Alfredo M. Cepero, noviembre 30

La Secretaria de Estado de España para Ibero-América, Trinidad Jiménez, anduvo por Miami esta semana ostensiblemente para explicar al exilio cubano lo que la funcionaria calificó de "interpretaciones erróneas" sobre la política española hacia el Gobierno de Cuba. El objetivo declarado por esta dama, así como por muchos de aquellos que la han precedido en el cargo, es mostrar a los diplomáticos españoles como interlocutores en la solución del drama nacional cubano. El objetivo real e inmediato es preservar más allá de la desaparición inminente de la tiranía la situación de privilegio de las empresas españolas asociadas a la mafia encabezada por los hermanos Castro. Siguiendo con la realidad y en honor a la verdad, la política promovida por la funcionaria española no comenzó con el gobierno que ella representa.

Desde Francisco Franco y Juan Carlos Primero como Jefes de Estado hasta Adolfo Suárez , Felipe González, José María Aznar y José Luís Rodríguez-Zapatero como Presidentes del Gobierno la política uniforme e invariable de España en este casi medio siglo ha sido reconquistar la colonia que perdieron en nuestra Guerra de Independencia.

Por lo tanto, para nosotros los cubanos la cuestión no es emocional, ni personal y ni siquiera partidista sino de soberanía nacional. No es material sino moral. No es de venganza sino de justicia. Porque tanto los socialistas como los populares han servido de "celestinas" a empresarios españoles que han esclavizado a los obreros cubanos y, de paso, contribuido a crear condiciones oprobiosas donde vejetes lujuriosos pagan precios de miseria por la carne fresca de hambreadas y desesperadas jóvenes cubanas. Y cuando la prostitución pasa de opción a acto de desesperación la ofensa se convierte en una afrenta nacional que sólo puede ser reparada con una justicia sin excepciones y sin contemplaciones.

En tal sentido, que no sueñen ni el gobierno ni las empresas españolas que a la caída de la tiranía veremos una versión repetida de la ignominia resultante de la Conferencia de Paris que puso fín a la Guerra Hispano-Cubano-Americana. En aquella oportunidad, Madrid y Washington se pusieron de acuerdo para excluir a los cubanos de las negociaciones, garantizar la integridad de los negocios y propiedades españolas en la Isla que se habían alineado con la Metrópolis y, por consiguiente, privar al nuevo gobierno del capital necesario para crear fuentes de trabajo en un país arruinado por una guerra de mas de treinta años. Esta vez los cubanos no sólo estamos alerta sino contamos con un exilio próspero que arde en deseos de contribuir a la reconstrucción de la patria, así como con una población fogueada por medio siglo de horrores indescriptibles y con un nivel educativo y cultural muy superior al de nuestros antepasados de 1902.

Esta vez de nada les valdrán los cuentos ni las componendas a quienes han lucrado con nuestra desgracia. Porque creer a estas alturas en cuentos españoles sería tan infantil como creer en cuentos chinos, con perdón de los chinos ninguno de los cuales fue jamás guerrillero. ¿Quiere esto decir que el futuro gobierno de una Cuba democrática debe excluir a España de la lista de nuestros socios internacionales? De ninguna manera. Si excluimos de esa lista a todos los que han lucrado o mostrado indiferencia ante nuestra tragedia nos quedaríamos literalmente solos. Lo que quiere decir es que no vamos a aceptar como excusas simples gestos de apaciguamiento para llegar a un "borrón y cuenta nueva" que haría una gigantesca injusticia al pueblo de Cuba . Si el Rey Juan Carlos, Zapatero, Moratinos, Trinidad Jiménez y toda la cuadrilla que rompe lanzas en defensa de las empresas españolas en Cuba quieren de verdad arreglar este entuerto deben decirle a Meliá y compañía que abran sus chequeras para compensar los daños materiales causados a los obreros cubanos. Y ni hablar de los daños morales que superarían con creces los miles de millones de dólares por concepto de salarios adeudados a los obreros cubanos. Después se podría entrar a definir nuestra futura relación con España.

Y otra mala noticia para los actuales negociadores españoles. Ni los líderes del exilio con los cuales se reunieron ni los de la oposición interna con los cuales es altamente probable que se reunan cuentan con la potestad ni la autoridad para pactar a nombre del pueblo de Cuba . De esa potestad y esa autoridad estará investido únicamente un gobierno cubano democráticamente elegido. Y esa, señores de la diplomacia y la contumacia españolas, es la pregunta para la que nadie tiene respuesta en estos momentos. Por lo tanto, no tienen otra alternativa que mantener una amplia flexibilidad en sus opciones y prepararse a negociar en esta oportunidad respetando la dignidad del pueblo de Cuba . De lo que no cabe dudas es de que ya se vislumbra en el horizonte cercano la gran fiesta de libertad y democracia del pueblo cubano. Ustedes, con esta movida, han tratado de adelantarse a los acontecimientos para reducir sus daños y ser bien recibidos en esta fiesta. Lo cierto es que los cubanos, aunque seguimos siendo generosos y alegres, hemos dejado atrás la inocencia en el doloroso camino de este largo calvario, al cual ustedes han contribuido con su avaricia y su insensibilidad. De ahí que, aunque no hemos perdido la capacidad para el perdón, no estamos inclinados a olvidar agravios ni aceptar injusticias. Ustedes han llegado tarde a la fiesta y como tales, antes de entrar, se impone un justo e inaplazable ajuste de cuentas.

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España: Llegaron tarde a la fiesta