TITI, EL ELVISPRIVELIANO

Por Félix J. Hernández, París, Francia

Mi querida Ofelia,

Ayer me acordé mucho de ti, ya han pasado 18 años y me parece que fue hace poco. Quiero contarte los dos últimos días nuestros en la bella Amsterdam y nuestro encuentro con Titi

Tomamos el autocar de la compañía turística en la céntrica avenida Damrak. Ibamos en el segundo piso, en unos asientos ortopédicos y con un techo tan bajo que para desplazarnos teníamos que doblar la cintura. La guía, una señora con aspecto de 'patito feo' después de un aguacero, pasó preguntando en qué lengua queríamos las explicaciones. Le dije que me daba igual que fueran en castellano, italiano o francés.

Ella se apresuró a decirme: - "No por favor, en francés no, aquí a esa gente no la apreciamos". Para mí no fue una sorpresa lo que acababa de escuchar, pero comprendí que ella hubiera podido desencadenar un debate polémico si algún francés la hubiese escuchado. Los galos tienen una imagen de arrogantes y pretenciosos tan grande,

que cuando visitamos otro país nos es difícil convencer a los autóctonos de que no es cierto, que no todos son así. Durante todo el día la escuchamos explicar en inglés, alemán e italiano, tan mezclados entre ellos que me parecía escuchar al monje políglota del filme “En Nombre de la Rosa”.

Visitamos primero el puertecito pesquero de Volendam, paseamos sobre la diga y por las estrechos canales y calles, con sus casitas de techos de dos aguas construídas con ladrillos rojos. Cisnes, patos y gaviotas abundan a orillas del mar y en los canales. Los hombres llevaban pantalones negros con botones de plata y chaquetas cortas sobre camisas de mangas largas de rayas y gorros de lana redondos. Las mujeres vestían faldas negras con delantales y blusas de rayas multicolores. Gastaban collares de coral y gorros de encaje blanco. Los zapatos eran zuecos de madera. Todos inmaculadamente limpios, desempercudidos, como diría mi madre.

Continuamos al pueblecito de Marken, situado en lo que fue una isla, hogaño convertida en península gracias al hombre. Sus habitantes son casi todos protestantes, viven en casas de madera pintadas de verde y visten con los trajes tradicionales. Recorriendo el pintoresco pueblecito nos parecía que estábamos en el siglo XIX o dentro de una película. Continuamos a Zaanse Schans, allí visitamos los famosos molinos que sirvieron durante tantos años para producir mostaza, papel, aceite, etc. Alrededor de ellos se alzan casitas verdes de madera con techos de dos aguas cubiertos de tejas. También pudimos admirar cómo se fabrican los zuecos en un taller. Por último recorrimos una granja donde se fabrican los célebres quesos redondos con “cáscara” roja.

Regresamos a la capital entre molinos, pólderes, casitas de madera o ladrillos, canales con cisnes y patos. En fin, por un mundo de serenidad y belleza a sólo unos kilometrs. de la civilización metropolitana.

Llamamos por teléfono desde el hotel a Titi, se puso muy contento al saber que estábamos en Amsterdam y nos dimos cita para almorzar y pasar la tarde juntos al día siguiente. Nuestra última mañana holandesa la pasamos en el Rijksmuseum (Museo Nacional). Es un gigantesco museo, en ese momento en restauración general y por tal motivo, las obras principales habían sido acumuladas en unas 20 salas abiertas al público. Posee una extraordinaria colección de obras de arte holandesas de los siglos XV, XVI y XVII, que habíamos podido admirar en nuestra última visita en el ya lejanísimo 1984.

El Museo Nacional fue fundado en el 1808 por orden de Louis Bonaparte, hermano del emperador francés, para presentar los 225 cuadros que poseía la colección nacional en aquel momento.

Me llamó la atención la belleza del “Busto de un desconocido”  de Hendrick de Keyser y el “Retrato de niña vestida de azul” de Johannes Cornelisz. Este último consiste en una niña de unos 10 años vestida como una gran dama, con abanico de plumas, encajes en el cuello y mangas, elegantemente enjoyada. Se pueden admirar cuadros de Rembrandt y Van Gogh, pero de ellos ya te hablé en una crónica anterior.

Lo más impresionante fueron los cuatro cuadros de Johannes Vermer, pintor que sólo hizo unos 30 en toda su vida. “La lechera” es para mí el más bello, es hiperrrealista. Uno se queda frente a ella como esperando a que la jarra de leche acabe de vaciarse; los colores y la luz que penetra por los vitrales de la izquierda dan un encanto muy especial a esa obra magistral del gran Vermer.

Vermer nació en 1632 en Delft, ciudad famosa por tener tantos puentes como días hay en el año. Aún hoy día no se sabe nada a ciencia cierta sobre su formación intelectual. En 1653 se casó con la una chica católica proveniente de una familia riquísima llamada Catharina Bones, con la cual tuvo 11 hijos. El gran pintor no logró vender ni un cuadro en vida, se vio obligado a alquilar su casa, se cubrió de deudas, como muchos de sus contemporáneos y, al morir en 1675, dejó a su esposa e hijos en las garras de los usureros.

¡Frente al museo, nos encontramos con Titi! Altísimo, más seis pies, de piel canela, pelado muy corto (¿adónde fue a parar lla cabellera negrísima?), delgado, sus ojos negrísimos poseen una mirada triste que se pierde en las grises nubes de las tarde holandesas. Vestía elegantemente, al estilo Burberry's, lo cual le daba un aspecto de gentleman británico.

En enero de 1959, Titi vivía con su madre Mima en la calle San Pedro, a unos pasos de la Terminal de Omnibus de Santa Clara. Era un chico de 15 años lleno de alegría de vivir, apasionado por todo lo que fuera americano. Su cuarto estaba cubierto por posters de películas americanas y fotos de artistas:  “Gigante”, “Rebelde sin Causa”, “Al Este del Edén”, “Un Tranvía llamado Deseo”, etc. Las fotos de Rock Hudson, Marlon Brandon y James Dean, decoraban la pared detrás de su cama, alrededor del altarcito donde se encontraban La Virgen de la Caridad, La Virgen de Regla y Santa Bárbara montada en un caballo.

Titi se vestía como James Dean: botas negras, vaqueros azules con los anchos bajos doblados hacia arriba, T-shirt blanco sin cuello y jacquet de cuero abierto y sombrero tejano que inclinaba hacia atrás. Poseía una Harley-Davidson 125 y cuando la montaba como centauro cubano, se colocaba la gorra al estilo de Marlon y se iba a pasear con su novia Carmita, alrededor del Parque Vidal y de ahí al Club Cubanacán, que estaba en la carretera Central entre Santa Clara y Placetas. Su madre lo adoraba y daba la vida y todo lo demás por tal de que su Titi lograra el sueño de ir a vivir al Norte, para triunfar en la vida, para poder realizar todos sus sueños. ¡Qué lejos estaba de imaginar que aquel barbudo comandante que ella tanto admiraba, iba a destruir la vida de su único hijo!

Mima sonaba tremendos bembés cada 4 de diciembre en honor de Changó-Sta. Bárbara, al cual mis padres acudían y lógicamente a mí me llevaban. Había comida en abundancia, tambores que sonaban a arrebato cuando salía Mima con una bata blanca larga, armada por una espada de madera y con la negrísima cabellera suelta que le llegaba hasta la cintura. Bailaba hasta que le bajaba el santo, caía en trance, la llevaban a su cuarto y después seguía la fiesta, en la cual el Bacardí , la Hatuey, la Cristal y la Polar corrían a ríos, junto al chilindrón de chivo.

Titi tenía un tocadiscos RCA Victor Holiday Imperial High Fidelity. Cuando durante las vacaciones llegaba por las tardes su prima Chelito en su bicicleta roja Roadmaster AMF, del tocadisco comenzaban a salir el rock a todo volumen. Bailaban, reían, se divertían con: Oh Carol! De Neil Sedaka, Venus de Frankie Avalon, Personality de Lloyd Price o Remember You're Mine de Pat Boone,etc. Pero sobre todo cantaban y bailaban con Elvis: Love Me Tender, Don't be cruel, Hound dog, etc.

Al comenzar las clases, Chelito regresaba a su escuela del Sagrado Corazón de Jesús en La Habana y Titi a los Maristas de Sta. Clara. Las vacaciones eran para ellos una época de diversión sana, de bailes, de paseos, era la adolescencia inolvidable. El padre de Titi era Don Anselmo, un acaudalado hombre de negocios villaclareño, que aunque no lo había reconocido legalmente como hijo, le pasaba una pensión mensual que le permitía vivir sin ningún tipo de preocupación económica junto a su madre.

El día de la muerte de Don Anselmo, Titi fue a decirlo a su abuelo materno Manolo, pidiéndole que rezara por su alma. La respuesta del abuelo fue: -¡Yo no rezo por los hijos de puta!

Hay que decir que Don Anselmo era todo un personaje. Un día Titi, que había oído decir que los hombres no podían ser bonitos y que tampoco lloraban, como a él sus tías le decían que era un niño bonito y también lloraba, se le ocurrió preguntar a su abuelo: -Abuelo, ¿ tú crees que yo sea maricón? (cont.)

 

 

 

 

 

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