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Por, Ernesto Pérez Chang, Cubanet.org, Agosto 31, 2021

LA HABANA, Cuba. – Dieron 5 000 pesos (poco más de 80 dólares al cambio actual en el mercado negro) por un “pasadía” en una casa de Miramar y ahora se arrepienten. Pensaron que pagar tanto por solo usar el área de la piscina entre las 8:00 de la mañana y las 6:00 de la tarde les proporcionaría una jornada agradable y un servicio de excelencia, pero la realidad estuvo muy distante de sus expectativas: hasta terminaron enredados en un desagradable combate verbal con el dueño del lugar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

debido a que sus exigencias sobre el comportamiento a seguir se parecían más a las de una prisión que a las de un lugar para ir a divertirse. 

“(El dueño de la casa) no quería que escucháramos música. Ni alta ni bajita. Si nos reíamos un poquito alto salía a regañarnos. Nos pusimos a jugar con una pelota en el agua y fue como si nos hubiésemos puesto a fumar mariguana. No se podía hacer nada. Nadie va a una piscina con los amigos para estar callados”, cuenta Yuliana, una adolescente que recientemente celebró su cumpleaños junto a un grupo de amigos del barrio tras pedirles a sus padres el “pasadía” como regalo.     

“Vi el anuncio en un grupo de Facebook de casas de renta con piscina; no queríamos ir a Guanabo porque están cerradas las playas por el coronavirus y están poniendo multas”, dice Victoria, la madre de Yuliana, que equivocadamente pensó que una piscina en Miramar, casi en la misma 5ta. Avenida y supuestamente colindante con la casa de Ricardo Alarcón (un ex alto dirigente cubano), sería garantía de “pasarla bien”.

“Me dije ‘Bueno, si ellos alquilan la piscina siendo vecinos de Alarcón, ahí no va a ir un policía a poner una multa’, pero ese hombre era peor que cualquier policía. Nosotros no teníamos la música alta, lo normal en un cumpleaños, pero cada cinco minutos salía a regañar, que si al lado vivía Alarcón, que si no se podía jugar pelota. ¿Quién paga 5 000 pesos por estar como una momia? A mí qué me importa quién vive al lado, arriba o abajo, yo pago por una cosa y la quiero”, protesta Victoria.

Su historia no es un caso aislado y, por estos días de confinamientos prolongados, de prohibiciones exageradas —probablemente más por una cuestión de control social, policial, que por sanidad—, los testimonios, quejas y denuncias sobre dueños de renta extremadamente “controladores” y con normas absurdas, a pesar del alza de los precios de los alquileres, se acumulan en las redes sociales.

Y es que, al ser julio y agosto meses tradicionalmente asociados con diversión en playas y piscinas, las restricciones de movimiento, las severas limitaciones a la renta de casas más las zonas de playa cerradas, han generado lo que pudiéramos llamar un “mercado clandestino del ocio”, aunque, en verdad, se trata de un “mercadillo de los horrores”.

“Queríamos entrar por la mañana pero la dueña nos dijo que no. Que esperáramos a por la noche, después de las 8:00, para que nadie nos viera bajar los bultos. Tuvimos que esperar en el carro como dos horas hasta que se hizo oscuro”, cuenta Elena, quien pasó un fin de semana junto con su familia en una pequeña casa de alquiler en Playa Guanabo, al este de La Habana. Tres noches por las que pagó 18 000 pesos cubanos (unos 300 dólares), a pesar del tormento que dice haber vivido.

“Aparte de que no podías bajar a la playa porque la policía no te dejaba, la dueña de la casa era un nazi. No quería que jugáramos dominó en el portal, tenía que ser en la sala, con la puerta cerrada y sin poner música. Tremendo calor. Apagones todo el tiempo y ni siquiera por la noche escapabas porque prendía el aire acondicionado a las 10:30 de la noche y lo apagaba a las 8:00 (de la mañana), además de tenerlo fijo en 26 grados. Fue un dinero botado. Me hubiera divertido más en mi casa”, comenta Elena.

“No dejaban bañarse ni estar en la arena pero la gente bajaba a la playa a las 12:00 de la noche, a la 1:00 de la mañana”, dice Enrique, el esposo de Elena. “A esa hora también había policías pero más para el centro (del pueblo). Los había que no decían nada, tú le dabas algo y te dejaban pasar pero solo si no ibas en grupo, tenías que ir tú con otra persona pero no más de dos (…). No es lo mismo bañarse de madrugada pero la gente está loca por meterse en el mar (…). Lo del aire acondicionado es un descaro, lo hacen para ganar más dinero porque lo que cobran sobra para pagar la corriente (electricidad)”.

El alza de las tarifas eléctricas unida a la inflación, ambas como consecuencia de los ajustes económicos más recientes, influyeron en el incremento de los precios de las rentas no solo de las casas en la playa sino en general, uniéndose a todo esto, para colmo de males, unas restricciones que han conducido a los dueños de alquileres a situaciones desesperadas donde el que no viola la ley, va de cabeza a la ruina. 

“Las tarifas han influido y también los riesgos de alquilar cuando está prohibido. Puedes perder la licencia”, argumenta Pablo, dueño de una casa de renta en Guanabo, donde, a diferencia de la mayoría, no se ponen límites al uso del aire acondicionado pero solo por un acuerdo personal, igual de clandestino, con el trabajador de la empresa eléctrica que chequea todos los meses su metrocontador.

“Si no dejas prender el aire no alquiles. Es verdad que están cazando a los que alquilan clandestino por el consumo (…), nos vigilan la cuenta de electricidad y si ven que es alta vienen y te ponen una multa porque es señal de que estás alquilando pero ha sido uno o dos casos, hay modos de pasar inadvertidos (…). Llegas a un arreglo con el cobrador, pones un imán en el reloj, lo que todo el mundo hace. Lo otro es que tienes que pagar a los inspectores”, asegura Pablo, que además permite escuchar música y jugar dominó en las áreas exteriores de la vivienda aunque no como en otros tiempos, los que él define como de “de mayor libertad”.

“Cobro lo que cobro (5 000 pesos por noche) porque de ahí sale el dinerito de este y de aquel (sobornos)”, continúa Pablo en otro momento de la conversación. “La renta es mi trabajo, de eso sale la comida de mi familia y tengo que mantenerla, y de la misma luchita (el soborno) come la familia del inspector y la familia del policía (…). Gracias a eso puedo dejar que la gente ponga música y juegue dominó donde quiera, para eso los clientes están pagando (…). En otros tiempos de mayor libertad yo dejaba que (la música) la pusieran más alto o que se pasaran toda la madrugada gritando pero ahora está difícil la cosa, y no por la pandemia. Cualquier bulla viene la policía porque tienen miedo a que se arme lío, no quieren que la gente se entusiasme demasiado. Los mismos policías que pasan por aquí me lo dicen. Pueden poner música pero nada de ‘Patria y Vida’ ni los Aldeanos porque ahí el trato termina”, afirma Pablo.

Más de año y medio como prisioneros de un virus pero también de un régimen temeroso de su creciente impopularidad han agudizado en Cuba la sensación general de que el país es una enorme cárcel donde, para sobrevivir, las personas están obligadas a permanecer casi perpetuamente en el “invento”, en la “clandestinidad”, lo cual eleva el costo de la vida a niveles muy por encima de las posibilidades reales de subsistencia y hace del malestar, las insatisfacciones, las antipatías, los abusos y atropellos elementos ineludibles de nuestra cotidianidad.

A pesar de que “vacaciones” y “diversión” son términos de significación muy relativa y, en consecuencia, cuestionados en nuestro contexto de crisis económica interminable, durante los meses de julio y agosto las familias hacen grandes sacrificios para poder disfrutar al menos de un par de horas de playa o de algún “paseo” que los sustraiga unos segundos de la dura realidad. 

Pero las situaciones extremas producen actitudes al límite de lo humano, y así entre otros sufrimientos y tragedias más allá de una playa cerrada o un aire acondicionado apagado, el verano tropical se convierte en lo que es ahora, una temporada en el infierno. 




¿Verano en Cuba? Cada vez más caro, silencioso y clandestino