En el criterio de un seguro servidor la predicción que se gana el pastel de la pasada semana es la que cocinaran con arte digno de alquimistas del medioevo el desvergonzado ex ( ?) esbirro de la inteligencia castrista Domingo Amucháustegui y un tal William Ratcliff , quien se nos presenta como “Académico de la Institución Hoover en la Universidad de Stanford” (!!!). Confieso que cada vez que leo tan imponentes credenciales se me pone la carne de gallina.

Para empezar, las “predicciones” de esta pareja no son ni siquiera eso. Se trata sólo, simple y llanamente de otro articulito tratando de presentar al “Raulismo” como una alternativa aceptable.

En el sexto párrafo estos dos “expertos” del futuro de Cuba dicen de “La China” (como es conocido vulgarmente Rúl Castro en Cuba): “Aprendió a negociar y a compartir la autoridad con sus subordinados, escuchando sus puntos de vista”. Infortunadamente no podemos verificar con su inmediato ex-subordinado General Arnaldo Ochoa, por razones ajenas a nuestra voluntad y la de él

. Prosiguen los pitonisos; “Como organizador sistemático y pragmático, (Raúl) favorece desde hace años reformas administrativas y económicas”. ¿Cómo puede probarse eso? De acuerdo a estos dos no puede probarse. ¿La razón? Pues aunque “trabajaron juntos durante medio siglo, Fidel siempre dijo la última palabra”.

Quizás estos ganapanes piensen que los lectores tienen un cociente de inteligencia de 75. Quienes favorecieran reformas administrativas y económicas, enfrentándolas al criterio del mandamás, hicieron legión en su entorno desde un principio, pero Fifo no los mantuvo en posiciones de confianza y muchísimo menos como herederos del trono. Algunos de ellos, como Huber Matos, tuvieron la suerte de sólo cumplir más de 20 años de terrible prisión política. Para la mayoría, como en el caso de Humberto Sorí Marín, es cierto que la última palabra fue de Fifo, pero esa palabra se limitó a ¡FUEGO!

La parte más difícil de entender en esta triste longaniza de palabras excretada por Amucháustegui y Ratcliff, la disparan en el tercer párrafo: “Suponemos que después de burlarse del gobierno de Bush y de los cubanoamericanos en la calle Ocho de Miami, Fidel apoyará en algo las reformas de su hermano y de la nueva generación que tendrá que hacer cambios al sistema sobre bases diferentes. Los futuros líderes tendrán que conseguir su propio contrato social con los habitantes de la Isla y una diferente y propia legitimidad”.

Al llegar a este punto analicemos la inescapable implicación de que al presente existe en Cuba alguna versión de un “contrato social” y algún reclamo a “legitimidad”. Veamos. La llamada Constitución de 1976 fue diseñada por Francisco Calderío (mejor conocido como Blas Roca). De acuerdo a la información diseminada por el régimen, el compañero Blas necesitó casi diez años de gestación para parir ese mamotreto con menos valor legal que un billete de ocho dólares y medio. La insólita demora se debió a que el otro único ponente de esta peculiarísima constituyente, era nada menos que el propio Fifo, quien no se fiaba mucho de las habilidades intelectuales del compañero Blas y aún menos de su fidelidad “fifista”.

La llamada Constitución de 1976 fue modificada en los años noventa y el cambio principal fue la relación entre el estado y Dios. La “República” pasó de un plumazo (de Fifo), de ser atea, a ser laica.

Irónicamente, Roca (quien se adelantó algo a Fifo en el mutis fisiológico) participó en el pasado en una verdadera Constituyente, asamblea que produjera la Constitución de 1940 y durante la cual el ilustre florentino, coronel insurrecto y político liberal Orestes Ferrara, haría mofa consistente del “compañero Blas” .

¿Son estos “debates” a puertas cerradas entre Castro y Calderío (en el que Blas tenía la notable potestad de decir que sí) a lo que aluden Amuchástegui y Ratcliff, como “contrato social”? ¿O será quizás la llamada Asamblea del Poder Popular, convocada dos veces al año y que de acuerdo al testamento político de Fifo no tiene poder alguno? ¿Legitimidad? ¿La que implantara Fifo cuando dijo que Cuba no necesitaba elecciones, hace 46 años? ¿O quizás la que impusiera “La China” alineando entre 50 y 100 hombres ante una fosa común en enero de 1959 y masacrándolos como su predecesor el peninsular Burriel a los expedicionarios del Virginius durante la Guerra de los Diez años?

Desconocemos qué razón tendrían Amuchástegui y Ratcliff para traducir su mamotreto al castellano. Entre sus compañeros de viaje de “academia U.S.A.”, o entre inocentes lectores del idioma inglés ignorantes de la realidad cubana, podrían quizás desinformar, pero en español han perdido tiempo y tinta. Ni siquiera sus promotores de Castrolandia tomarían sus “predicciones” en serio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Varios meses atrás el ex profesor Roberto Luque Escalona, comentando sobre las peculiares predicciones sociológicas del conocido periodista Jorge Ramos, tituló humorísticamente su ensayo “La Predicciones de Nostra-Ramos”. Aunque Luque en reciente artículo criticara superficialmente a mi lejano pariente Bonifacio, refiriéndolo como buen patriota, pero poeta menor (quizás por desconocer parte de la obra poética de Bonifacio), a este cronista no le duelen prendas para afirmar que considero al ex profesor como uno de los mejores ensayistas del Exilio militante. Escogió el título de su ensayo muy adecuadamente.

Porque ahora, con la enfermedad de Fifo, ocurrencia extraordinaria y de caracteres sumamente grotescos, los pitonisos del futuro cubano se están contando al menos por los cientos. Quizás ya pasen de mil. No transcurre una semana sin que surja a la palestra una docena más, no importa lo descabellado, e insultante a nuestra inteligencia de sus predicciones de ciencia-ficción.

Por Hugo J. Byrne, Los Angeles, California.

EL “CONTRATO SOCIAL” DE AMUCHASTEGUI Y RATCLIFF