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Pasadena, California. -- El insigne poeta y filósofo vasco pronunció esas palabras en el auditorio de la Universidad de Salamanca, de la que era Rector, el 12 de octubre de 1936 y su audiencia consistía de algunos de los elementos más íntimamente comprometidos en el pronunciamiento militar de mediados de julio del mismo año. Ese golpe, por no haber tenido éxito inicial en todas partes, ya degeneraba en una sangrienta guerra civil que duraría casi tres años y costaría las vidas de más de 700,000 españoles.

 

 

 

 

 

 

 

De acuerdo a testigos, varios de los presentes llegaron al extremo de apuntar sus armas al disertante. El viejo Rector sin perder en un adarme su aplomo, tomó como ejemplo a uno de los presentes; el fundador de la Legión Extrajera de España, el manco y tuerto General Millán Astray: “El General Millán Astray es un inválido de guerra y también lo fue Cervantes. Ya tenemos demasiados inválidos de guerra y si Dios no viene a rescatarnos pronto, tendremos muchos más. Parece que el General Astray, quien carece de la grandeza de Cervantes, desea una España tan inválida

como él”. El ofendido Millán ripostó gritando a pleno pulmón: “!Muera la inteligencia y Viva la muerte!” (este último y contradictorio lema había sido escogido por Millán para su Legión). El lívido auditorio parecía listo a linchar a Unamuno de inmediato.

Unamuno sobrevivió de milagro ese día, se dice que entre otras razones, porque la esposa de Franco, Carmen Polo, quien estaba en la concurrencia, lo acompañó del brazo a la salida del edificio (de ser esto cierto es necesario extender gran crédito a la señora). El profesor moriría en su cama y de causas naturales, tres meses después de su protesta en Salamanca.

Cuando pienso en valor moral y honestidad, siempre recuerdo al intrépido viejito, desafiando a solas una multitud violenta y agresiva que lo consideraba un aliado hasta ese mismo día y un traidor a partir de él. Miguel de Unamuno como muchos otros españoles, había respaldado inicialmente el golpe militar, hastiado del caos, el crimen y la falta total de garantías civiles en que había devenido la Segunda República. Las mismas razones morales que lo hicieran cambiar de inmediato, oponiéndose también a la crueldad, el crimen y la prepotencia de los presuntos salvadores de España.

Aplicando objetivamente esa anécdota a los que colaboraran o siguieran a Castro hasta 1959, creo juicioso aceptar la sinceridad de quienes hasta entonces mantuvieran su fe en la causa, pero sufriendo horror y asco ante la falta de garantías procesales en los llamados “tribunales revolucionarios”, abandonaran el incipiente totalitarismo criminal que ha durado ya 48 años. Pero, ¿cómo es posible exonerar de culpa a quienes ocuparan posiciones de mando o “prestigio”, disfrutando de privilegios increíbles a costa de millares de vidas de cubanos e intereses nacionales durante largos años después de eso?

¿No sabían acaso de los crímenes? ¿Quién puede honradamente olvidar y perdonar los crímenes? ¿Quién puede honradamente olvidar y perdonar a los criminales y sus cómplices? Tolerancia entraña admitir sin reservas el derecho a otro estilo de vida u opinión diferente, no olvidar crímenes o perdonar a los criminales.

No faltan ahora quienes nos acusan de intolerantes a los que usamos un criterio objetivo al apreciar la conducta humana y sus implicaciones éticas. Para ellos, quienes aspiran no al perdón (pues tienen la desfachatez de alardear de su propia deshonra), sino a que les reconozcan como admirable ese alarde, tengo noticias desagradables.

Más tarde o más temprano en Cuba se hará justicia y ese pronóstico pueden depositarlo en caja de seguridad. Quizás sea más temprano de lo que nadie anticipa, en cuyo caso se han de ver acusados de delitos infamantes ante tribunales constituídos, si todavía viven en Cuba o si deciden regresar al final de un “exilio de conveniencia”.

Si esa justicia llega más tarde, que no duden tampoco que la historia los condenará inexorablemente, como ya condena a Castro, incluso aún antes de su esperado y añorado mutis definitivo.

Sépanlo bien los agentes castristas en la prensa del sur de la Florida, quienes no por gusto fustigan hoy la memoria de Martí. No olvidemos que fue Martí quien escribiera “Para los libertadores no es oficio alquilar elocuencias, pagar plumas, adular satélites, acaudillar bandos, encubrir espías, costear vicios o pensionar desvergüenzas”.

DEFINICION DE LA TOLERANCIA

Hugo J. Byrne, Los Angeles

“Ustedes sin duda vencerán, porque les sobra la fuerza bruta para ello. Empero, nunca convencerán, porque para disuadir, adolecen de lo de lo imprescindible; la razón y el derecho”. Miguel de Unamuno