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convicción mesiánica de que representaba la única verdadera civilización del universo. Los cartagineses constituían el obstáculo primordial a esas ambiciones. Roma era una potencia agresiva, militarista y expansionista. Cartago, por el contrario, esencialmente un enclave comercial, aspirando al acomodamiento y la supervivencia. El propósito romano de destruir físicamente al enemigo nunca fue un secreto. Roma triunfó a la postre. El Imperio Romano desapareció con el tiempo, aunque no sus descendientes, pero de la antigua Cartago sólo quedaron ruinas.

De entre la correspondencia recibida en respuesta a mi última columna se destaca la de tres lectores a quienes nunca he tenido el honor de conocer en persona, pero quienes gracias a la magia del Internet (que por supuesto NO debemos a la inventiva de Al Gore), tengo hoy el honor de llamar verdaderos amigos, pues he comunicado con ellos por este medio durante años.

Estos tres buenos cubanos son Jorge Maspóns, Alberto Gutiérrez y Jesús Noda. Maspóns es un veterano que sirviera corajuda y honorablemente la causa de la libertad en Viet Nam y el que también contribuye al “Net” con notable material histórico-militar. Graduado de la Academia Naval de Mariel, Gutiérrez es un antiguo Oficial de la Marina Mercante cubana, ex estudiante de leyes, docto investigador de Historia y también contribuyente de la Red. Noda es un cubano exiliado excepcional, quien siempre se mantiene en constante pie de lucha, polemizando con el enemigo y distribuyendo muy eficientemente material de Cuba libre.

No escogí esos mensajes para comentarlos por causas subjetivas o porque las opiniones que expresaban fueran similares a las mías. En realidad, como se verá, difiero con ellos en algunos temas. Comento hoy sus puntos de vista porque fueron expuestos honrada e inteligentemente y porque son merecedores de ello al implicar una legítima preocupación por las amenazas que enfrentan nuestras libertades y supervivencia.

Alberto Gutiérrez me informa que muy posiblemente la mayoría de los bombarderos británicos que atacaron Hamburgo durante diez noches consecutivas empezando en julio 24 de 1943 eran Avro Lancasters y nó los más viejos Short Sterlings. Probablemente tenga razón, aunque seguramente ambos estuvieron presentes en la misión, junto al Handle Page Halifax II y otros, ya que las incursiones totalizaban más de 700 bombarderos por noche y es improbable que la RAF pudiera concentrar tantos Lancasters en una sola misión de tal magnitud.

Le aclaro a Jesús Noda que cité a Hamburgo como ejemplo de bombardeo de terrorismo, no porque fuera el primer gran bombardeo sobre Alemania (el primero fue en Colonia, también por los británicos, la noche del 30 de mayo de 1942, participando 1,046 bombarderos de todos los tipos), sino porque fue el que más víctimas causara. Las bombas incendiarias, al mezclarse con los incendios todavía por apagar de las noches anteriores, crearon tormentas de fuego de hasta 150 millas por hora al subir la temperatura en exceso de 1,800 grados Farenheit. Mas de 50,000 personas perecieron, muchas instantáneamente al desinflarse sus pulmones, víctimas de súbita falta de oxígeno. Esa cifra supera la de todas las bajas civiles causadas por la “blitz” nazi en Gran Bretaña durante toda la guerra. En la historia local, la tragedia de Hamburgo es todavía conocida como “Die Katastrophe” .

Le aseguro a Gutiérrez que la masacre de derviches en Ondurman no fue un evento fortuito. Al Sirdar no “se le fue la mano”. No era tampoco su interés la revancha por la toma de Kartum y el asesinato de Gordon Pasha y su guarnición anglo-egipcia. Estos últimos tuvieron al menos la oportunidad de “abrazar la verdadera fe, o morir”. Al no tomar prisioneros el jefe británico deseaba sembrar el temor de Dios entre los seguidores del Kalifa, a quien también eliminó: tuvo éxito. Quien piense que el terrorismo no funciona vive en fantasía. Aún aquellos quienes son capaces de inmolarse para aterrorizar a la sociedad que los circunda, lo piensan dos veces cuando ven a sus familiares en la picota. Cuando dos agentes soviéticos fueron secuestrados por terroristas musulmanes en el Líbano hace un par de décadas, la KGB secuestró a la famila entera de uno de los principales jefes musulmanes. Dos semanas después de recibir este último una cajita conteniendo una de las orejas de su hermano, la pareja de agentes regresó calladamente a Moscú. Mientras no seamos capaces de ese tipo de táctica (inconcebible a nuestra civilización) estaremos en desventaja. Como reza el viejo refrán español, “cuando la candela es brava no hay carapacho duro”. Kitchener en Ondurman simplemente habló el único idioma que entiende el fanatismo.

Maspóns en su mensaje me describe sus duras experiencias en combate. A Dios gracias nunca he participado de una guerra formal, sin embargo desgraciadamente hace muchos años me encontré en situaciones que podían incluir violencia letal. Para Jorge, cristiano practicante (quien hacía fuego nocturno en Vietnam contra los movimientos enemigos), es una gran suerte no saber si matara con su M-60 a algún VC o regular de Vietnam del Norte.

El sorprendente denominador común en los tres mensajes de mis tres amigos, quienes en toda probabilidad no se conocen unos a otros, es su preocupación por lo que ven como una posible conspiración coartando nuestra libertad individualidad y derechos ciudadanos. Esta coincidencia de opiniones sugiere un problema muy real.

No cabe duda que objetivamente enfrentamos ciertas condiciones de dudosa legalidad. A raíz del ataque del 11 de septiembre del 2001, escribí un ensayo en inglés exhortando al Ejecutivo a declarar formalmente la guerra contra los agresores. Se publicó precisamente el día antes de la Sesión Congresional Conjunta en la que el Presidente hiciera declaraciones denunciando a quienes dan refugio y ayuda a terroristas. Sin recabar aprobación congresional (la que sin duda habría recibido abrumadoramente), el Presidente declaró un estado de guerra “contra el terrorismo”.

Una guerra de Norteamérica contra terroristas sería tan justa como legal. Ciudadanos inocentes fueron atacados por terroristas en Estados Unidos con un saldo de más de 3.000 muertos. Sin embargo, una guerra “contra el terrorismo” es sólo una frase vacía y retórica, carente de legalidad o significado. Equivale a declararle la guerra a la fealdad o a la estupidez.

Eso no debe ser motivo para que los amables lectores asuman que no estemos en guerra. Que nadie se llame a engaño. Estamos en medio de una guerra mortal y no declarada contra nuestra civilización, nuestro modo de vida y potencialmente contra nuestra existencia física, por parte del Mundo Islámico y sus aliados seculares. Esas fuerzas malignas abarcan casi la quinta parte de la humanidad (y están creciendo).

Esa guerra empezó muchos años antes de los sucesos del 11 de septiembre del 2001. En este contexto existe una sola manera teórica de salvar la cabeza si es que somos derrotados: convertirnos al Islamismo o… al socialismo “del siglo XXI” ¿Cuál sería la diferencia? ¿Alguien desea encarar esa opción? Hace mucho tiempo decidí morir antes que ser esclavo.

Es por eso que no existe alternativa a la victoria y que ésta sólo se alcanza utilizando más violencia que el enemigo. Castro prevaleció por la violencia y por ella se mantiene. La reciente violenta y sangrienta revuelta en una prisión de Castrolandia, sugiere que quizás el régimen ha perdido su monopolio de ella.

A quienes como los cubanos exiliados conocemos de primera mano la maldad intrínseca de toda agenda mesiánica, no debe sorprendernos la coincidencia de estos ejes del mal. No existe una sola conspiración sino muchas, aunque similares. Sin embargo, coinciden en sus innobles objetivos inmediatos. Para combatirlas efectivamente, dentro de nuestras posibilidades estamos haciendo precisamente lo adecuado y lo estamos haciendo desde el único baluarte a nuestra disposición. Mantengamos la pólvora seca.

 

DE LA VIOLENCIA, EL TERRORISMO Y LAS CONSPIRACIONES

Febrero 14

Hugo J. Byrne, Los Angeles

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sabemos que en las Guerras Púnicas, Cartago solamente deseaba mantener intactos sus énclaves comerciales en la ribera norte de Africa y sur de la Europa Mediterránea. Roma por el contrario, aspiraba al dominio absoluto del “Mare Nostrum”, en su

“La mitad de los posibles problemas que te agobian nunca ocurren. La otra mitad está completamete fuera de tu control. Entonces, ¿para qué agobiarte?”. Consejo frecuente de mi padre.

Por supuesto, agobiarse es una cosa, otra muy distinta es prudentemente preparase para lo probable, lo posible y aún lo imprevisto, advertencia que obtenía de mi padre con la misma exacta frecuencia. Hago esas consideraciones al analizar la nutrida y excelente correspondencia electrónica que provocara mi columna anterior, que titulé quizás algo pomposamente “Voluntad para la Victoria”. La tesis de ese trabajo era que una vez que la violencia se desata y especialmente cuando degenera en guerra generalizada, el victorioso es aquél capaz de aplicar la primera en mayor medida que el enemigo. El apaciguamiento del agresor (que proponía en ese ensayo y sostengo en éste), es casi siempre conducente a la guerra en desventaja. A su vez, la guerra en desventaja con abundante frecuencia implica derrota. Y al final de ese camino, la Historia nos demuestra como la derrota ante enemigos imbuídos de una agenda fanática, culmina en la destrucción del derrotado. ¿Quién puede ignorar sin riesgo las lecciones de la Historia?