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Así pasamos por las ciudades de Montraux y Aigle. Se ve que este país no fue afectado por la Segunda Guerra Mundial, pues a todo lo largo de la orilla del lago se alzan espléndidoscastillos medievales, palacetes del siglo XIX o inicios del XX, ardines y más jardines, repletos de tulipanes y cerezos en flor. Los céspedes están tan cuidados y como abundan los magníficos cedros por doquier, te da la ilusión de que estás dentro de un filme.

A partir de la ciudad de Aigle (Aguila), subimos hasta Leysin, en donde estaba nuestro elegante hotel, a 1300 metros de altura, de 4 estrellas, con amplias habitaciones y con un paisaje impresionante que se podía admirar desde los espaciosos balcones.Teníamos pensión completa, la comida era buena y abundantísima, mucha charcutería, tocinos, chorizos, butifarras, diversos tipos de quesos y de vinos, repostrería variadísima. El pueblo lleno de chalets de madera, el cual más lindo.

De allí tomamos el teleférico varias veces y subimos a lo alto de las pistas a la Berneuse, a 2048 metros de altura y desde allí en otro a la Tour d'Ai a 2331 metros de altura.Teníamos un cielo de un azul extraordinario y la vista era deslumbrante. En cuanto al frío estábamos a -10°c.

Paseamos siempre con otra pareja de cubanos: Luis y Nilda, ella es colega de mi esposa. Cuando la vi recogiendo flores en el bosque, las llamadas serenellas, para hacer un bouquet y llevarlo a París, como ella es de Calabazar de Sagua, se me ocurrió decirle: -Oye Nilda,¡quién te ha visto y quién te ve! ¿Quién te iba a decir allá en Calabazar, que un día ibas a estar haciendo un bouquet de flores recogidas en los Alpes Suizos para llevarlo a tu residen­cia en París?

También vinieron a pasar esos días con nosotros una pareja de amigos cubanos que viven en Ginebra, Miguel Ángel y Nilda, así es que eran dos las señoras con el mismo nombre. En el hotel había una discoteca y un cabaret en el cual hubo una noche un espectáculo de desnudos masculinos, pero a las cubanas no les interesó. Era requi­sito indispensable ser del género femenino para poder asistir.

En la ciudad todo es carísimo, por lo menos el doble de los pre­cios de París. Por todas partes los turistas eran suizos, franceses y alemanes. Era un placer verlos como descendían velozmente por las pistas. Nosotros prudentemente nos dedicamos a contemplar el espectáculo y el paisaje.

E1 crepúsculo es formidable, las nieves de las cumbres toman un co­lor que va del rosa al salmón y el cielo según se oscurece permi­te apreciar las luces de los chalets esparcidos por las montañas y las que se reflejan en el lago.

Mientras estábamos en la terraza del restaurante observando el crepúsculo, recordé que de niño, un día en casa de mi tía Biba, me puse a hojear un número de Selecciones del Reader Digest. Su esposo Villa la compraba cada mes y las conservaba preciosamente. Pues bien, allí vi un anuncio para viajar a Suiza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta ese momento yo había pensado que ir a Europa era algo tan imposible como viajar a la luna, no por razones económicas, pues a esa edad no se tiene ni la menor idea del valor de las cosas, sino por necesitarse un pasaporte, para mí, una especie de libretita con foto y cuño, como las que yo había visto en las películas que ponían en el viejo y querido Cine Muñiz.

Quedé asombrado al descubrir que cumplir un sueño hasta ese momento irrealizable fuera tan simple como pasar por una agencia de viajes y reservar el billete por Pan American. Loco de contento corrí a darle la buena noticia a mi madre, sin dudar un momento de que esta oportunidad que se nos ofrecía iba a entusiasmarla tan­to como a mí. Por alguna razón tierna, mi madre me dijo que sí, que compraría los billetes que nos llevarían a las montañas de los Alpes suizos, sus lagos y bosques.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando mi padre regresó de la jefatura de pólicía, mi madre le informó que yo estaba preparando el equipaje, tenía abierta sobre mi cama mi maletita de cartón, dentro de la cual había colocado mis comics de Tom y Jerry,Batman,Tarzán, Supermán y del Llanero Solítario, mi fusil tiracorchos para defendernos por si acaso fuéramos atacados por los lobos o los osos de los Alpes, una cantimplora de plástico china para el agua y mi falsa cámara fotográfica de plástico azul cielo, regalo de mi tío Renato. En eso los vi a ambos en la puerta de mi cuarto mirándome asombrados. Aún antes de escuchar sus explicaciones comprendí que no habría viaje a Suiza y se me saltaron las lágrimas mientras trataba de disimularlas con falsas sonrisas, porque creía entonces, a fuerza de haberlo escuchado tantas veces, que los hombres no lloraban. No sé ni cuantas veces he llorado desde aquel día.

Estuvimos en un gran centro comercial, lleno de relojerías, de tiendas de artesanías, pieles, etc. En una chocolatería compramos varias barras de los deliciosos chocolates suizos y en una cuchi­llería una clásica cuchilla roja suiza para mi hijo. Estando allí, entró un grupo de gamberros alemanes, skinheads, a mí me lanzaron al rostro una pelota de fútbol que por poco me rompe las gafas y otro le dio un empujón a mi esposa. Pero lo peor no fue eso sino que en el gran corredor entre los lujosos escaparates, había un joven tocando la guitarra, a su lado una cesta de mimbre contenía un perro salchicha y dos gatos, todos dormían bajo una manta de cuadros escoceses roja y verde. En eso una señora con visón y cartera Kelly de chez Hermès pasó por delante. El joven interrumpió el Concierto de Aranjuez y le tendió la mano para pedir­le una pieza. La señora se hizo la que no lo vio. Después de alejarse sólo unos metros, uno de los skinheads se le acercó por detrás, le arrebató la cartera tumbándola al piso y salió huyendo sin que nadie hiciera absolutamente nada por detenerlo

Sólo el cantante reaccionó, soltó la guitarra y corrió detrás del delincuentón. Lo alcanzó y se fajó con él, recuperó la cartera intacta, que acto seguido devolvió a la pija señora, la cual trató de recompensar al atlético guitarrista. Pero éste se negó a aceptar el billete que le ofrecía la señora y volvió a tocar la guitarra. ¡Qué excelente lección de dignidad le dio!

Regresamos a París después de tres días fantásticos.

¿Cómo alguien puede vivir en forma sedentaria sin nunca salir del lugar en el que vive? Mientras más viajo menos lo comprendo.

El 21 de mayo dimos una fiesta, invitamos a todos los amigos, pues cumplimos 25 años de Libertad.Y eso hay que celebrarlo. Cada día le doy gracias a Dios por haberme permitido ser un hombre libre.

 

CUBANOS 'REFUGIADOS' HACEN REALIDAD SUS SUEÑOS SUIZOS

 

CORREO

 

 

Por Félix J. Hernández, París, Francia

Querida Ofelia,

anoche fuímos a cenar a casa de los Fuchs; ella es francesa, profesora de español y él austriaco. Hace unos días llegaron de Cuba, en donde pasaron unas magníficas vacaciones, a juzgar por el vídeo, las fotos y las anécdotas. Nos trajeron de regalo una botella plástica de agua mineral Ciego Montero, llena de arena de Varadero, con ella llenamos un jarrón de porcelana alemana que habíamos traído hace años de Berlín, de los famosos almacenes KDWE; también nos trajeron una caja plástica con tierra de Viñales, unas hojas de tabaco y un paquete de café, todo cubanísimo al 100%, así es que ahora tenemos un poco de tierra cubana en pleno París, eso suena a nostalgia cubana o a surrealismo.

Mi esposa organizó un viaje a Suiza, a la estación de esquí de Leysin, al extremo este del Lago de Ginebra. Fueron tres días magníficos. Fuímos en TGV, el tren más rápido del mundo, hasta Lausanne, a más de 200 km por hora. Casi ni se siente que se mueve, íbamos en espaciosos butacones de primera clase. Al llegar a la ciudad, nos esperaba un confortable autocar que yendo siempre por la orilla del lago, nos permitía admirar el grandioso paisaje de los Alpes alrededor, cuyas cimas se reflejaban en las aguas del lago.