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BODAS DE SANGRE ROJA

Por Hugo J. Byrne, Los Angeles, California

La idea lunática de que es posible o deseable un entendimiento con quienes detenten una cierta medida de poder dentro de las estructuras del régimen “fifista” para “concretar un cambio político en Cuba”, se origina en la más crasa ignorancia. Recordemos que el peor de los ignorantes es quien ignora que lo es. Tampoco podemos olvidar que, infortunadamente, esa venenosa ignorancia cunde en los predios del destierro cubano.

En nuestra afanosa y a menudo desesperada lucha por obtener los medios adecuados para eliminar el sistema criminal que ha secuestrado nuestra nacionalidad por ya casi 47 años, hemos incurrido en grandes y múltiples errores. Uno de ellos ha sido suscribirnos incondicionalmente al mito de las notorias “90 millas”. Pero no ha sido el único. Hace 30 años que los exiliados cubanos hemos tratado diligentemente de conseguir el respaldo de poderes políticos hispanoamericanos y europeos, mediante cabildeo económico y político. Labor idéntica se ha desarrollado en el escenario político norteamericano, en ambos partidos nacionales.

 

Ciertamente se obtuvieron algunas victorias temporales, todas en el campo de las relaciones públicas y principalmente a través de los esfuerzos de la Fundación Nacional Cubanoamericana. Pero ese organismo, como tantos otros antes, ha recorrido vertiginosamente el espacio que va de lo sublime a lo ridículo. Su derrumbe como organización exiliada seria y respetable se precipitó durante el breve período que ha transcurrido desde la muerte de su fundador.

Las gestiones con otros estados cuyos intereses y esperanza de supervivencia podían muy bien considerarse paralelos a los nuestros, fueron beneficiosas sólo para esos estados . En todas las circunstancias y a través de mucho tiempo, el éxito de ese esfuerzo nunca fue positivo para Cuba Libre. Toda gestión, ya fuera en el Congo en 1964, Venezuela en los años de la década del setenta, o El Salvador en el 2004, se indicaba con una flecha apuntando siempre en la misma dirección: El camino tenía una sola vía.

Quizás la exasperación causada por estas ingratas experiencias sea una de las razones de que tantos exiliados, algunos con la envergadura intelectual de un Carlos Alberto Montaner, se adormezcan a la melodía letal de los cantos de sirenas de la llamada disidencia. Sopor, que por relación inextricable entre causa y efecto, conduce a la fantasía de la “transición a la democracia, con el auxilio de algún esbirro que se decida a bañarse en el Jordán de la disidencia”.

Este escenario, reminiscente al de “Alicia en el País de las Maravillas”, tiene su fundamento, su piedra angular, en la ignorancia. No es necesario escarbar mucho en la historia para determinar que la lealtad automática y firme en un sistema totalitario se adquiere a través de un compromiso sangriento. Observemos con atención en qué organismos del estado castrista se apoya el sistema y sobre todo, quiénes son los directores de esos organismos en todos los niveles. Para utilizar una cansada pregunta política, ¿quiénes son los que detentan los resortes del poder? A la que yo agregaría otra pregunta de implicaciones mucho más siniestras, ¿Qué es lo que tienen en común entre ellos?

En la felizmente extinta Unión Soviética (modelo ideal de “Fifo”), el poder real, tal como en Cuba , estaba en las manos de los cuadros de los organismos represivos, desde el Director de la KGB (quien diariamente y por muchas horas al día reportaba al Secretario del Partido) hasta el más humilde jefe de escuadra. ¿En qué se parecían estos sujetos?

Como ejemplo tomemos los archivos de la KGB en 1937 (entonces se llamaba NKVD) del pueblo de la Siberia Central llamado Novosibirsk. Nicolai Ezhov, director soviético de la NKVD en 1937 elogió efusivamente a los responsables de la represión de ese pueblo por alcanzar el segundo lugar del año (sólo sobrepasado por Moscú) en la tarea de eliminar a todos los “elementos contrarrevolucionarios”. Los eliminados superaron el 10% de la población masculina del pueblo en ese año.

Ezhov nombró primero a un protegido del anterior director de la NKVD Genrikh Iagoda (quien había sido condenado a muerte y aguardaba el día de su ejecución), como jefe de la represión en Novosibirsk. El matarife, llamado Lev Mironov, fue arrestado y ejecutado dos meses después, acusado de traición. Entonces Ezhov designó como verdugo máximo de Siberia a un latvio llamado Karl Karlson en agosto de 1937. En enero del 38 Karlson había sido arrestado también.

El tercer director de la máquina de moler carne humana fue otro fascineroso llamado Grigori Gorbach, experto en interrogatorios, a quien Ezhov había ordenado buscar contrarrevolucionarios entre los oficiales de la NKVD . En menos de un año Gorbach también había sido acusado de traición, “convicto” y ejecutado. Su sucesor fue el Comandante del Ejército Rojo Iván Maltsev, quien terminara sus miserables días ejecutado en el mismísimo Gulag de Novosibirk cuya dirección se le había encomendado.

Las ejecuciones contínuas en Novosibirk eran tarea exclusiva de los oficiales de la NKVD y las llamaban “bodas”. Este nombre se debe a que de acuerdo al camarada Stalin ese pacto de sangre aseguraba un “matrimonio fiel” entre cada oficial de seguridad y la revolución roja .

Amigo lector, todos los altos oficiales del MININT se han “casado” con la revolución de “Fifo” en idéntica y sangrienta manera . Aún en el caso de que algún personero del exilio cubano se sienta capaz de pactar con semejante alimaña, es por lo menos dudoso que encuentre uno que coopere con el advenimiento de un sistema político en el que eventualmente tenga que contestar él mismo, las preguntas de un verdadero fiscal en busca de verdadera justicia.