tanques y 520 cañones. Las tropas terrestres eran apoyadas por más de 200 aviones. Estos elementos eran solamente las avanzadas de un ejército mucho mayor, totalizando más de un cuarto de millón de hombres, 1,500 tanques y 900 cañones con el apoyo de más de 300 aviones de combate. Tropas que a su vez formaban parte de una fuerza descomunal, cuando se agregaba el Noveno Ejército Soviético que desde la península de Kola se preparaba a invadir Finlandia por el norte en dirección a Petsamo, con el objetivo de cerrar la frontera entre Finlandia y Suecia. El Noveno Ejército Soviético contaba con 95,000 soldados, 275 tanques y 360 cañones.

Usando una fuerza tan abrumadora, Stalin se proponía conquistar ese antiguo dominio de los emperadores rusos sin disparar un tiro. Las demandas soviéticas incluían el Istmo de Karelia, entre el lago Lagoda y el Golfo de Finlandia y todo el territorio al oeste y norte del lago, junto a otros directamente al oeste de la península soviética de Kola. Pero como en el caso de la Alemania Nazi con Checoslovaquia pocos meses antes, las pretensiones territoriales de los soviéticos por seguro no se limitarían a los reclamos originales, si obtenían una victoria incruenta con ellos.

Un comisario político cuya carrera avanzaba rápidamente en la mafia soviética, afirmaría más tarde que “Pensábamos que todo lo necesario sería que alzáramos la voz un poquito y que si eso no trabajaba, con un sólo tiro los finlandeses alzarían sus manos en señal de capitulación” Ese comisario era un hombrecito calvo de corta estatura y sin cuello, uno de los bufones de Stalin llamado Nikita Krutschev.

Finlandia contaba con fuerzas armadas totalizando 300,000 efectivos, incluyendo una milicia voluntaria de 100,000 hombres y un cuerpo auxiliar femenino (“LOTA SVÄRD”) de 90,000. Prácticamente todos eran campesinos y cazadores en excelente condición física y acostumbrados a transportarse en esquíes. Con sus mejores unidades resguardando el Istmo de Karelia, las tropas finlandesas contaban con equipos anticuados en defensas estáticas y una amalgama de armas compradas en, o donadas por las democracias occidentales.

El viejo Mariscal Gustav Mannerheim, quien había iniciado su carrera como oficial del Imperio Ruso bajo el Zar Nicholas II, era nominalmente el jefe militar de los finlandeses, pero en realidad quienes enfrentarían el vendaval soviético eran coroneles y otros oficiales de relativamente menor rango, implementando decisiones coordinadas, pero con gran independencia de acción. Esa independencia de acción resultaría decisiva contra las unidades soviéticas acostumbradas a la inmovilidad cuando carecían de las órdenes del Partido.

Al iniciarse el combate los finlandeses se vieron en la imperiosa necesidad de retirarse en más o menos precario orden y todo parecía indicar que la victoria soviética se materializaría en cuestión de días. De repente, los soviéticos empezaron a sufrir ataques de pequeñas unidades finlandesas que desaparecían como por arte de magia, creando desconcierto en los flancos y en la retaguardia.

Francotiradores expertos ejecutaban a mansalva a los soldados soviéticos desde distancias increíbles de hasta 800 y 1000 yardas. Tal fue el caso del oficial a cargo del nido de ametralladoras al que me refería en el primer párrafo. El tiro que lo mató pasó por el visillo del escudo de la ametralladora, de apenas tres pulgadas de ancho por una de alto. El resto de la dotación se dió a una fuga precipitada.

Con sus uniformes blancos, los esquiadores finlandeses aparecían entre la nieve invisibles y fantasmales a los soviéticos, quienes los bautizaron como “Belaya Smert” (“Muerte Blanca”). Con enormes troncos de árboles los finlandeses bloqueaban el paso de los tanques, usando botellas de gasolina para incinerarlos y otros artefactos para trabar sus esteras de hierro. La pésima administración y peor logística de los soviéticos, unida a la severidad del clima ayudaron enormemente a la defensa de Finlandia. La estación del año no podía ser peor para los invasores, cuyas pérdidas enormes se debieron tanto al combate como a la congelación.

El día 28 de diciembre ya los finlandeses habían detenido la ofensiva soviética en el norte y en el sur habían destruído la División 163 al este del Istmo. Más de 28,000 soldados soviéticos habían muerto y más de 1,400 hechos prisioneros. 240 tanques soviéticos habían sido destruídos y otros 15 capturados. Todo esto a pesar de una desventaja numérica de cinco a uno. Los soviéticos se retiraron y eso fue todo por más de un mes.

La furia de Stalin no tuvo límites. ¿Se acuerda el amable lector del Tirano Castro y su saldo de cuentas con el Coronel Tortoló por “su cobardía” en Granada? El General Vinogradov, jefe de las tropas asaltando el Istmo fue ejecutado por incompetente. Pero Stalin no estaba satisfecho, destituyendo a su Comisario de Defensa y viejo compinche de borracheras, Mariscal Kliment E. Voroshilov. De acuerdo a Krutschev, Voroshilov al saber la noticia tuvo una soberana perreta en la “dacha” de Stalin, al que en actitud desafiante gritó “nadie más que tú es el responsable de esto, pues fuiste tú quien aniquiló a la Vieja Guardia de nuestro Ejército, matando a sus mejores generales” y rojo como una remolacha rompió contra la mesa un plato de lechón al horno.

Voroshilov fue substituído por Simeón Timoshenko, quien tras mucha preparación renovaría el ataque contra Finlandia usando tres veces más tropas y equipos que su antecesor. Los finlandeses lucharon una vez más con el mismo intenso denuedo, pero abrumados ante el número optaron por una paz negociada.

Por su parte, Stalin aceptó contento un armisticio que le ofrecía poder cantar victoria después de sufrir desastres militares en magnitud suficiente como para poner en entredicho tanto la reputación del Ejército Rojo como la propia. Los soviéticos ocuparon el 12% del territorio finlandés. Finlandia sufrió más de 25,000 muertos y 43,000 heridos durante la llamada “Guerra del Invierno”. Las pérdidas soviéticas se calcularon conservadoramrnte entre 250,000 y 300,000 muertos, con más de 400,000 heridos.

 

 

 

 

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LA “MUERTE BLANCA”

“La guerra es, allá, en el fondo de los corazones, allá en las horas en que la vida pesa menos que la ignominia en que se arrastra, la forma más bella y respetable del sacrificio humano”.

José Martí, número inicial de “Patria”, 14 de marzo de 1892

 

Por Hugo J. Byrne, Los Angeles, California.

Tras el escudo protector de tres octavos de pulgada de acero de una ametralladora pesada soviética, el oficial a cargo de la misma se sentía seguro. Esa seguridad no sólo se basaba en la protección inmediata que le brindaba el artefacto, sino en ser parte de un ejército formidable invadiendo una nación insignificante y escasamente poblada. El Octavo Ejército Soviético al penetrar la parte sur de la frontera finlandesa por ambas márgenes del lago Lagoda en noviembre de 1939 se componía de siete divisiones de infantería y una unidad mecanizada: Más de 150,000 soldados con el apoyo de 550