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su visión genial de lo que debe ser Cuba, sino de lo que inexorablemente llegará a ser algún día no lejano.

Familiarizarnos con la extraordinaria biografía de individuos como Aguilera y Céspedes, Mármol y Figueredo, Zambrana y Agramonte, analizar tanto su pensamiento como su conducta vertical en la consecución de un noble modelo social y económico, antípoda de cuanto representaba entonces la bárbara burocracia colonial (la misma que impone hoy el castrismo), equivale a aprender cubanía. No en balde los totalitarios que esclavizan a Cuba desde 1959 trataran en un principio de “reeditar” la historia, presentando a los jefes insurrectos del 68 como mezquinos terratenientes en defensa de su peculio por sobre el interés nacional. Ese esfuerzo totalitario por caricaturizar negativamente el patriotismo de quienes forjaran nuestra nacionalidad fue parcialmente abandonado por la docencia castrista más tarde, al comprobar que era contraproducente a sus fines.

Sin embargo, los infiltrados protocastristas de aquí, réprobos morales todos y dignos herederos políticos del integrismo, se amparan en libertades y derechos que desprecian y que derogarían si pudieran, para atacar insidiosamente al exilio militante con argumentos de significativa similitud a los usados por los gacetilleros coloniales de La Habana y Madrid contra los exiliados de 1878. Entonces, los cubanos militantes de la independencia que marcharon al destierro fueron declarados perdedores en la guerra, sus propiedades confiscadas, sus expresiones y actividades denunciadas como antipatrióticas y delictivas y su mera existencia escarnecida como absurda y estéril. ¿Alguna semejanza con el presente, amigo lector?

 

EL ESPIRITU DEL 68

Febrero 14

Hugo J. Byrne, Los Angeles

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A veces cuando me hastío de golpear el “keyboard” electrónico (un sentimiento que a veces asalta a todo aquel que escribe), o de leer algún tema de escaso interés, me dedico a consultar la historia. Indagar algún dato en “la Red” o en la enciclopedia más cercana puede a veces también producir aburrimiento cuando se hace forzado por los estrechos límites de tiempo requeridos para poner “on line” una columna semanal.

Sin embargo, cuando la pregunta responde a un espontáneo reclamo intelectual, la consulta se convierte (para mí) en un goce extraordinario. Me brinda oportunidad de releer algunas materias que casi puedo memorizar, pero cuyo repaso entraña gran satisfacción. Entre esas incursiones en el pasado, ninguna se aproxima en deleite al drama del primer gran esfuerzo cubano por alcanzar la independencia.

Lo más impresionante en el estudio del proceder heroico de nuestros fundadores durante esos años que precedieran a nuestro amanecer como nación, no es sólo que demostraran la naturaleza de las raíces económicas liberales de nuestra independencia, sino la enorme convicción de carácter con la que enfrentaran el final insatisfactorio de la contienda y optaran por el exilio como medio, nunca como fin. Los próceres de la Guerra Grande sentaron la pauta, no sólo de