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Por DIMAS CASTELLANOS. Cuba Libre Digital, Agosto 1, 2020

El Gobierno se debate en una insalvable contradicción: superar la crisis en que está sumido el país y sostener el modelo que la generó; hundido en la insolvencia financiera, sin suficiente inversión extranjera, sin acceso a los mercados de capital y en medio de la reducción de ingresos por turismo, remesas y alquiler de profesionales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En marzo de 2020, Miguel-Díaz-Canel dijo: "Los problemas financieros del país se agravan, los problemas de disponibilidad de divisas se agravan y nosotros estamos enfrentando esta situación con las enormes limitaciones que nos impone el bloqueo... Van a existir colas porque no tenemos el aseguramiento para resolver los problemas de desabastecimiento".

Por su parte, el ministro de Economía, Alejandro Gil, planteó: "se requiere más planificación, más control de las medidas, más rigor en su cumplimiento y más disciplina en los actores económicos". Y en la reunión del Consejo de Ministros del mes de mayo, reconoció: "no se puede distribuir una riqueza que no se ha creado".

Más tarde, el 16 de julio, Miguel Díaz-Canel planteó que la situación era desafiante, que no se podía seguir haciendo lo mismo, y anunció un paquete de medidas postergadas durante años, sin explicar por qué se postergaron. En consecuencia, anunció una "estrategia". Si con ese término se designa un conjunto de acciones encaminadas hacia un fin, y ese fin es sacar al país de la crisis, las medidas anunciadas no califican como tales, pues parten de un postulado falso.

Cualquier estrategia dirigida a superar la crisis cubana tiene que partir del punto donde se torció el rumbo anunciado en 1959, cuando en lugar de lo prometido —elecciones inmediatas, restitución de la Constitución de 1940 y un programa que aumentaría notablemente la producción agrícola, que duplicaría la capacidad de consumo de la población campesina y que borraría su pavorosa cifra de desempleo crónico, logrando para el pueblo "un nivel de vida superior al de cualquier otra nación"—, se tomó el rumbo del totalitarismo.

La ineficiencia productiva, el desabastecimiento progresivo y la importación de alimentos y artículos producibles en el país, son efectos de ese modelo totalitario, caracterizado por la falta de libertad de los productores, los precios topados, la represión contra la iniciativa privada y los intermediarios; en definitiva, de una economía prisionera de la política y la ideología.

Camuflar la crisis cubana con la generada por la pandemia del covid-19 a nivel mundial, significa eludir el origen de la verdadera causa: la estatización de la propiedad sobre los medios de producción, la eliminación de la institucionalidad existente, el secuestro de las libertades ciudadanas y la concentración del poder en un Partido y en una persona. Por tanto, la salida de ese estado tiene que comenzar por precisar, al margen de la ideología y de intereses partidistas, cuál es la verdadera causa.

Cuba necesita de un crecimiento rápido en la esfera productiva

Durante décadas, desde la sociedad civil hemos venido clamando por una reforma de la propiedad, por la creación de pequeñas y medianas empresas, porque los cubanos puedan ser empresarios, por dotar a los productores de personalidad jurídica, etc.; es decir, por la esfera de la producción. Sin embargo, las medidas han comenzado por la esfera de la circulación: eliminar el absurdo gravamen del 10% al dólar para facilitar la venta a los cubanos "ricos", con lo que se repite un camino fracasado y se institucionalizan las diferencias sociales; y por la venta mediante tarjetas magnéticas, que constituyen un paso atrás en relación a medidas similares implantadas hace casi 30 años, con la diferencia de que son más limitadas aún, pues ahora no basta con poseer dólares para comprar en efectivo. Es decir, un orden contrario a los objetivos declarados.

Aunque tardías, limitadas e insuficientes, el valor de las medidas anunciadas radica en el reconocimiento de una crisis que se aproxima inexorablemente a la hambruna.

Al comenzar por la circulación (comercialización de aseo, alimentos y ferretería), una buena parte de lo que se recaude irá a manos de los proveedores. Algo similar a lo que le ocurrió a España con el oro y la plata que sacó de las Américas, que por falta de una infraestructura interna, siguió camino hacia otros países europeos de mayor desarrollo.

A fines de 2019, ante la insolvencia financiera y habituado al parasitismo, el Gobierno puso el ojo en las remesas familiares. Comenzó a vender equipos electrodomésticos en moneda libremente convertible, mediante tarjetas magnéticas, para controlar las divisas que enviaban los familiares desde el exterior, sin que el resultado mejorara la deprimida producción nacional.

Cuba necesita de un crecimiento rápido en la esfera productiva, comenzando por la agricultura, para aliviar el desabastecimiento, satisfacer la demanda nacional, sustituir importaciones y ahorrar parte de los casi 800 millones de dólares que se invierten anualmente en la compra de alimentos y otros artículos producibles en el país.

Hacer, no solo decir

En 2007, Raúl Castro reconoció que las deficiencias, errores y actitudes burocráticas se reflejaban en los campos infectados de marabú. Para revertir esa situación se dictaron varios decretos-leyes sin obtener los resultados esperados. El común denominador de esas legislaciones es la ausencia de una reforma de la propiedad, de pequeñas y medianas empresas, de personalidad jurídica de los productores y de trabas como el monopolio de Acopio, una institución burocrática que impone al productor lo que debe producir, la cantidad, el precio, y obliga a entregar la mayor parte al Estado. Seis años después, en mayo de 2013, Marino Murillo Jorge, entonces vicepresidente del Consejo de Estado, dijo: "las medidas que durante décadas se han puesto en práctica en la forma de gestionar la tierra no han conducido al necesario aumento de la producción".

Hay que añadir que las medidas puestas en práctica entre 2013 y 2020 tampoco dieron resultados. Se impone pues, hacer las cosas de otra manera, no solo enunciarlo.

La recuperación tras la Guerra de Independencia, un ejemplo

El éxito o el fracaso de las transformaciones sociales guarda relación con la existencia o no de libertades. Antes de 1959 la economía cubana, aunque con marcadas diferencias sociales, era una de las más fuertes de la región. Hoy decrece, las diferencias sociales aumentan, los valores se pierden, y el Estado se hunde en la incapacidad y la insolvencia financiera. Por tanto, se alza como necesidad ineludible la restitución de los derechos y libertades refrendados en la Constitución de 1940, adaptados a la época de las novísimas tecnologías de la información y las comunicaciones.

Solo así, tanto en la política como en la economía o la cultura, los cubanos podrán devenir agentes activos.

Se necesita la promulgación de una nueva ley de inversiones que contemple a los cubanos; la formación de pequeñas y medianas empresas en todos los sectores productivos y de servicios; la entrega o venta de la tierra en usufructo a propiedad de los productores; el fomento de cooperativas y no de asociaciones de usufructuarios dependientes del Estado; la erradicación del listado de actividades permitidas a los trabajadores por cuenta propia; la eliminación de los monopolios estatales de acopio, y de exportación e importación, viva expresión de la naturaleza totalitaria del Estado cubano.

La superación de las ruinas provocadas a fines del siglo XIX por la Guerra de Independencia, muestra que la actual situación de desastre se puede superar. Aquella guerra destruyó entre el 80 y el 90 % de la agricultura y la industria, se perdieron más de 300.000 habitantes (uno de cada cinco personas), y una parte considerable de la clase empresarial cubana desapareció. Para aquilatar la recuperación basta el ejemplo del ganado vacuno, que de las 120.000 cabezas que sobrevivieron, ya en 1903 había 1.223.613.

Rumbo a la hambruna: el equivocado orden de las medidas económicas en Cuba