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Por Luis Cino, Cubanet.org, Marzo 31, 2021

LA HABANA, Cuba. ─ El pasado 10 de marzo se cumplieron 62 años del inicio de la rebelión tibetana en 1959 contra la dominación china. La represión por el ejército chino de la sublevación dejó un saldo de 87 000 muertos. Millares de tibetanos tuvieron que huir a otros países, entre ellos el hasta entonces gobernante y líder espiritual, el Dalai Lama, quien creó un gobierno en el exilio en Dharamsala, al norte de la India.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pese a las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas (ONU) de 1959 y 1961 deploraban la ocupación china, el gobierno de Beijing oficializó en 1965 su dominación sobre el Tíbet al declararlo como “región autónoma”.

Tíbet fue invadido por China en 1950. El gobierno tibetano se vio obligado a capitular en mayo de 1951. Los chinos aceptaron el mantenimiento del poder del Dalai Lama, pero en abril de 1952 impusieron con sus bayonetas al pro-chino Panchen Lama. En 1956 redactaron una constitución para el Tíbet e implantaron las comunas populares, lo cual fue la chispa que provocó el estallido de la rebelión de 1959.

La persecución religiosa en el Tíbet ha sido constante. Fue particularmente cruel durante la Revolución Cultural. 2 700 monasterios budistas han sido destruidos. Con el asentamiento de colonos chinos se intentó la limpieza étnica y borrar las tradiciones tibetanas.

Las protestas en el Tíbet han sido brutalmente reprimidas por las autoridades chinas, como ocurrió en octubre de 1987 y mayo de 1993, por solo mencionar las más sangrientas.

En mayo de 1995, el Dalai Lama designó a un niño de seis años como la nueva reencarnación de Panchen Lama, muerto en enero de 1989. Menos de siete meses después, las autoridades chinas secuestraron al niño.

En el año 2000, la política china en el Tíbet sufrió un serio revés cuando Karmapa Lama, el tercero de la jerarquía espiritual del budismo tibetano, huyó de Lhasa y se unió en el exilio al Dalai Lama.

Tíbet, que no tiene petróleo ni otras riquezas naturales, duele poco a Occidente. Muchos gobiernos democráticos, para no irritar al gobierno chino, esquivan al Dalai Lama, por muy Premio Nobel de la Paz que sea, y se hacen de la vista gorda ante las violaciones de los derechos humanos en el territorio.

¿Se imaginan cuál sería la reacción internacional si el país invadido y ocupado, en vez del Tíbet, fuese el Vaticano, y el líder espiritual exiliado fuese un Papa católico y no el Dalai Lama?

El desarrollo impresionante alcanzado con el socialismo de mercado de los  herederos de Mao y la magnitud del mercado chino, hacen  que Occidente ─que ya olvidó la carnicería de la Plaza Tiananmén─ le perdone cualquier cosa a los mandamases de Beijing: los campos de concentración para los uigures, la persecución a la secta Falun Gong, los ciber disidentes encarcelados, las cientos de ejecuciones al año. ¿Por qué no van a perdonarle la ocupación del Tíbet?

Antes que a Tenzin Gyatso, el Dalai Lama número 14, encarnación del Buda de la Compasión, y los monjes tibetanos que no renuncian a la libertad de su tierra, Occidente prefiere hacer millonarios negocios con los adinerados mandarines comunistas de Beijing.

 

Tíbet, la colonia china olvidada por Occidente