La preocupación por los hermanos perseguidos es una tradición cristiana ininterrumpida, que en el Vaticano se vive con intensidad y, al mismo tiempo, con conciencia de la complejidad del problema y preocupación por ayudar de modo que el remedio no sea peor que la enfermedad.

La persecución religiosa en países islámicos puede empeorar a veces por falta de denuncia exterior y otras por hacerlo de modo erróneo y contraproducente. El «martirio de la paciencia» que supuso lidiar durante medio siglo con la Unión Soviética y sus satélites sigue vivo respecto a China —el país de mayor persecución religiosa— y una docena de estados musulmanes cuyo respeto por los derechos humanos es prácticamente nulo.

Juan Pablo II llegó a visitar 24 países de mayoría musulmana que mantienen embajadores ante la Santa Sede. Con sus palabras y, sobre todo, con gestos de alcance histórico —como el encuentro con jóvenes musulmanes en el estadio de Casablanca o la visita a la mezquita de Damasco—, Juan Pablo II logró crear un clima más abierto hacia el cristianismo en muchos lugares, para rencor de los fanáticos que combaten no sólo a los cristianos, sino también a sus compatriotas musulmanes moderados, a quienes a veces detestan todavía más.

La siembra de violencia so capa de religión se ha llevado a cabo en las dos últimas décadas, sobre todo mediante el envío de predicadores que difunden por todo el mundo —y especialmente África— la versión wahabí del Islam con arrolladora financiación de Arabia Saudí. En paralelo, la lucha contra la URSS en Pakistán, contra los serbios en Bosnia, contra los rusos en Chechenia y contra los israelíes en Líbano y Palestina fue creando una estela de organizaciones en la que predominaba la política, pero que utilizaba la religión —en su versión fanática— como bandera para enrolar jóvenes idealistas y convertirlos en carne de cañón o de cinturón explosivo.

Sin derechos humanos

El resultado es que la hostilidad y el abuso contra los cristianos han aumentado en varios países musulmanes, que pisotean también los derechos humanos y políticos de sus «fieles», sobre todo de las mujeres, sin demostrar ningún interés en la más mínima apertura. El anterior vicario apostólico para la península Arábiga —que incluye los países del Golfo— señala que el margen de maniobra de los católicos ha mejorado en varios países, mientras que en Arabia Saudí —donde hay más de medio millón de cristianos— la situación «es como en las catacumbas».

Bernardo Gremoli recuerda que sólo se puede celebrar la misa dentro de las embajadas y que los católicos no pueden rezar en grupos ni siquiera en sus propias casas, mientras la policía religiosa, la «mutawa», reprime obsesivamente la menor desviación de las normas. En el Vaticano duelen, sobre todo, las leyes que condenan a muerte a los conversos al cristianismo en Arabia Saudí, Irán, Sudán, Mauritania y Yemen. En otros países los encarcelan, y desfogan contra los «apóstatas» una ira desmesurada.

Además, la presión familiar y social contra los convertidos al cristianismo es inmensa no sólo en África y Asia, sino también en Europa, hasta el punto de que cada vez hay más «cristianos secretos» dentro de la Unión Europea. Son musulmanes convertidos que no lo revelan para evitar la condena al ostracismo, mientras que los cristianos europeos convertidos al Islam suelen llegar a ser miembros destacados de sus nuevas comunidades.

Otro «termómetro» de la situación en el mundo es la lista anual de misioneros y misioneras mártires publicada por la Congregación vaticana para la Evangelización de los Pueblos. La cifra, que suele oscilar entre 20 y 30, fue de 25 en 2005, 15 en 2004 y 35 en 2003, con la mayoría de las víctimas en América y África, y sólo una pequeña parte en países islámicos.

Pero los indicadores más generales son los informes sobre libertad religiosa en el mundo que preparan cada año «Ayuda a la Iglesia Necesitada», Amnistía Internacional y el Departamento de Estado de EE.UU. Se refieren sobre todo a la situación en cada país, pues el verdadero número de víctimas es muy difícil de contar, ya que algunas persecuciones religiosas se entremezclan —a veces deliberadamente— con conflictos étnico-tribales o con luchas políticas.

En todo caso, el número de víctimas mortales se eleva cada año a decenas de miles en todo el mundo. Y la situación de Darfur, donde Sudán lleva a cabo un genocidio, es uno de esos ejemplos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por Juan Vicente Boo, Roma, Italia Enviado por Felix J. Hernández, Francia

Las persecuciones más sangrientas contra el cristianismo en 2,000 años de historia no fueron las de los emperadores romanos, sino las del comunismo en el siglo XX: en 100 años, el número de personas que perdieron la vida por su fe superó a todas las víctimas de los 19 siglos anteriores. Algo similar sucede con la libertad religiosa: el último siglo ha supuesto un paso atrás, y se ha cerrado con una situación más intolerante y opresiva para casi una quinta parte de los habitantes del planeta.

Una sombría realidad que se prolonga en el presente. La vida de los cristianos en numerosos países musulmanes es penosa, con situaciones muy graves en Arabia Saudí, Sudán, Pakistán, Nigeria e Indonesia, mientras el panorama es cada vez más negro en Irak y Palestina, que sufre un tremendo éxodo forzado de católicos, hasta el punto de poner en peligro de desaparición comunidades cristianas fundadas por Jesucristo y que habían sobrevivido a 2.000 años de avatares históricos.

CRISTIANOS. PERSEGUIDOS EN EL ISLAM