sienten muy capaces de disertar o escribir sobre lo humano o lo divino sin el menor estudio previo. Esa base, que en la muy práctica versión norteamericana del idioma inglés se llama “homework”, es olvidado con absurda frecuencia.

Sabemos cómo la prensa norteamericana de “main stream”, injusta e incorrectamente procura pintar al destierro cubano con los colores más sombríos, o simplemente ignorar los triunfos alcanzados por los cubanos y sus descendientes en el sistema económico político imperante en estas tierras.

Cuando esos éxitos son tan notables que no pueden ocultarse, la relación entre ellos y la cultura que reflejan es maliciosamente omitida. Ocurre que ciertos eventos no pueden ser ignorados indefinidamente. El aporte de una inmigración viva y pujante como la nuestra al acervo cultural de este país, a pesar de todo, se hace cada día más evidente.

Cuando se escribe sobre cualquier cosa hay que tener siempre en cuenta lo posible, aún en las obras de ficción. ¿Alguien cree que la víctima de un asesinato pueda ser dejada completamente sola por las autoridades policiales francesas en el Museo del Louvre, mientras en la mejor tradición de los “Keystone Cops” corran todas juntas tras una señal electrónica que supuestamente las conduzca al asesino?

Debo admitir que la curiosidad me llevó a tratar de leer la novela “Da Vinci Code”, pero me fue dificilísimo pasar de ese capítulo. En sus novelas, Emilio Salgari ubicó serpientes pitones en Cuba. Las barbaridades, sin embargo, no se ciñen a la literatura de ficción. A mis manos llegó un libro llamado “Tropicana Nights”, cuya autora, Rosa Lowinger, escribió con la colaboración de la recientemente fallecida viuda de Martín Fox, último dueño del cabaret “Tropicana” en las afueras de la capital de Cuba.

Confieso que el tema no es de mi interés. La sociedad cubana con la que me identifico y la que realmente me interesa, es mucho más numerosa, mucho más provincial y mucho menos frívola (o menos cosmopolita, si el amable lector prefiere ese término políticamente correcto). Recuerdo haber visitado “Tropicana” dos veces solamente. No me pesa.

Nací en la ciudad de Matanzas y residí en ella hasta 1953. A pesar de ello y de mis deseos, por diversas coincidencias y casualidades nunca visité las Cuevas de Bellamar y eso sí me pesa. Aunque viví en La Habana desde el 53 hasta septiembre del 61, al igual que otros muchos en Cuba, nunca me sentí muy atraído por la llamada “vida nocturna”. Como estudiante de Arquitectura (1954 a 1956) “Tropicana” era para mí sólo un admirable logro arquitectónico.

Lowinger, quien por propia confesión nació en Cuba y emigró muy pequeña a Estados Unidos con su familia, adorna sus memorias de los Fox y de Tropicana con pasajes de la “historia” de Cuba y muy pintorescas descripciones de la Isla. Es aquí donde cuestiono la credibilidad de su libro.

Cuando Lowinger afirma que la “mayor parte de las ciénagas y ríos de Cuba están habitados por cocodrilos”, me demuestra que no ha hecho su “homework”.

Un servidor ha nadado frecuentemente por lo menos en tres ríos cubanos y vadeado un cuarto : No hay cocodrilos en los ríos de Cuba ni los ha habido nunca. El único lugar donde existen cocodrilos en Cuba es la Ciénaga de Zapata, al sur de la Provincia de Matanzas.

Una vez que se afirma el absurdo, todo lo que lo acompaña se tiñe de la misma duda. En otras palbras, se pierde credibilidad. Pero los problemas de exactitud en el libro de Lowinger no se ciñen a la zoología cubana. Tienen que ver también con historia. De acuerdo a “Tropicana Nights”, durante la revuelta contra el régimen de Batista miles fueron sumariamente arrestados, torturados y muertos”.

Tanto el régimen de “Fifo” como los emigrados cubanos han sido incapaces de llegar a 1.000 contando los nombres (gran total incluyendo ambos bandos ) de todos los muertos durante esa época (desde marzo de 1952 hasta el fin de diciembre de 1958). Los amables lectores saben que no soy de los que creen que asesinar a uno o dos es menos criminal que a cien. Mi tema no es la obvia culpabilidad criminal del régimen de Batista, sino la credibilidad de Lowinger.

Por el contrario, los muertos del castrismo desde enero del 59 sí se cuentan por los miles, cifras no pregonadas por el régimen, pero tácitamente admitidas a través de su publicidad, primero en el difunto periódico “Revolución” y más tarde en el panfleto “Granma”. Lowinger, curiosamente, no se hace eco de esa realidad histórica que sí es perfectamente verificable . Quizás lo evitara para no caer en esa “hipérbole nostálgica” que dice resentir del exilio cubano de Miami. O quizás porque si lo hace quemaría sus naves con “Fifo” y no podría disfrutar más de las “Noches de Tropicana”. ¿Ignorante o mentirosa? ¿Qué importa? En cualquier caso su credibilidad es cero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por Hugo J. Byrne, Los Angeles, California

El viejo refrán sobre el pastor que espantaba a sus colegas de trabajo anunciando con gritos de terror la presencia del lobo es de vigencia eterna. Como muy bien expusiera Lincoln, es muy posible engañar a todo el público, o a parte de él, por algún tiempo. Sin embargo, las mentiras tienen consecuencias y como en el clásico ejemplo del pastor mentiroso, aquéllos que las sostienen o repiten , pierden credibilidad en carrera larga.

No es necesario abrigar malas intenciones para repetir una mentira, afirmar algo incorrecto u ocultar la verdad. La única condicional es la ignorancia. Por eso es que resulta imprescindible el conocimiento más o menos profundo de un tema cualquiera antes de intentar su análisis público. Sin embargo, son legión los improvisados que se

LA CREDIBILIDAD ESQUIVA