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LA BATALLA DE LAS TUNAS

Por Hugo J. Byrne, Los Angeles, California

A Santiago Alvarez y a Luis Posada Carriles, quienes sufren injusta prisión por oponerse con las armas a la tiranía castrista.

A fines del mes de agosto de 1897 se produjo una de las batallas más dramáticas de la Guerra de Independencia de Cuba; el sitio y toma de Victoria de las Tunas por las tropas insurrectas al mando del General Calixto García Iñiguez. El objetivo de alcanzar un triunfo expectacular como ese por la insurrección cubana se basaba en dos razones fundamentales.

La primera era el beneficio sicológico a la moral del movimiento independiente, con la propaganda positiva que se ofrecería a la opinión pública mundial. La muerte del Lugarteniente General Antonio Maceo a principios de diciembre del año anterior, había sido presentada por Madrid como prueba del fracaso final de la insurrección. La caída de Tunas en manos insurrectas demostraba por el contrario que la rebelión cubana no sólo estaba vigente, sino a la ofensiva.

La segunda razón era estratégica. Después de Santiago, Tunas era la plaza mejor defendida por las tropas peninsulares en la zona oriental. Su conquista daría la medida de la capacidad rebelde para ganar batallas mayores. Aunque los insurrectos de García no planeaban sostener Tunas indefinidamente, sabían que su reocupación por la colonia distraería muchas tropas y vituallas tan necesarias a los asediados españoles, requiriendo el envío de columnas reforzadas, que serían víctimas fáciles del contínuo hostigamiento de las fuerzas cubanas.

Es preciso recordar que en la zona oriental durante esa época el ejército español estaba embotellado en áreas urbanas mientras la insurrección era prácticamente dueña de todo el territorio rural, especialmente de noche. En 1898 el Almirante Pascual Cervera y Topete admitiría con honradez esa realidad en carta al Ministro de Marina español, aludiendo a una inminente intervención de Washington: “… una alianza con los insurrectos los pondría en posesión de los espléndidos puertos cubanos, quizás con la única excepción de La Habana y uno o dos más. Lo mejor sería evitar la guerra (con Estados Unidos) a cualquier precio…”

A diferencia de la campaña de movimiento con la que Máximo Gómez forzara a Weyler en la zona occidental, con contínuas marchas y contramarchas en las que se imponía el uso de la caballería ligera, la emboscada y la súbita carga al machete, García en Oriente podía usar sin límites a la Infantería, e incluso concentrarla. Para rendir Tunas el viejo insurrecto contaba además con un arma enteramente nueva para la insurrección: Artillería .

El uso sorpresivo de artillería por los cubanos fue un elemento decisivo en la batalla por Las Tunas. La otra carta de triunfo de García fue más irónica y sutil: el hambre de la propia tropa insurrecta.

La reconcentración ordenada por Weyler no había impedido que las tropas rebeldes se mantuvieran adecuadamente apertrechadas a través de los contínuos y audaces desembarcos de goletas y vapores “filibusteros” de la “Marina Insurrecta”. Aunque obstruccionada por el asedio de los “Pinkertons” al servicio de Madrid, la labor de transporte fue brillantemente organizada por héroes reales de nuestra independencia, tales como el norteamericano “Dynamite” Johnny O'Brien o el General Emilio Núñez (cariñosamente bautizado por la tropa como el “Almirante Mamendi”, en virtud de sus múltiples desembarcos, teniendo en su haber más de 50 expediciones exitosas).

Donde la despiadada estrategia del cruel mallorquín Weyler alcanzaba un cierto éxito era sólo en la despensa insurrecta. La devastación producida por la ausencia del campesinado se reflejaba en raciones reducidas para los alzados. Tanto el General “Listo”, como su flamante subalterno a cargo de la artillería, el diminuto guerrero oriundo de Ohio y entonces Mayor Frederick Funston, se encargaron de convencer a sus alzados que Tunas estaba repleta de alimentos necesarios a su supervivencia. Ciertamente en el Cuartelmaestre español de esa plaza sobraban los granos, las galletas y las conservas de jamones y chorizos.

Al amanecer del 28 de agosto de 1897 Funston preparó el primer lanzamiento de su cañón de dinamita “Sims-Dudley”, el que nunca en su vida había operado antes y el que sólo había visto disparar una vez en las afueras de New York, hacía más de un año. Funston, al igual que muchos de los soldados de García estaba hambreado, en harapos y sufriendo los estragos de la malaria.

Contra todas las dudas de muchos insurrectos, quienes prudentemente abrieron un espacio considerable entre ellos y la catapulta, el complicado “cañón de dinamita” lanzó su proyectil certeramente. Una explosión ensordecedora perforó la pared del cuartel de caballería, causando bajas y desconcierto entre la tropa colonial. El estampido fue inmediatamente celebrado con vítores por los atacantes, quienes en virtud del mismo redoblaban su moral combativa.

Esos vítores encontraron eco en la población civil de la sitiada Tunas, aumentando aún más la ventaja sicológica de los cubanos. Las otras baterías insurrectas, tres cañones de dos libras, inmediatamente abrieron fuego contra los fortines españoles y su maraña de alambre de púas. En cada brecha abierta por la metralla, la infantería cubana concentraba una contínua descarga de fusilería sobre los desconcertados españoles, quienes carentes de cobertura enfrentaban la ingrata disyuntiva de capitular o perecer.

La batalla de Las Tunas duró algo más de 72 horas, al cabo de las cuales las tropas peninsulares se entregaron en masa, sin recurrir al expediente protocolar castrense de izar una bandera blanca, evento que la oficialidad española no pudo evitar. Cuando el semidesnudo Funston, loco de hambre y negro de pólvora y tierra, encabezara la estampida de los mambises al saqueo de despensas que sólo habían producido hasta entonces los ranchos del Ejército Español en Tunas, el mundo tomó nota de que la República de Cuba era una realidad inevitable .

Fe de erratas.- Por más que tratemos de lograr la perfección, nunca en realidad podemos alcanzarla. Cuando en esta columna escribí sobre la “Cretinocracia Sudamericana” hice referencia a la “Guerra del Chaco”. Gran error, pues realmente me refería a la “Guerra del Pacífico” de 1879 y por ello pido las más humildes disculpas a los amables lectores. La llamada “Guerra del Chaco” se desató en 1932, en el área de ese nombre, culminando en 1935 con la derrota de Bolivia a manos de Paragüay. Tal como en la guerra del 79, Bolivia se vio forzada a ceder territorio . ¡Cuidado tenga el recién electo Evo, a la tercera puede ir la vencida!