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NELSON Y TRAFALGAR

Por Hugo J. Byrne, Los Angeles, California

En el decursar histórico se producen ciertos eventos de significado tan profundo que marcan pautas afectando casi todo cuanto sucede después de ellos, al cambiar radicalmente la veleta que indica la dirección del acontecer humano. El drama histórico se ha caracterizado por períodos de relativamente pocos cambios, jalonados por muy importantes acontecimientos que revolucionan y modifican todo.

A esos eventos se les podría comparar en términos físicos al mecanismo que abre o cierra una puerta en el destino del hombre sobre la tierra. Winston Churchill usó ese símil como título en uno de los tomos de su monumental análisis histórico sobre la Segunda Guerra Mundial y que le otorgara el Premio Nóbel de Literatura : "El gozne del destino". En ese volumen Churchill enfatizaba la importancia de 1941, año en el que Hitler decidiera que había llegado el momento preciso de invadir a la Unión Soviética y en el que Tojo ordenara atacar a Pearl Harbor.

En el idioma inglés tales acontecimientos históricos reciben con frecuencia el nombre literario de "watershed", lo que se traduce al castellano como "cuenca" o "línea divisoria de cauces en una corriente". En resumen, "watershed" es un punto elevado del terreno que provoca la división de una corriente de agua, la que es forzada a fluir

 

en dirección opuesta a la que hasta ese punto llevaba.

Nos acercamos a una de esas efemérides, el próximo 21 de octubre. En esa fecha se conmemoran 200 años de la batalla de Trafalgar, evento que marcara por siglo y medio la hegemonía británica sobre los océanos y anunciara la declinación de la estrella napoleónica en Europa, que era el centro del mundo en esa época.

Si ocurrió alguna vez un acontecimiento de resultados sorpresivos y consecuencias abrumadoras, ese fue Trafalgar. La escuadra británica no era cuantitativamente superior a la francoespañola, sino ligeramente inferior. Las agresivas tácticas empleadas por Horacio Nelson al atacar de frente a los francoespañoles eran completamente opuestas a la "inteligencia popular" marítima de la época. A diferencia de los acorazados que se enfrentaran en Jutlandia durante la Primera Guerra Mundial, o de todas las unidades de superficie en la Segunda, los "navíos de línea" de la época de la vela emplazaban la casi totalidad de su artillería en los costados de la nave, a través de múltiples "portas".

No hace falta ser un lince para compreder que quien tiene la ventaja en ese caso es el navío a la defensiva, que con su costado frente al enemigo, es capaz de lanzar una andanada tras otra a un atacante que se le aproxime. Quien ataca por el contrario, sólo puede esperar poder alcanzar la velocidad suficiente para llegar a situarse ante la proa o la popa del enemigo y así invertir su situación relativa con éste, antes de que el fuego lateral lo aniquile. Como puede fácilmente comprenderse, la velocidad en la época de la vela no podía ser controlada adecuadamente por la tripulación.

Lo que decidió el día para las fuerzas del Union Jack fue no solamente el factor sorpresa en una maniobra tan inesperada que lograra dividir en dos grupos confusos a la escuadra francoespañola combinada, sino la superioridad moral de los británicos. Esto no quiere decir que los francoespañoles fueran menos valerosos o marinos inferiores. El jefe supremo de la Flota napoleónica, Almirante Pierre Villeneuve, era un caudillo capaz y pundonoroso, quien unos meses después de su derrota cometiera abochornado la versión gala del Hara-Kiri. A sus órdenes se distinguieron líderes de la envergadura del Capitán Jean-Jaques Lucas y los españoles Dionisio Alcalá Galiano, Federico Graviña y Cosme Churruca, todos muertos heroicamente en Trafalgar.

La moral combativa británica no era solamente el resultado de un entrenamiento muy superior especialmente en el arte vital de la artillería naval, sino que se basaba en la devoción del pueblo inglés por su flota y en particular por el Almirante Horacio Nelson. Por su parte Nelson unía a su talento de caudillo naval la personificación del patriotismo y dedicación a un deber al que ya había ofrendado un ojo y su brazo derecho. El Almirante siempre peleaba en la primera línea y en Trafalgar obteniendo una victoria abrumadora, incurriría en el sacrificio supremo.

Un sentimiento muy diferente afectaba a la escuadra francoespañola combinada, cuyo mando era forzado por una alianza política carente de apoyo popular. La bisagra de la historia se lubrica con devoción y patriotismo.

Observemos las implicaciones históricas para nuestros tiempos en los 200 años desde Trafalgar. ¿Será capaz el Occidente de encarar con la seriedad y determinación necesarias el conflicto que el odio fanático a la libertad nos ha impuesto? ¿Entendemos o nó la lección de esa batalla ganada por la libertad en 1805? ¿Actuaremos consistentemente a la realidad infame que nos acecha? A juzgar por la posición abiertamente anti-norteamericana de una parte substancial de la prensa llamada del "main stream", la respuesta a esa interrogante puede que sea no. No sé hasta que punto la insidia diaria de esa prensa esté minando algunas de las ya deterioradas virtudes nacionales. Si la victoria total del enemigo asesino fuera el objetivo final del New York Times, Los Angeles Times, Boston Globe, Washington Post, Chicago Tribune, Time Magazine etc., no se manifestarían editorialmente de manera distinta.

¿Será el futuro del hombre al fin un paradigma de dignidad, o descenderemos a los confines corruptos del feudalismo islámico, de la mano del "populismo" socialista o del hedonismo irresponsable? ¿Estarán moviéndose de nuevo las puertas de bronce de la historia?