1968, cuando, con su guitarra a cuestas y sediento de amor, andaba por Camagüey, en pos de las chicas del Conservatorio Amadeo Roldán, que cumplían sus 45 días de escuela al campo.

Para las estudiantes de música, sometidas a agotadoras jornadas agrícolas, un rancho incomible, nubes de polvo rojo cuando no fango, hordas de mosquitos y adoctrinamiento político inmisericorde, la llegada de Noel Nicola, por poco conocido que fuese, fue acogida como si se tratase del mismísimo Paul McCartney.

Luego de tocar sus todavía inéditas canciones, alternándolas con la música de un improvisado grupo de las artistas del futuro, entre las que se encontraban sus amigas Sara González y Lucía Huergo, tan pronto abandonó el campamento, el cantautor fue arrestado. Su incipiente melena y sus muy ajustados pantalones lo hicieron sospechoso a los ojos de los montaraces policías locales.

De nada valió que les explicara que él era un cantante. Aunque ya unos meses antes había cantado en Casa de las Américas junto a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, aún no lo ponían en la radio o la TV, y los policías no lo conocían. Y menos aún entendían los nagüitos las para ellos ininteligibles explicaciones de Noel sobre “la canción comprometida” y “el arte revolucionario”.

No lo soltaron los policías, que ya se disponían a pelarlo al cero, hasta que les mostró un papel firmado por Haydée Santamaría, la presidenta de la Casa de las Américas, que era el hada madrina de los cantautores y quien los protegía de los inquisidores.

En aquellos días y por aquellos parajes del sur de Camagüey, específicamente en Vertientes, fue que Noel Nicola compuso su muy conocida canción Para una imaginaria Maria del Carmen, una muchacha a la que, según la descripción del cantante, la envolvían los ruidos que salían del tándem inglés del central, y el pelo y la piel le olían a miel residual.

Cuando María del Carmen miró el anillo en la mano derecha del cantante y sonrió despacio, entonces el deslumbrado Noel Nicola supo que tendría necesariamente que amarla… Pero no pudo ser, porque ella, a quien todos los ojos le halaban el vestido, no andaba pensando en amores ni amantes: solo la patria llamaba de noche a su puerta.

Nunca he entendido bien esa canción de amor del realismo socialista a lo Manuel Cofiño, que, como muchas otras de la Nueva Trova, por condicionar la vida al teque politiquero, ha envejecido muy mal.

¿Por qué los llamados de “la patria” —es decir, del régimen— en la puerta de María del Carmen, presumiblemente para citarla a una guardia o un trabajo voluntario, o de la PNR y la Seguridad del Estado para recabar sus informes y chivatazos, le impedían  enamorarse? ¿Sería algo así como una virgen vestal del castrismo?

¡Pobre María del Carmen! Puedo imaginármela hoy, ya septuagenaria, con una jubilación que no le alcanza —pese al aumento, con los precios del reordenamiento económico— ni para malcomer una semana.

Supongo que ahora, si llaman de noche a su puerta, si la desilusión ya la hizo dejar de chivatear, sea para comprar los cigarros que revende para subsistir o una vecina para avisarle que le tiene marcado un turno en la cola para comprar el pollo.

Noel Nicola, María del Carmen y el cancionero del castrismo