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Por Claudia Padron Cueto, Cubanet.org, Septiembre 16, 2021

CIUDAD DE MÉXICO.- Más de 1000 personas han sido recluidas en Cuba por manifestarse el 11 de julio. De Estas, algunas ya procesadas y otras esperando juicio.

Las fuentes oficiales han negado que los detenidos hayan estado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

desaparecidos o sufrido tortura, tampoco han reconocido las violaciones en los procesos sumarios donde han condenado a decenas de cubanos. Sin embargo, los testimonios de estos y sus familias contradicen el discurso oficial.

Las denuncias y notas de prensa al respecto se han centrado en los manifestantes, la vulneración de sus derechos y cómo se ha violado el debido proceso en sus casos. ¿Pero, que está pasando con sus familias? ¿Cómo sobreviven? ¿Qué están haciendo las madres para sacar a sus hijos de la cárcel?¿Qué le dicen a los niños que han separado de sus padres?

CubaNet ha entrevistado a dos familias cubanas. Estos son sus rostros e historias, contados en primera persona.

Maité Yanes, madre de Vladimir

Desde el 19 de julio apenas duermo. Es tanta la preocupación que se me oprime el pecho y solo quiero gritar.  Si en las noches conservo la calma es porque mi nieto Adrián ha comenzado a dormir conmigo. Antes él se metía en la cama de sus padres y muchas veces ahí amanecía.

Ahora rechaza ese cuarto, casi todo el tiempo está triste o enojado y ha comenzado a orinarse mientras duerme. Mi nieto es autista y su condición le impide hablar, pero logra comunicarse y percibe cuando algo no está bien.

A Vladimir, mi hijo y el padre de Adrián, lo detuvieron en el poblado de Sopapo, en Mayabeque. Cuatro policías viajaron en una patrulla desde Batabanó, donde vivimos, hasta la finca de unos familiares y se lo llevaron.

Vladimir estaba en Sopapo para cultivar la tierra. Él pesca y trabaja como agricultor, con eso vivimos todos. Es nuestro único ingreso.

Ese día la policía se lo llevó sin decirnos el motivo. Nosotros ni siquiera sabíamos que él se había unido a las manifestaciones del 11 de julio en el pueblo. No nos comentó nada. Es un muchacho muy callado y tranquilo, que ni siquiera tiene teléfono celular. Mi hijo no sabe lo que son las redes sociales, ni WhatsApp. Estaba en la calle y se sumó a reclamar lo justo.

Veinticuatro horas después, Vladimir fue liberado con una multa de 2 000 mil pesos, pero la tranquilidad sólo duró par de horas. Apenas había regresado a la casa y la policía fue nuevamente por él. ¿Por qué lo liberaron para luego volverlo a detener? No lo sabemos.

Pienso que fue por represalias. Mi hijo filmó a un policía cuando detenía a uno de los manifestantes con violencia el 12 de julio. El oficial intentó impedirlo y la discusión subió de tono, pero no pasó de palabras. La respuesta final del agente fue: “yo te cojo”.

Desde el 20 de julio vivimos en un infierno. Adrián, mi nieto, toma el teléfono y mira una y otra vez los videos de su papá. Anda huraño y alterado.

Adiaris, mi nuera, no sabe cómo podrá trabajar y cuidar al niño ahora que no está Vladimir con nosotras.

Y yo estoy desesperada. En un día he llamado 79 veces a la delegación donde lo tenían para saber de él. Como no me daban respuesta iba hasta las oficinas del DTI en San José y me paraba horas al sol, esperando que alguien me diera noticias. Allí estaban también otras familias, buscando a sus hijos.

Lo peor era que me mentían en mi cara. Cuando logré hablar con los oficiales me aseguraron que Vladimir estaba bien, allí en San José. Yo me enfurecí porque recién me había confirmado una amiga que lo habían trasladado para la prisión de Quivicán. Tuve que enfrentarme a ellos y exigir que me respondieran cómo alguien estaba en dos lugares a la vez. Entonces me dijeron la verdad. Yo llevaba tres días viajando hasta allí, exponiéndome a enfermar, y nadie me decía que mi hijo no estaba.

Desde el 20 de julio Vladimir nos ha llamado en tres ocasiones. Su preocupación principal es si Adrián tiene qué comer. Nosotras contestamos que sí, que no se preocupe, que familiares y amigos nos ayudan.

¿Qué otra cosa le voy a decir? Para qué contarle de las carencias y las faltas materiales, ahora que él no está y era nuestro sostén. Yo no puedo agobiar más a mi hijo, así que le miento, como él me miente cuando me dice que no me preocupe. Una madre sabe cuando su hijo no está bien.

Bárbara Isac, madre de  Lisdany y Lidianis

Uno de los momentos más duros de mi vida fue el 12 de octubre de 1998 cuando de las 4 niñas que tenía en la barriga sólo tres nacieron vivas. Los otros dos momentos han sido después del 11 de julio cuando detuvieron a dos de mis trillizas y el delegado las mandó a esposar frente a mí como si fueran criminales. Eso nunca lo olvidaré. Sin embargo, el peor de todos fue el día que que las trasladaron a prisión y no me dejaron verlas.

A partir de ahí cada día es peor, y yo sin poder hacer nada. Mis hijas me han llamado dos veces de la cárcel para pedir antibióticos porque tienen unas picadas muy infectadas y allí no les dan nada. Y yo afuera tampoco tengo. Una madre no puede dormir con eso.

El 11 de julio yo estaba en la calle con Lisdany y Lidiani cuando vimos la manifestación y nos sumamos a gritar “Patria y Vida”, a pedir medicinas y alimentos y sí, también dijimos Díaz-Canel singao. Yo no tengo nada que agradecerle, al contrario.

Hace unos meses, por ejemplo, fui a asistencia social a ver si me podían dar una ayuda económica porque tengo un prolapso en la válvula del ventrículo izquierdo y no puedo trabajar en el campo como antes. A veces no tengo ni para sacar los mandados, y la respuesta oficial fue: que tus hijos te lo paguen. Por eso el 11 de julio fui a exigir mis derechos, caminamos por Placetas pacíficamente, pasamos por el Partido. Ahí no se tiró ni una piedra.

Tres días después tocaron la puerta de la casa a las dos de la madrugada. Eran un policía y dos agentes de la Seguridad, vestidos de civil, para llevarse a mis hijas. Ellas se negaron a ir con tres hombres a esa hora porque no se sentían seguras. Al otro día fueron conmigo y las dejaron detenidas.

El jefe de la policía las acusa de desacato, atentado, vandalismo, propagación de epidemia y desorden público. Ellas son auxiliares pedagógicas, nunca habían tenido problema con la policía. El 18 las mandaron para la Cárcel de Mujeres de Guamajal. No he visto más a mis hijas, y eso me provoca un dolor muy grande; pero lo peor es que tengo una nietecita de tres años y medio que me pregunta todo el tiempo cuando llega su mamá.

Yo le he dicho que está trabajando en una galletería para traerle cositas, que regresa pronto. Cuando la veo triste voy y le compro un refresco o un dulce y le digo que su mamá se lo manda, pero ella ya no mira ni eso. La extraña mucho y me repite que quiere dormir con su mamá.

No sé que hacer para calmarla, hasta le pedí a una amiga que llamara haciéndose pasar por Lidiani, pero Nazli es muy inteligente y me dijo: “abuelita mi mamá no habla así”.

Yo me pongo a ver los muñequitos con ella y de pronto me dan unas ganas de llorar. No puedo pensar que nos quedemos solas. He vendido cosas de la casa, ropa mía. He llegado a vender parte de los mandados para con ese dinero pagar los míos y la corriente.

Desde el 18, que se las llevaron, mi rutina es levantarme pensando qué le podré llevar a mis hijas a la prisión, que inventaré, qué puedo vender para llenar la jaba. Gracias a Dios, al papá de Nazli y a la gente buena que me ha ayudado, en estas semanas hemos tenido qué comer.

Miedos

Maité teme que su hijo Vladimir se contagie de la COVID-19 estando en un lugar hacinado. Teme que si se contagia luego no hayan medicinas para atenderlo. Teme que lo condenen y tenga que sobrevivir en una cárcel un muchacho que no levanta la voz. También teme por ella, su nuera y su nieto que hasta hoy han estado viviendo de la caridad de los vecinos y familiares. Mañana no saben.

Bárbara teme que sus hijas sean condenadas y quedarse sola con Nazli. Teme por las condiciones de Lisdany y Lidianis en prisión, y por la realidad que le espera a ella enferma, sin pensión y cuidando a una niña que llama cada día a su mamá. Teme también que la policía vaya a buscarla por hablar con la prensa.

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