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Por Javier Prada, Noviembre 22, 2021

LA HABANA, Cuba.- “Este es tiempo virtuoso, y hay que fundirse en él”, dijo Martí alguna vez. Los cubanos, fieles a su ideario, han hecho exactamente eso: fundirse, enloquecer, derretirse el cerebro con palabras y actitudes extremas. La última semana ha sido un jaloneo de opiniones incendiarias desde todas las orillas: Yunior García, Archipiélago, los presos políticos, “Patria y Vida”, la enfermedad de Osorbo, Luis Manuel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otero, son temas que desvelan mientras la escasez y el racionamiento se multiplican dentro de la Isla.

En apenas siete días un líder huyó a espaldas de sus compañeros de lucha; el opositor Eliecer Ávila protagonizó, desde el exilio, un exabrupto contra quienes criticaron dicha fuga; Yotuel acudió a la ceremonia de los Grammy Latinos ataviado con la bandera cubana al estilo del Drácula de Francis Ford Coppola; un periodista que experimenta sumo placer en usar su talento para agredir, se lanzó a la yugular de la actriz Beatriz Luengo con un ataque rayano en la misoginia y el racismo; y por si fuera poco, los defensores del líder escapista han decidido que nadie tiene el derecho de criticar su salida silenciosa del país, ni siquiera sus propios colegas de la plataforma Archipiélago.

Un vistazo a consciencia sobre el estado de opinión que ha dejado la partida de Yunior García, basta para apreciar que son muchos los cubanos que llevan dentro un Fidel Castro. Los intentos de silenciar cualquier comentario crítico con el manido pretexto de que lacera la unidad entre quienes se oponen al gobierno, recuerdan peligrosamente el hábito de los cuadros del Partido Comunista de posponer la discusión sobre temas incómodos porque “no es el momento adecuado”.

Quienes han cerrado filas en torno a Yunior condenan incluso el derecho a ser suspicaz, y en su vehemencia confunden democracia con unanimidad. Nada se le puede cuestionar al joven. Incluso algunos que atacaron con virulencia tremenda a Luis Manuel Otero Alcántara por haberle arreglado el cuello de la bata al médico esbirro del hospital “Calixto García”, justifican la decisión de Yunior porque “vale más exiliado, que preso o muerto”.

Bienaventurados los suspicaces, porque saben que la fuga de Yunior no fue la manera que encontró la Seguridad del Estado para salir de él. Yunior no mueve a la porción de pueblo que le quita el sueño al régimen; para eso están Osorbo y Alcántara, que siguen encerrados precisamente porque al castrismo no le conviene su energía en las calles de un país enfurecido.

Los suspicaces saben que si Yunior hubiera salido a enfrentar a la turba del repudio, lo peor que podía pasar era que le dieran, quizás, un par de pescozones y lo arrastraran a una patrulla; todo delante de la prensa extranjera que aguardaba a cien metros de su casa. Yunior García ha sido el cubano más mediático en los últimos meses. Todos los ojos estaban puestos en su chinita cabeza, en la marcha que él mismo había convocado. La dictadura no se hubiera atrevido a darle una paliza, mucho menos asesinarlo. El costo político habría sido terrible.

Un hombre con su inteligencia debió saber que la mejor opción el 14 de noviembre era salir y ser arrestado. Los cubanos de todas partes se encargarían de hacer campaña por su liberación y entonces España, tan dispuesta siempre a acoger a los disidentes del castrismo, hubiera hecho exactamente lo que hizo, pero sin necesidad de sacrificar la credibilidad de Archipiélago.

Yunior, que solo conoció el olor del Vivac muy brevemente a raíz de los sucesos del 11 de julio, se ha comportado como una víctima que lleva años siendo hostigada por la Seguridad del Estado. Un hombre que llevaba meses desafiando al régimen y aún así gozó de absoluta libertad de movimiento hasta el 14 de noviembre, incluso para tramitarse una visa “por si algo salía mal”, quiere hacerle creer al mundo que no tuvo otra alternativa.

Es inevitable pensar en las golpizas que ha sufrido Luis Manuel Otero, los secuestros, la exposición de su intimidad en redes sociales, el allanamiento a su casa, la destrucción de sus obras, la campaña mediática en su contra. Tampoco Luis Manuel es de mármol o bronce. Es solo un negro preso, al igual que Maikel Osorbo y Esteban Rodríguez; porque aunque les duela a los gendarmes de la racialidad que no quieren que se hable del tema, la solución de exiliar a los opositores blancos y encarcelar a los negros parece marcar tendencia.

La oposición que se autodenomina progresista está definiendo sus temas tabú. Prefiere mirar hacia otro lado cuando alguno de sus militantes actúa abiertamente en favor de la dictadura; no al estilo de un esbirro cualquiera, sino como un recurso estratégico para conjurar escenarios peligrosos.

Sobre tal proceder, que merece los más severos cuestionamientos, ni siquiera es posible manifestar sospechas sin ser acusado de divisionista. Nadie se ha vuelto a preguntar en qué paró aquella negociación entre una prestigiosa artista y la Seguridad del Estado, según la cual ella saldría del país a cambio de la liberación de 25 presos políticos; entre ellos Alcántara y todos los menores de edad encarcelados a raíz de las protestas.

Quien se atreve a poner estos temas sobre el tapete corre el riesgo de ser crucificado por las ciberbrigadas del repudio con lenguaje refinado, aunque no menos peligrosas que la chusma plantada frente a casa de un opositor. Son asuntos que han quedado a medias y en un olvido reprochable, mientras todos los medios de prensa se vuelven hacia el panegirista de turno, que ha comenzado ya su doble agenda anticastrista y antiembargo (no necesariamente en ese orden) en el país más comunista de Europa, el que más le ha sacado las castañas del fuego al régimen cubano.

Bienaventurados los suspicaces