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“En Iwo Jima, el valor poco común ha sido una virtud común”. Almirante Chester W. Nimitz, Guam, marzo 17, 1945

 

 

 

 

 

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En el noroeste del Océano Pacífico a más de 620 millas al norte de las Islas Marianas se aprecian tres pedazos de tierra negruzca que se alzan sobre el nivel del mar. Son conocidos simplemente como las Islas Volcánicas, o “Kazan-retto”. La mayor, situada en el medio de norte a sur, es conocida por los japoneses como “Iwo Jima”, frase que traducida al castellano quiere decir “Isla del Azufre”, pues extraer azufre de su suelo

era su único uso antes del ataque a Pearl Harbor.

Iwo Jima, es un islote de origen volcánico, cuya vegetación fluctúa entre escasísima e inexistente y que carece de agua dulce. Iwo tiene la configuración de un triángulo, con un ángulo agudo apuntando en dirección sureste y con ese ápice dominado por un volcán durmiente que se eleva 556 pies sobre el nivel de mar: El Monte Suribachi. Las playas son de arena volcánica y suelta, en cuyas superficies secas un hombre de peso mediano se puede enterrar hasta las rodillas. Para las Fuerzas Armadas de Norteamérica tenía otra característica muy importante en 1945 y era su indiscutible valor estratégico como el espacio de tierra firme en el Pacífico oriental más cercano al Archipiélago Japonés y por lo tanto, perfecto como base a los bombarderos B-29.

Por esa razón su conquista era para Estados Unidos tan importante como su defensa para el Sol Naciente. Esa islita tan insignificante en apariencias se convertiría en el dramático lugar donde los Infantes de Marina norteamericanos experimentaran sus mayores pérdidas de guerra desde el inicio de su distinguida historia militar. Para el Japón la defensa de Iwo, sostenida casi hasta el último hombre (sólo 1083 soldados nipones fueron tomados prisioneros entre más de 21,000 defensores), fue la más heroica de toda la guerra.

Los dos líderes militares que se enfrentaron en Iwo Jima no podían ser más diferentes. El jefe norteamericano era el Teniente Genaral del USMC Holland M. Smith. Apodado “Howlling Mad” (“el que grita como un loco”), Smith era un típico oficial de marines brusco y explosivo, de pocas palabras y siempre mordiendo lo que restaba de un puro. Smith era también un soldado excelente, orgulloso de su comando en la Infantería de Marina y quien en el combate era capaz de la tenacidad de un perro de presa, lo que demostraría ampliamente en Iwo Jima.

El oficial japonés encargado con la defensa de Iwo era el aristocrático Teniente General Tadamichi Kuribayashi. Al igual que el Almirante Yamamoto, Kuribayashi había vivido en Estados Unidos y conocía la cultura norteamericana, la que apreciaba y admiraba. Como Capitán en el Ejército Japonés, Kuribayashi había tomado entrenamiento de caballería en Fort Bliss, Texas, en la década de 1920 cuando las relaciones entre Washington y Tokyo eran más cordiales. Siendo más tarde agregado militar de la embajada japonesa en Canadá, Kuribayashi había visitado extensamente Estados Unidos, desarrollando profundo respeto por la capacidad industrial y energía vital de Norteamérica. En 1931 Kuribayashi escribió a su esposa desde Canadá: “Estados Unidos es el último país contra quien el Japón debe hacer la guerra”. Smith y Kuribayashi sólo tenían en común un valor a toda prueba y la determinación, propia de los genuínos líderes, de obtener la victoria a todo trance.

Kuribayashi había concluído que los recientes fracasos militares japoneses en Filipinas se debían al mal uso del ataque abierto al estilo Samurai y temía idéntico resultado en Iwo ante la superioridad aeronaval norteamericana. Su plan de batalla no impediría el desembarco de los infantes de marina. Desde el verano de 1944 había empezado a minar un verdadero laberinto de túneles y emplazamientos subterráneos en la islita, permitiendo sólo defensas de superficie alrrededor de las pistas de los dos aeropuertos terminados y de un tercero que estaba todavía en construcción.

Resignado a que Iwo sería eventualmente su tumba y la de su comando, el general japonés aprestó sus tropas para una batalla defensiva con morteros, ametralladoras y armas pequeñas desde posiciones bien protegidas por silos de hormigón, una vez que los marines desembarcaran en números apreciables. Se trataba de una casi “línea Maginot” oculta. Una trampa militar de primer orden.

A las 6:40 a.m. del día 19 de febrero de 1945 empezó el asalto norteamericano a Iwo con una andanada masiva y contínua de la flota a 10 millas de distancia de la isla, la que desapareció de la vista, oculta por el humo. Pasadas las 8 de la mañana los cañones cesaron para que 120 caza-bombarderos a vuelo rasante rociaran toda la superficie isleña con “napalm”. Después, bombarderos pesados B-24 con base en Guam descargaron sobre el objetivo 19 toneladas de bombas de alta potencia.

A las 8:25 la flota abrió fuego nuevamente manteniendo una andanada contínua por media hora, durante la cual descargara más de 8,000 proyectiles de 5, 8 y hasta 16 pulgadas. La topografía de Iwo parecía haber sido modificada por el bombardeo. Nada podría sobrevivir tal volumen de fuego, afirmaron periodistas agregados a la flota. El General Smith no participaba de ese optimismo.

Cuando las avanzadas de las divisiones cuarta y quinta del USMC desembarcaron en las playas codificadas de norte a sur como “azul”, “amarilla”, “roja” y “verde” respectivamente, todo parecía indicar que la isla estaba desierta. La soltura de la arena volcánica impidió el avance terrestre de los transportes anfibios, forzando a las tropas a cargar en sus espaldas todos los equipos y vituallas. Al haber desembarcado unos 3600 marines los japoneses abrieron fuego con enormes morteros fijos de 320 mm, cuya existencia en Iwo era desconocida hasta ese momento por los norteamericanos, quienes carecían de armas equivalentes. Las bajas sufridas por los invasores durante esas primeras horas de batalla terrestre fueron terribles.

Kuribayashi había establecido su cuartel general en uno de los túneles al norte de la isla, pero se mantenía en comunicación contínua con el otro baluarte hacia el sur, el que defendía las estribaciones de Suribachi. De acuerdo al plan de batalla norteamericano las defensas de Iwo Jima serían reducidas en diez días, con la toma de Suribachi durante el primer día de combate. El hueso, no obstante, resultaría muchísimo más duro de roer.

Los marines de la quinta división desembarcados al extremo sur de las playas designadas como “verde” y “roja” se apilaban incapaces de negociar las terrazas de arena suelta frente al Monte Suribachi, mientras eran víctimas de un fuego concentrado y letal. El Teniente Coronel Chandler W. Johnson del Segundo Batallón del Regimiento 28 de Marines inició el avance hacia Surabachi: “¡O.K. hijos de p…salgamos de esta condenada playa!” Junto a Johnson su ayudante llevaba la bandera que intentaban izar en la cima del volcán y tras ellos cargaron los marines como si se tratara de una competencia deportiva.

Apoyados por 16 tanques Sherman de 36 toneladas los marines capturaron a las 4:30 p.m. del primer día una cantera localizada casi en el litoral inmediatamente al norte de la playa “azul” y defendida tenazmente por un batallón anti-tanque al mando del Capitán Masao Hayauchi. Cuando todos sus cañones habían sido silenciados, el bravo Hayauchi apretó una carga de demolición contra su cuerpo y se abalanzó hacia el Sherman más cercano. El Teniente Coronel Justice M. Chambers fue el vencedor en ese combate, pero cuando alcanzara la cima de la cantera, apenas si contaba con 150 marines de los 700 con que había iniciado el ataque.

El Monte Suribachi fue defendido fieramente por más de tres días y la inmensa mayoría de los miles de atrincherados japoneses perecieron achicharrados vivos por lanzallamas o volatilizados con granadas de mano y cargas de demolición. Unos 300 defensores sobrevivientes intentaron salir de las tumbas subterráneas en que los túneles del volcán se habían convertido, tratando de alcanzar las líneas japonesas al norte bajo la obscuridad de la noche. Increíblemente, unos 20 llegaron a su objetivo.

En Suribachi flotaron dos banderas norteamericanas, la primera fue arriada por órdenes del Teniente Coronel Johnson, “para que nadie pueda robarse ese pedazo de historia que nos pertenece” . Trajeron la segunda bandera de una lancha de desembarco. Era de tamaño reglamentario, 56”x96” y cuando cinco marines y un enfermero la clavaran en la cima, un fotógrafo de la Prensa Asociada captó el momento más famoso y dramático de toda la Segunda Guerra Mundial. El Secretario de Marina James V. Forrestal, quien había desembarcado en Iwo el día 23 de febrero, al ver “Old Glory” flotando sobre Suribachi felicitó al General Smith: “Holland, haber izado ese estandarte en Suribachi significa que existirá la Infantería de Marina por los próximos 500 años”.

La muy errónea idea popular es que la toma de Suribachi marcó la conclusión de la batalla por Iwo. Nada más lejos de la verdad. La sangrienta y difícil lucha para deshalojar a los soldados de Kuribayashi de sus instalaciones subterráneas en el norte tomó muchísimo más tiempo y vidas que la batalla en las laderas del volcán. Algunas de las posiciones disputadas furiosamente fueron bautizadas por los marines con nombres tan significativos como “El valle de la muerte” o “La moledora de picadillo” (“The Meet Grinder”).

Incidentes de heroísmo indescriptible se convirtieron en rutina por ambas partes durante la sangrienta batalla que duraría más de un mes. Ejemplo de ello fue el marine de primera clase Douglas T. Jacobson, quien al ver a un operador de “bazooka” caer abatido por un “sniper”, tiró su rifle y agarrando el tubo metálico destruyó con él mientras corría hacia el enemigo, un emplazamiento de cañones de 20mm., después otro más y después un “blockout” de concreto. Cuando al fin recobró la cordura había despachado a 75 soldados japoneses. Jacobson recibió la Medalla de Honor del Congreso. Otras 26 medallas de Honor fueron otorgadas a los marines en Iwo, la inmensa mayoría póstumamente.

Encabezando un pelotón de marines el Primer Teniente John Lummus, antiguo estrella “All American end” de football en la Universidad de Baylor en Texas, se mantuvo corriendo hacia el frente y encabezando a sus hombres en la carga, aunque había caído herido dos veces. Al pisar una mina terrestre Lummus desapareció por unos instantes, envuelto en una nube de polvo. Al disiparse el polvo, sus soldados creyeron que el Teniente estaba parado sobre una depresión del terreno. En realidad Lummus se apoyaba en los muñones de lo que habían sido sus piernas, aún exhortando a sus marines. El Teniente Lummus falleció esa noche en un hospital de campaña.

El Capitán Inouye, campeón de espada y miembro de una noble familia de alcurnia militar descendiente de legendarios “Samurais”, se vio rodeado de infantes de marina de la Cuarta División en un perímetro que se reducía por momentos. Al frente de casi 1000 hombres remanentes de unidades cuyos oficiales de mayor rango habían caído en combate, Inouye, ya sin municiones, decidió desobedecer la orden de Kuribayashi prohibiendo cargas suicidas. Sobreviviente de la defensa del Monte Suribachi, por cuya pérdida había llorado, Inouye no quería morir en una ratonera similar.

El día 8 de marzo a las 11 p.m. Inouye logró arrastarse al frente de sus hombres a casi 10 yardas del comando de los Regimientos 23 y 24 de la Cuarta División. Al desatarse el combate cuerpo a cuerpo, los atacantes opusieron bayonetas y espadas al fuego de morteros, ametralladoras, rifles, pistolas 45 y granadas de mano. El capitán japonés murió espada en mano, tal como lo deseaba. Los marines recogieron después 784 cadáveres enemigos, sufriendo por su parte 90 muertos (muchos de ellos oficiales) y 257 heridos.

Al concluir la batalla por Iwo el 25 de marzo de 1945 con el último reducto japonés destruido, Kuribayashi todavía rehusaba capitular. Al día siguiente, en violación de sus propias órdenes, encabezó una furiosa carga suicida. Los japoneses tuvieron 262 muertos en esa última acción de guerra en la “Isla del Azufre”, contra 53 de los marines. Herido de gravedad en el combate, Kuribayashi fue llevado por varios sobrevivientes a una cueva donde procedió al suicidio ritualístico del código “Bushido” llamado “Hara-Kiri”. Su cadáver, enterrado en lo profundo de la cueva, nunca fue encontrado.

“La Isla del Azufre” costó a la Infantería de Marina más de 6,800 muertos y desaparecidos, junto a más de 19,000 heridos en algo más de un mes de batalla. El Imperio Japonés perdió más de veinte mil muertos, más de 1000 prisioneros y una posición estratégica vital. La fanática defensa japonesa de Iwo Jima, que se repetiría más tarde y en escala aún mayor en la isla de Okinawa, creó en Washington una opinión muy proclive al uso de armas de destrucción masiva, con el propósito de acelerar el fin de la guerra y hacer innecesaria la temida invasión del Archipiélago Japonés. Tarawa, Iwo Jima y Okinawa forzaron la mano norteamericana al ataque nuclear sobre Iroshima y Nagasaki.

Sería interesante adivinar cuál habría sido la reacción de los “liberales” de la prensa de hoy en día ante el sangriento drama de Iwo, en marzo del 45. Como sabiamente afirmara Martí, la libertad es muy cara y es preciso pagarla a su precio o resignarse a ser esclavo.

IWO

Hugo J. Byrne, Los Angeles

Nota del columnista: Por singularmente adecuarse a los acontecimientos contemporáneos he decidido visitar de nuevo este ensayo publicado por la primera vez en marzo del año 2005. No puedo encontrar un tema más acorde con las circunstancias presentes. Existen situaciones que requieren, demandan, aprestarse al sacrificio. Por no reconocerlo en 1938 el mundo sufrió una catástrofe sin precedentes históricos menos de dos años después. El apaciguamiento de los agresores nunca ha dado resultados beneficiosos, pero la determinación y la firmeza de carácter son virtudes eternas en la lucha por la libertad y dignidad humanas. En marzo de 1945 los Infantes de Marina norteamericanos probaron ello una vez más, en las dunas sulfurosas de Iwo-Jima.