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mitos y lugares comunes, nos llega desde la Península Ibérica y el otro es el reciente aborto literario de un marxista sudamericano, uno de cuyos disparates anteriores diseccionó profusamente esta columna hace algunos meses. En esa oportunidad fui “contestado” por su hija, quien aparte de dedicarme un muy inmerecido insulto, no fue capaz de corregir ni una sola de mis citas históricas, pero sí el detalle inconsecuente de la nacionalidad de su padre. El insulto barato es el refugio vulgar de quienes carecen de argumentos.

El primer artículo a que me refiero, cuya fecha exacta no tuve oportunidad de verificar, apareció en la versión electrónica del periódico español “El País” y se refiere a la presente intrincada situación política de Cuba, la incertidumbre que la caracteriza y su reflejo en la vida diaria de españoles residentes de la Isla y descendientes inmediatos, incluyendo aquéllos que optaran por la ciudadanía cubana. Su autor, Juan Jesús Aznárez, hace un esfuerzo decente por la objetividad histórica, pero pierde la brújula en el proceso.

En el cuarto párrafo, Aznárez escribe literalmente: “La decadente metrópoli, política y militarmente inestable, reforzó las guarniciones que batallaban contra los machetes de la negritud y la revancha ,…” Estos renglones son reminiscentes del Presidente de las Cortes Antonio Cánovas, gran responsable del genocidio que aplicado por su subalterno Valeriano Weyler, aniquilara por lo menos a 300,000 cubanos “pacíficos”. Dijo Cánovas: “…si llegaran los Estados Unidos a tomar partido en favor de los negros de Cuba sabríamos hacer respetar nuestros derechos… con tanta intrepidez como sangre fría. …España… no tolerará ninguna concesión, ninguna debilidad, ninguna abdicación”.

¿A qué “negritud y revancha” alude Aznárez? Todos los proyectos independentistas propugnaban una república independiente y soberana, con igualdad individual de derechos sin importar las diferencias de razas. Ese ideal era universalmente perseguido por todos los jefes insurrectos incluso desde la rebelión de 1868 y proclamado en nuestra primera Constitución de 1869. Imagino que Aznárez quizás se sintiera muy complacido con el malhadado acuerdo de París, que permitiera a incontables criminales regresar a España sin problemas ni temor a la justicia (no a la “revancha”).

El periodista español parece hacer referencia a la realidad histórica cuando al comienzo del mismo párrafo afirma que “…la tea independentista prendió de nuevo en el año 1895 en una isla definitivamente insurrecta (la negrilla es mía) . Pero acto seguido vuelve a casarse con la fantasía al afirmar que antes de la intervención norteamericana “…el acero de Toledo aguantaba el hierro mambí”. ¿De veras? ¿Dónde? ¿Sería en las “trochas” que Gómez y Maceo atravesaban sin problemas? ¿Sería durante la ofensiva del 95, cuando ambos jefes insurrectos al mando de menos de 20,000 efectivos y separados en tres columnas, atravesaran la isla de un extremo al otro en 92 días, enfrentándose a una fuerza colonial superior a 200,000 soldados y auxiliares?

No sólo la “Revista Militar” de Bruselas, en los primeros meses de 1896 afimara que “En esta marcha triunfal de Oriente a Occidente los cubanos han trastornado de una manera radical y completa el orden natural de la guerra moderna”, sino que al final de esa ofensiva y a causa de la misma, la Isla yacía arruinada, cubierta de cenizas. La colonia cubana ya representaba grandes pérdidas netas para Madrid, objetivo ambicionado por el genio militar de Gómez.

La realidad es que cuando el Maine explota en la bahía habanera, aunque los colores españoles aún ondearan en el Morro, para todos los efectos prácticos España ya ha perdido la guerra. Eso en 1898 lo sabían tanto en Washington como en Madrid. Este último acepta las hostilidades con los “gringos” y la segunda humillante derrota, supuestamente para “salvar la honra de España” y realmente sólo para salvar la Corona. Y esta última no valía ni una gota de sangre cubana, americana o española. También para negarle a los cubanos la victoria y con ella la independencia por la que que habían luchado con denuedo desde 1851.

El renglón final de ese desdichado párrafo es el más ridículo (y el más venenoso): “Cuba se convirtió constitucionalmente en protectorado, abastecedor y balneario norteamericano hasta el triunfo de la revolución de Fidel Castro, en enero de 1959 (la negrilla es mía). Sabemos que la Constitución de 1901 aceptaba vergonzosamente una vital merma de nuestra soberanía nacional. Pero aquéllos que no reconozcan que esa malhadada enmienda fue abrogada mutuamente en 1934, son, o bien completamente ignorantes de la historia de Cuba, o impúdicos mentirosos. ¿A qué grupo pertenece Aznárez? Apuesto por el primero, para darle el beneficio de la duda.

El otro trabajo está firmado por el colombiano Omar Ospina García (quien vive en Ecuador) y para reforzar la abrumadora redundancia de todo cuanto este señor escribe, lo titula “El nuevo hombre nuevo”. El primer párrafo es literalmente así: “En Bolivia, allí donde murió el hombre y empezó el mito que ni la maledicencia, ni la calumnia, ni el miedo a los cambios, ni la ruindad han podido destruir…” (la itálica es mía).

La primera definición de la palabra mito es “relato fantástico”. Su antónimo es por consiguiente “realidad”. Aunque yo conocí en persona (para mi gran suerte, muy brevemente) al “hombre” que murió en Bolivia y al que obviamente se refiere el señor Ospina García, no voy a utilizar mi experiencia personal en su descripción. Solamente esa “realidad”, que es antónimo de “mito” y que a diferencia de este último puede ser verificada por toda persona honesta y deseosa de adquirir información objetiva.

La biografía de Ernesto Guevara, puede, objetivamente, resumirse así: Argentino de clase media. Asmático. No hay evidencia que se graduara de estudios universitarios y nunca practicó la profesión que le atribuye La Habana. No se le conoce resistencia contra el derrocamiento del gobierno guatemalteco en 1954. Trabaja de fotógrafo en México al conocer a Castro. Desembarca en Cuba en diciembre de 1956. Sobrevive con Castro el primer encuentro. En 1958 Castro compra su paso por Camagüey. Su grupo es de 100 hombres. 1,500 soldados le dan paso sin disparar un tiro. Utiliza idéntico soborno en la llamada “batalla” de Santa Clara. Se golpea una mano al caer y aparece en fotos con el brazo en cabestrillo. Castro lo nombra jefe de la Fortaleza de La Cabaña en La Habana. Actúa como verdugo oficial y hace abrir una ventana de su oficina al foso de las ejecuciones para contemplarlas. Los fusilados durante su tiempo son 700 de acuerdo al régimen y casi 2000 según otros. Es consecutivamente Ministro de Industrias y Presidente del Banco Nacional de Cuba al mismo tiempo que la economía se desploma y el peso pierde todo su valor mercantil. Se rumoran desavenencias con Castro. Habla ante la ONU y visita varios países orientales y africanos. Al regreso de sus viajes desaparece de la vista pública. Aparece en El Congo dirigiendo una guerrilla que oficialmente obedece a Laurent Kabila. El grupo es aplastado cerca del Lago Tangañica, por lo que Guevara apenas escapa. Reaparece en Bolivia con nueva guerrilla. Durante la segunda semana de octubre de 1967 es capturado sin hacer resistencia. Al día siguiente es ejecutado por orden de La Paz. De acuerdo a su captor (el Capitán Gary Prado, hoy General en retiro y quien escribiera un libro sobre la captura de Guevara) tenía en su poder al rendirse una pistola con el cargador totalmente lleno.

En el párrafo anterior no hay “maledicencias, calumnias, miedo a cambios o ruindad”, sólo el record histórico de Ernesto Guevara, alias “Ché”, sin melodrama ni adjetivos rimbombantes.

El resto del artículo de Ospina García se reduce a reproducir las opiniones de un “filósofo italiano” llamado Antonio Negri, tan adversas a la realidad meridiana que confundirían a Aristóteles. Termino este trabajo con una de ellas, para que el amigo lector las interprete (caso que tenga la paciencia y el tiempo de los que no dispongo).

Olvídense de la sintaxis y apriétense el “seat belt”: “El hombre nuevo es ahora, porque es un hombre nuevo social, y necesitamos invertir en la sociedad, en la cultura, en el saber y en la construcción del sistema social para producir. La productividad nace del nivel general de cultura de un país, de la cooperación, de la asistencia, del servicio” .

 

 

 

Hugo J. Byrne, Los Angeles, agosto 29

DE NUEVO A LA LID

 

 

 

 

 

 

 

 

Recién llegado de un brevisímo descanso en el paraíso terrenal que es Kauai (La isla más septentrional del Archipiélago Hawaiano), me preocupaba por encontrar tema a mi regreso: soberana tontería. La tarea era simplemente escoger entre la diversidad de oportunidades que la temática cotidiana presenta para avanzar la causa de la libertad. La variedad es considerable.

Desde el tema de la caricatura racista de Oliphant en el notoriamente anticubano The Washington Post (que el Profesor Antonio de la Cova ya cubriera con la sólida y elegante prosa inglesa a que nos tiene acostumbrados), hasta la renuncia de Alberto González, Secretario de Justicia de los Estados Unidos (por quien los cubanos libres no derramaremos ni una lágrima), pasando por el sempiterno y aburridísimo tema sobre si “Fifo” vive aún o es fiambre, sobran los motivos. Hoy quiero analizar dos de los trabajos que cotidianamente sufrimos en la prensa de habla hispana.

Uno de esos dos ensayos que aunque intenta seriedad contiene