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residencia permanente en su país de origen bajo el régimen de sus simpatías. Esa mudada habría implicado renunciar totalmente a un sistema de vida muy cómodo y a un considerable ingreso, legítimo producto de inversiones muy capitalistas .

“¡Esa nación debería desaparecer del planeta!”. La increíble declaración, más originada en irreflexiva verborrea que en genuíno odio, concernía a Alemania, país que no recuerdo por qué motivo surgiera en nuestra conversación. Nuestras tertulias degeneraban siempre en reñidas discusiones que a veces se tornaban amargas.

No creo necesario anotar que la señora se refería al estado nazi, no a la nación alemana. Cuando traté de establecer esa distinción con ella, ya que el llamado “Tercer Imperio” había desaparecido más de 15 años antes entre los escombros humeantes del Berlín de 1945, me percaté de que mi interlocutora no era capaz de entenderla.

El odio y especialmente la irracionalidad en el odio , tiene profundas raíces en la ignorancia. Los alemanes, quienes en los años veinte y treinta del siglo pasado le otorgaran a los nazis suficiente pluralidad democrática para que éstos fueran capaces de establecer uno de los sistemas totalitarios más opresivos y sangrientos de esa era, indiscutiblemente padecían de ignorancia política. Los propios nazis eran un rebaño cerril, pero sumisamente leal a su mandón, Hitler. Este último era también un individuo de escasa educación y evidentísima ignorancia en temas íntimamente relacionados a las trágicas acciones en que eventualmente involucraría a su país.

La intolerancia de los medios publicitarios hacia los cubanos exiliados en general y en particular el odio hacia aquellos que mantienen activa nuestra causa es, en exceso de un noventa por ciento, producto de ignorancia supina. Si ahondamos ligeramente bajo la superficie nos encontraremos que esa ignorancia es la base principal de su absurdo catecismo político. Muy recientemente y como directa consecuencia de los rumores sobre la muerte inminente del Tirano, una reportera local me llamó para obtener mi dirección, con el objeto de una posible entrevista. La mencionada “interview” se realizaría en la oportunidad de materializarse el tan deseado evento.

La periodista me dijo que desearía poder contrastar mis opiniones de esa ocasión con las del “consulado cubano local” , para lo cual me preguntó si yo le podía proporcionar la dirección y el teléfono del mismo. Con infinita paciencia y apenas conteniendo la risa le comuniqué que Castrolandia y Estados Unidos no tenían relaciones diplomáticas formales desde 1961 y que en consecuencia, un “consulado cubano local” no podría existir. Pareció quedar satisfecha con mi respuesta, aunque quién sabe…

El argumento central de nuestros críticos en la prensa norteamericana es que somos un grupo resentido y por consiguiente dominado por el odio hacia Castro y su régimen. Esta animosidad de los medios de comunicación norteamericanos contra los cubanos libres llegó a su clímax durante los suscesos que culminaran en la repatriación del niño náufrago Elián González, quien desde entonces (tal como lo denunciara en esa ocasión el exilio cubano), no ha sido otra cosa que una mascota más en la propaganda del régimen castrista.

De acuerdo a esta peregrina teoría de la llamada prensa liberal, somos los exiliados quienes estamos todos llenos de odio y ese odio se refleja en todas y cada una de nuestras acciones. Muy especialmente cuando evocamos actos violentos contra el régimen de La Habana. Perdido en esa lógica del absurdo es el hecho histórico indiscutible de que el régimen de La Habana fue impuesto por la violencia y que desde hace más de 48 años se mantiene en virtud de la misma .

De acuerdo esa lógica de la sinrazón, es la víctima y nó el victimario quien realmente es responsable por el crimen. Se trata de la quintaesencia de la irracionalidad esgrimida como justificación al odio. Odio gratuito e injustificable.

 

LA IRRACIONALIDAD EN EL ODIO

Enero 31

Hugo J. Byrne, Los Angeles

 

Hace más de cuatro décadas, cuando recién llegado a California establecía mis primeras relaciones sociales en esa área, recuerdo con incredulidad algo chocante que dijera una persona en mi entorno. Se trataba de una joven de origen cubano, madre de dos pequeños hijos. El matrimonio había emigrado de Cuba antes de 1959 y aunque quizás por bondad o cortesía demostraba un cierto grado de solidaridad hacia los nuevos emigrantes políticos, una relación más cercana encontraba la reticencia proverbial que exhibían algunos entre los que nunca se habían visto personalmente en

la necesidad de encarar las “bondades” del sistema impuesto por Fifo y sus cómplices. La tendencia era, si nó hacia la total aprobación del castrato, por lo menos hacia una parcial justificación.

Es importante enfatizar la palabra “algunos”, pues conozco inmigrantes de los años cincuenta que demostraran genuino entendimiento de la tragedia cubana y amor por la patria, algunos al extremo de jugarse la vida en el malogrado esfuerzo de Bahía de Cochinos. Siempre es obtuso generalizar, pero muy especialmente hacerlo sobre una comunidad tan pequeña como la colonia cubana en Estados Unidos antes de 1959. Esos cónyuges eventualmente se divorciarían y la señora de mi historia se convertiría con el paso del tiempo, de “liberal” (en su espúrea definición norteamericana) en “socialista”, visitando Castrolandia periódicamente, aunque nunca estableciendo