LOS MISERABLES

Por Hugo J. Byrne, Los Angeles, California

El título de este trabajo evoca las vicisitudes de Jean Valjean, la persecución fanática del Inspector Jabert, los desvelos revolucionarios de Marius y demás caracteres de la popular novela de Víctor Hugo. El gran poeta francés del siglo XIX, quien fuera más conocido fuera de Francia como novelista, con ese título enfatizó que la miseria, tal como la grandeza, es un elemento permanente del espíritu humano y no sólo la penuria material que con mucha frecuencia puede ser transitoria.

No cabe duda que en la vida real también existen individuos miserables por antonomasia . Caracteres reales cuya mezquindad de espíritu se hace evidente en la medida que sus actos deleznables revelan el vacío enorme de su fibra moral. Existen personajes reales iguales al ficticio Inspector Jabert uno de las dos figuras centrales en “Les Miserables”, quien al coronar con éxito la persecución más importantante de su carrera policial, se ve confrontado con la vacuidad ética de su propia existencia de sabueso-robot reprimidor de infelices y némesis de inocentes. Asqueado de sí mismo, Jabert opta por el suicidio. Valjean en contraste, venciendo su largo infortunio a golpes de bondad, se hace de una dignísima vida nueva rebosante de goces morales y materiales, frutos de su laboriosidad, decencia y hombría de bien.

Habiendo visitado hace dos semanas el suelo natal de prohombres de la talla inmarcesible de Dante, Maquiavelo y Galileo, regreso a la palestra de mi humilde columna semanal trepidando de asco ante los actos de quienes se revelan a sí mismos como genuínamente miserables . El contraste que aprecio y sufro no podría ser más dramático. Ante el monumento a Torcuato Tasso reflexioné sobre la diferencia brutal entre la gloria verdadera de creadores del calibre del bardo sorrentino y la abrumadora miseria moral de aquéllos que hoy anteponen sus burdas pasiones al deber que juraran cumplir.

Entre esos miserables de la vida real se cuentan los tres Grandes Inquisidores de la notoria Corte Federal de Apelaciones de Atlanta. Se trata de los mismos tres miserables prevaricadores anticubanos que enviaran a Elián González a Castrolandia, nó para salvaguardar derechos paternales que de sobra sabían inexistentes en la desdichada Isla, sino para que el infeliz huérfano sirviera de peremne bufón juvenil al sangriento dinosaurio del Caribe.

Esos trío de tenebrosos togados de Atlanta han decidido que la sentencia servida por un Juez de Miami a los cinco castristas convictos de espionaje y complicidad en asesinato premeditado por un jurado exento de cubanoamericanos en 2001 no era procedente, porque de acuerdo a su “opinión legal”, “la atmósfera de Miami no brindaba un ambiente adecuado para un juicio imparcial”.

¿Es posible concebir una decisión judicial más abiertamente política y racista ? ¿Es acaso la presencia de una comunidad cubanoamericana con inmensa diversidad de criterios posible obstáculo a la imparcialidad en un juicio en el que ningún miembro de esa comunidad fuera admitido como jurado? ¿No fue incluso ese bochornoso rechazo por sí mismo una flagrante negación de nuestros derechos ciudadanos? ¿O es que los norteamericanos de ascendencia cubana son ciudadanos de cuarta categoría en virtud de la percepción que de su opinión política puedan tener venales jueces al uso ?

El castrismo comanda abiertamente sus sicarios y matones en Miami. Las hondas de radio de la llamada “Capital del Exilio” diariamente vomitan el veneno que dicta La Habana sin que nadie riposte físicamente, se espante o desespere.

Libelos carentes de anunciantes pregonan a los cuatro vientos las “glorias” del socialismo castrista que los subvenciona. Tránsfugas e interesados mercenarios del castrismo como el enano Aruca, el leguleyo Durán y el renacuajo Lesnick, se pasean por las calles de Miami repitiendo los cansados lemas de “Fifo”, protegidos no sólo por las leyes de este país, sino por el respeto que los exiliados legítimos profesamos por esas leyes. Tal como lo hiciera también hasta hace poco el socialista español Gutiérrez Menoyo. Digo ESPAÑOL, porque nunca ha sido es o será cubano .

Empero, los cubanos del exilio no aceptamos ni aceptaremos jamás a Castro y en consecuencia nadie nos confunde ni nadie nos lleva del narigón como se hace cotidianamente con ciertas comunidades latinoamericanas y otras “minorías” en Norteamérica. Eso pone frenéticos a los mal llamados “liberales”. Por eso nos detestan .

Y eso es lo que encuentran imperdonable los “jueces activistas de la izquierda”, entre ellos, prominentemente, los tres miserables inquisidores de Atlanta.

 

 

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