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¡ADIOS CHARLES!

Por Félix José Hernández, París, 9 de agosto

Charles Chibitty, el último de los “code talkers” que hablaban en código, acaba de morir a los 83 años en una casa de reposo de Tulsa, Oklahoma. Allí vivía gracias a la ayuda económica de las tribus locales.

Ni siquiera Hollywood, que les había dedicado la película “Windtalkers”, había logrado salvar de la pobreza a los “code talkers”, como llamaban a los indios que formaron parte del Ejército americano durante la II Guerra Mundial.

“En realidad nunca le he tenido miedo a la muerte, pero la he tenido en cuenta”, respondió recientemente a una periodista que le preguntó si no había sentido miedo en la playa francesa de Utah Beach, durante el desembarco aliado en Normandía.

Chibitty fue uno de los hombres esenciales durante la guerra. «Pee-ah ah-tah too-koo tah-nee way». Nadie era capaz de comprender qué significaba ese mensaje, ni siquiera los nazis. Sin embargo los especialistas aliados lograban descifrarlo rápidamente: “Correcta la playa, pero lugar equivocado”. Los soldados aliados habían desembarcado en Utah Beach, en lugar de Omaha Beach. Pero lo importante era que había comenzado el desembarco.

Charles, era el último sobreviviente del grupo de 20 indios navajos y se llevó con él los secretos del célebre código.

Fue él quien creó aquella lengua que nunca había sido escrita y que resultaba indescifrable para los especialistas germánicos.

Los alemanes no podían saber que era n palabras de la iñez de Chibitty. Eran parte de un dialecto secreto, a causa de que las autoridades estadounidenses de los años 1920 habían prohibido a los indios que vivían en las reservas, hablar en su lengua: “Para que se pudieran integrar más rápidamente a la sociedad blanca anglosajona”.

Pero Charles no hacía caso a las disposiciones de los blancos y hablaba su dialecto con los otros niños navajos, conservando así un instrumento lingüístico que fue fundamental para ayudar a la reconquista de la libertad de buena parte de esta Vieja Europa, que a veces padece de amnesia.

“Siempre me he sentido muy orgulloso de mi contribución a la victoria”, le gustaba declarar al viejo navajo. Era un excelente bailarín y por tal motivo brillaba en las fiestas de los navajos: También había sido un buen boxeador, pero en su corazón, las aventuras europeas ocupaban un gran espacio. En su casa de reposo, le gustaba mostrar a los visitantes sus medallas, sobre todo la de Caballero de la Legión de Honor, que le otorgó Francia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con Charles, se fue uno de los personajes que más admiré en mi niñez. No sé cómo será el cielo navajo, a lo mejor hay grandes praderas con búfalos y caballos, y el viejo Charles esté en estos momentos observándonos desde la puerta de su tienda, o montado en un bello corcel, con su gran penacho de plumas sobre la cabeza.