PORTADA
CONDICIONES DE USO
CONTACTOS
CORREO

Apreciar la realidad de un universo insondable comparado a las limitaciones de la existencia humana, podría quizás ser una buena inmunización a la arrogancia.

Por supuesto, para vacunarse de pasiones irracionales es imprescindible el ejercicio intelectual. ¿Alguien se imagina a Hitler, Chávez, o a Castro, contemplando filosóficamente el universo?

Hitler consultaba un astrólogo. Quizás en su rudimentaria educación confundiera astronomía con astrología.

Por su parte Fifo, quien recibiera una educación superior aunque jesuíta y con el enorme complejo de inferioridad de un bastardo alimentando su no menos formidable ego, estaba condenado a la arrogancia. Todas sus biografías, incluyendo las laudatorias, por lo menos sugieren esa condición. Es una ironía del destino que en el ocaso de su vida, este gran histrión de la tragedia heroica se vea obligado a esconderse, delegando la presunta elocuencia con que siempre disfrazara su absolutismo estalinista en un alcohólico, opaco y tentativo hermano.

“La China” es incapaz de una idea propia. Sólo puede apenas leer ante el micrófono un discurso escrito por algún secretario.

Estos caudillos de las utopías ruinosas y esclavizantes pueden explicarse racionalmente por qué disfrutan grandes privilegios en el sistema de vida impuesto a las sociedades que logran temporalmente conquistar. Hasta cierto punto esos privilegios pueden también explicar a sus eunucos cortesanos. Pero, ¿cuál sería la excusa en el concurso de aquéllos entre la mísera masa de ignorantes seguidores que serán irremisiblemente condenados a rebaño abusado y explotado?

Una dama presunta crítica de mi columna recientemente me advirtió que el número de los analfabetos “snobs” de la izquierda hispanoamericana va en aumento. Quizás se refiriera a la elecciones minoritarias del cocalero Evo Morales a la presidencia de Bolivia (quien recientemente se viera forzado a una ignominiosa retirada ante el diluvio de piedras que le lanzaban algunos de sus compatriotas indígenas descontentos con su mandato), o a la del pedófilo Daniel Ortega en Nicaragua, quien apenas pudo ganar con la asistencia del rechoncho bandido Arnoldo Alemán.

Esos avances de la utopía soberbia, lejos de contradecir mis argumentos, los prueban: dice el viejo refrán español que el mal de muchos es el consuelo de los tontos y América hispana, para llegar a constituir una sociedad viable tiene que cesar de producir en serie a estos últimos.

Muchos déspotas son originalmente muy populares y más de uno ha sido electo democráticamente. Poseedor de un intelecto un millón de años luz superior al de Chávez, el dictador Gerardo Machado fue electo abrumadoramente en la boleta Liberal de 1925. Durante sus primeros cuatro años fue el gobernante más genuínamente popular que tuvo Cuba. Un líder menos arrogante no habría procurado reelección y prórroga de poderes en medio de una crisis económica severa.

Parafraseando a Luis XV, Machado adecuadamente sentenció: “Después de mí, el diluvio”. El “Egregio” se vio obligado a la fuga el 12 de agosto de 1933, dejando atrás una secuela caótica que culminara en el desastre del 10 de marzo de 1952 y el aún peor primero de enero de 1959.

Chávez, quien no ha mejorado en un ápice el nivel de vida de los venezolanos, durará mientras pueda vender el 60% de su crudo a Estados Unidos a precios como los actuales. Cuando la venta de petróleo decrezca, no le arriendo la ganacia.

Cuando el socialismo compulsivo depende de la aprobación de la gente para llegar al poder, su popularidad se esfuma. Tomemos como ejemplo la ignominiosa historia del Partido Comunista Francés que al final de la Segunda Guerra Mundial comandaba casi el 30 porciento del voto popular.

Controlando el movimiento laboral y casi todos los sindicatos, el real milagro es que los comunistas galos no hubieran alcanzado el poder en ese momento histórico. Durante la Cuarta República eran la mayor fuerza política de Francia y su representación en La Asamblea Nacional (obediente servil de las órdenes de Moscú) era el bloque parlamentario mayor.

En la Quinta República perdieron algún terreno, en especial después de haber fracasado en tomar el poder por medio de una masiva revolución popular. Al desplome soviético, contrastando con la retirada de los partidos comunistas en Italia y España, los comunistas franceses perseveraron en su ortodoxia contra viento y marea. Ni siquiera el pedestal que les brindara el gobierno socialista de François Miterrand les dio oxígeno. Su declinación fue paulatina, pero segura.

El estado “welfare” creado por Miterrand, la semana de 35 horas establecida por Chirac y el intento de asimilación masiva de inmigrantes de antiguas colonias por ambos sucesivos gobiernos ha creado gran malestar social, disminución de productividad y merma en calidad vital.

En el 2006 motines de origen izquierdista asolaron Paris y otras ciudades importantes. Cientos de edificios y miles de autos fueron pasto de las llamas, perdiéndose cientos de millones.

Hace dos meses un candidato conservador con un programa de estímulo a la iniciativa privada, aumento de productividad y orden público fue electo presidente con el 53% en la primera vuelta. El partido del Presidente Nicolas Sarkozy, parece destinado a ganar más de 450 escaños en las elecciones parlamentarias para una Asamblea Nacional de 577 diputados. Algunos izquierdistas protestan que tal dominación por un solo partido; “haría peligrar la democracia”. ¿En qué quedamos? ¿Manda o nó la mayoría?

El Presidente francés Nicolás Sarkozy al centro

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras tanto, ¿dónde se escondieron los antaño poderosos comunistas franceses? En las elecciones presidenciales obtuvieron menos del 2% del voto popular . El Partido tenía 86 escaños a fines de los años 70. Al presente tiene 21. Entre hoy y la segunda ronda de votación del domingo próximo, con mucha suerte conservará 10 . ¿Futuro socialista para Francia? ¡Ja!

Hugo J. Byrne, Los Angeles, junio 16

LA FABULA ARROGANTE DE LA IZQUIERDA

 

 

 

 

 

 

 

 

Leí hace días un e-mail interesante. Entre las decenas que recibe diariamente mi ordenador y los que en su mayoría borro sin leer, encontré uno cuyo título despertó mi curiosidad.

El contenido no me defraudó. Se trataba de una gráfica comparativa entre la tierra, su satélite la luna, otros planetas de nuestro sistema solar y las estrellas de sistemas vecinos, algunas de las cuales podemos observar en noches claras y apreciar por telescopio. Cada cuerpo espacial estaba representado por una esfera de diámetro proporcional a la anterior y en secuencia ascendente. Al llegar a estrellas mayores que el centro de nuestro sistema, la comparación entre ellas y nuestro sol, era como la que podría establecerse entre un melón de Castilla y un guisante. En esa escala, el planeta en que vivimos no aparecía, pues ni siquiera habría podido representarse por un punto.

Con la excepción de una película que Hollywood produjera en los años cincuenta, “The Incredible Shrinking Man”, “ciencia-ficción” de cuando la industria cinematográfica carecía de las fraudulentas y tontas piruetas infantiles de Spielberg pero era capaz de hacernos pensar, pocas impresiones como el contenido de ese mensaje sugieren la reflexión de nuestra insignificancia.