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Por Ana León, Marzo 31, 2021

LA HABANA, Cuba.- De cada diez cubanos que se desempeñan como cuidadores, seis son mujeres. Este dato, y varios otros de interés para comprender el alcance real de las transformaciones sobrevenidas con el proceso revolucionario, aparecen en el documental “Ellas… sus cuidados y cuidadoras”, del proyecto “Palomas”, dirigido por la realizadora Lizette Vila. El audiovisual, filmado en el año 2020, estrenado el pasado 15 de

 

marzo y disponible en la plataforma YouTube, expone la vida cotidiana de mujeres cuidadoras procedentes de diversos entornos sociales, sin distinción de edad, nivel académico, identidad de género o poder adquisitivo.

Las entrevistadas comparten la responsabilidad, impuesta por siglos de patriarcado, de ocuparse de los miembros vulnerables de la familia aun en detrimento de su realización personal, independencia financiera e incluso su salud física y mental. Las arduas circunstancias en que desarrollan sus labores, salvo cuestiones específicas de cada caso, son iguales para todas, pues se trata de proveer, proteger y sobrevivir en un sistema donde los programas sociales se hallan muy lejos de satisfacer las necesidades de un segmento de población cada vez más amplio que no puede valerse por sí mismo, y aún sin desearlo arrastra en su invalidez a sus protectores.

Son historias desgarradoras que asoman a la luz como un llamado de auxilio, dejando una profunda sensación de desamparo y tristeza, con más preguntas que respuestas, y más temores que soluciones. Los cubanos mayores de 60 años representan poco más del 20% de la población, un crecimiento pronosticado desde la década de 1990, en atención al cual debieron haberse implementado anticipadamente programas sociales y normas jurídicas idóneas para apoyar a las personas obligadas a cambiar sus vidas de manera radical para atender a familiares inhabilitados por la edad o algún padecimiento.

Si bien el documental elude las razones fundamentales que convierten la tarea de los cuidadores cubanos en un infierno, es un producto audiovisual muy logrado, entre otras cosas, por lo que puede leerse entre líneas. El gobierno de la Isla, que no ha logrado mantener el sistema de salud pública al abrigo del caos, es incapaz de garantizar el suministro regular de insumos básicos para impedir, o al menos aliviar, el desgaste físico y psicológico al que están sometidos los cuidadores.

En un contexto socioeconómico hostil, convertirse en cuidador equivale prácticamente a hundirse en la pobreza. La emigración constante de generaciones más jóvenes ha fragmentado el sistema de apoyo necesario para atender a un anciano o discapacitado de forma adecuada; mientras que la ausencia y consecuente encarecimiento de los artículos de primera necesidad —alimentos, pañales, medicinas, andadores, sillas de ruedas— provocan que el máximo esfuerzo se trastoque en una frustrante imposibilidad de cumplir con el deber moral de retribuir a nuestros mayores los cuidados que nos prodigaron.

Hacer colas de media jornada, lavar pañales de tela a falta de culeros desechables, cocinar con prisas para que la persona atendida coma a su hora, alimentarse poco y mal, posponer el cuidado de la propia salud para no restarle horas a una labor de tiempo completo, son actividades que conforman la rutina de las cuidadoras y las colocan en riesgo tanto a ellas como a sus dependientes; sin que el estado se digne a evaluar el problema en su justa dimensión y gravedad.

No se ha avanzado mucho en materia de inclusión y protección a los más vulnerables si una madre ciega por causa de una negligencia médica ha tenido que criar a sus dos hijos prácticamente sola, lavando a mano, sin una cocina decente para poder preparar con un mínimo de comodidad el poco alimento que se puede conseguir a costa de un esfuerzo inimaginable. No se ha pensado lo suficiente en las dificultades que atraviesan los ancianos cuando una jubilada con una chequera de 300 pesos tuvo que depender de la ayuda de sus vecinos para comprar una silla de ruedas, por un valor de 475 pesos, para su esposo incapacitado.

Es impúdico ufanarse de la Revolución cuando en 62 años no se han creado las condiciones para sobrellevar con dignidad el ocaso de la vida. No puede hablarse con ánimo victorioso de los derechos de la mujer solo porque un número significativo de cubanas sean universitarias y gocen de igual acceso a oportunidades profesionales que los hombres. Esa autonomía de la que tanto se enorgullece el discurso oficialista queda anulada apenas los padres envejecen o enferman, pues su cuidado, salvo raras excepciones, recae sobre la mujer, una responsabilidad que se asume le toca por tradición.

“Ellas… sus cuidados y cuidadoras” pone bajo la lupa, en el tono de denuncia pasiva y despolitizada que admite el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), la violación de los derechos humanos constatable en la persistencia de la desigualdad, la discriminación y la ausencia de socorro a quienes constituyen el verdadero pilar de una Cuba que envejece, y que en el contexto de la pandemia se ha revelado aún más dependiente de las remesas y de un sistema de relaciones personales que sin ser suficiente contribuye a aliviar la carga de quienes se ven en la terrible situación de cuidar a otro ser humano sin medios para hacerlo, en un país donde salarios, pensiones de la Seguridad Social y jubilaciones son evidencias rampantes del fracaso político.

Aunque el gobierno asegure que nadie quedará desamparado, las cuidadoras y sus dependientes no sobreviven gracias a las “conquistas sociales” de la Revolución, cuya máxima prestación por concepto de Seguridad Social tras el inicio de la Tarea Ordenamiento asciende a 1733 pesos mensuales, que se esfuman en una economía dolarizada. Las cuidadoras dependen de la solidaridad de amigos dentro y fuera de la Isla; de familiares dispuestos a compartir el agobio; de los vecinos que acuden en un momento de urgencia; o de la resiliencia individual que nace del amor, la Fe, y en muchos casos, la desesperación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sostenimiento de estos patrones que durante los primeros treinta años de la Revolución alcanzaron una calidad notable, hizo que Cuba, país subdesarrollado y marcado por una tensa relación con Estados Unidos, generara admiración en todo el mundo; a la par que sirvió al dictador Fidel Castro como pretexto para justificar el férreo control que mantenía sobre el pueblo y la implacable persecución contra todo lo que oliera a disidencia política, cuyo único objetivo, según él, era revertir los “logros de la Revolución” para hundir de nuevo a Cuba en la dependencia neocolonial.

Con la caída del bloque del Este y la profunda crisis económica que azotó al país, la salud y la educación sufrieron un dramático descenso en términos de calidad. Aunque continúan siendo gratuitos y universales de manera oficial, el acelerado aumento de las desigualdades sociales y económicas, la cantidad de población que ha quedado por debajo de la línea de la pobreza, y los parcos salarios que devengan los trabajadores sea cual sea su calificación, han abierto brechas enormes en la concepción igualitaria sobre la cual se basa el sistema político cubano.

Todo ello ha derivado, casi de forma espontánea, hacia un escenario socioeconómico en el cual las personas con ingresos por encima de la media pueden asegurar mejores escuelas para sus hijos y garantizar el rápido acceso a servicios médicos de calidad, que incluyen atención personalizada por parte de los especialistas. Tales diferencias impactan directamente sobre la infancia, y si bien Cuba se halla todavía lejos de la terrible situación de muchos países donde la explotación y el trabajo infantil son prácticas comunes, lo cierto es que cada día más niños y niñas nacen en el seno de hogares empobrecidos, donde priman los bajos ingresos, el hacinamiento, la insalubridad y el maltrato.

Las últimas estadísticas publicadas por la UNICEF sobre el estado de la infancia en Cuba datan de 2012 y presentan información incompleta. A ello habría que sumarle la manipulación del índice de pobreza por parte del régimen y su reluctancia a que organismos internacionales evalúen de forma presencial el verdadero alcance de la justicia social en la Isla.

Según varios especialistas, la mitad de la población cubana vive en la pobreza. En los últimos diez años ha crecido exponencialmente el número de afectados por el deterioro del fondo habitacional, el acceso irregular a agua potable, la constante disminución del poder adquisitivo frente al incremento de la inflación —multiplicada en la actualidad por la Tarea Ordenamiento—, y la imposibilidad de mejorar sus expectativas en un país donde todos los recursos están controlados por el Estado.

La gravedad de los problemas acumulados ha influido negativamente en el índice de natalidad, toda vez que las mujeres no desean tener hijos en un contexto marcado por limitaciones materiales crecientes y de todo tipo. El empecinamiento en un modelo político ineficiente ha terminado por afectar a quienes dedicaron su vida a la construcción del proyecto socialista, sembrando la desconfianza en los jóvenes que no encuentran inspiración en la experiencia de sus mayores. La crisis de los ancianos es la prueba más contundente del fracaso del sistema adoptado hace sesenta años; mientras que la infancia transcurre cada día más desprotegida ante el avance de un capitalismo tropical rudimentario, disfrazado de igualdad, que acentúa las diferencias por motivos de raza, poder económico y condición social.

El incremento de la miseria ha traído como consecuencia la proliferación de entornos que ofrecen escasas perspectivas a los niños. Dicha singularidad, añadida al adoctrinamiento que desde 1959 reemplazó a la educación integral, atenta contra la realización personal de las nuevas generaciones, que una vez alcanzada la etapa juvenil se plantean la emigración como solución permanente a sus problemas.

En el contexto signado por la pandemia de Covid-19 ha aumentado el número de adolescentes tempranos que realizan algún trabajo para contribuir a la economía familiar, particularmente el acarreo de productos agrícolas o materiales de construcción. Por otro lado, el confinamiento impuesto por el régimen ha dejado huellas psicológicas en infantes que permanecen todo el día encerrados, en espacios reducidos y sin recibir suficiente atención por parte de adultos demasiado ocupados en forrajear alimentos y productos de primera necesidad que garanticen la supervivencia familiar.

De acuerdo a los estándares de UNICEF, Cuba figura entre las naciones menos injustas en tanto garantiza el acceso gratuito a servicios imprescindibles para la vida y el desarrollo de los ciudadanos. Sin embargo, las políticas de protección se han revelado insuficientes debido a la improductividad de la economía y la miopía de los dirigentes.

La justicia social existe solo en la abundante propaganda pagada por el castrismo. Tras seis décadas de un sistema de partido único que desde el principio se arrogó arbitrariamente el derecho de determinar el destino de millones, Cuba no ha ido más allá de la repartición igualitaria de la pobreza. El voluntarismo político y la falta de objetividad en las decisiones económicas que impactan de manera directa en la población, han creado un país sin libertades civiles, muy rudo para los grupos vulnerables, donde miles de ancianos sucumben en la indigencia y otros tantos niños crecen en ambientes hostiles que trastornan su percepción de la vida y el futuro.

 

El verdadero pilar de una Cuba que envejece