Por Dora Amador, El Nuevo Herald, marzo 2, enviado por Paul Echániz, N.Y.

Ya la luna ha salido y la fragancia del Galán de Noche se me adentra tan pronto abro la puerta. Hemos terminado de comer y de fregar, salgo y atravieso el patio para botar la basura, sobras de comida y desechos de nuestra vida vivida en abundancia. A veces no regreso en seguida a la casa, me quedo caminando por allí, mirando las plantas que he sembrado y que ya han crecido: Flamboyanes Enanos, una mata de limones --siempre queriendo recrear el limonero de mi casa infantil, que iluminaba también la luna--, Jazmines, Uvas Caletas, flores de distintos tipos, mantos, malangas grandes y pequeñas, enredaderas, las hierbas --nada como regarlas al anochecer y oler el Romerillo, la Hierba Buena, el Orégano, la Albahaca, la tierra mojada. Alzar los ojos para ver si capturamos algunas estrellas. Pero la luna no se hace buscar, allí está: plena. Oigo ciertos ruidos de la noche que extraño de veras en esta vida nuestra de aire acondicionado y encierro: el misterioso sonido del viento que mueve las ramas, a veces parece agua cayendo en cascada; oigo voces o música lejana, y chicharras. Aseguro que a veces he sentido el aroma del campo cubano.

El día reciente en que sucedió lo que aquí voy a narrar había visto por la tarde la

película Volver, de Pedro Almodóvar. Y todavía repetía en mi mente el inolvidable tango, magistralmente aflamencado por Estrella Morente con rostro de Penélope Cruz.

A mi madre la fascinaban los tangos, lamento no haber puesto en su velorio el tango Uno, su favorito, cantado por Gardel. Uno de los recuerdos más vivos y queridos que tengo de ella es verla y escucharla cantar tangos: Volver, Uno, Caminito, El Día que me Quieras, Cuesta abajo, Madre Selva, siempre pensando en mi padre, a quien nunca dejó de amar.

¿Y él? Creo que en el fondo tampoco, aunque la dejó por otra mujer, y a ésa la dejó por otras. Qué relación la de mis padres. Se casaron tres veces, yo fui fruto del tercer matrimonio, que también acabó en divorcio. Cuando salí de Cuba viví con él y mi madrastra dos años.

Recuerdo que en la fiesta de mis quince mi padre quiso que bailáramos Petit Fleur, que era una de las canciones favoritas de mi madre. A los pocos meses llegó ella en el último barco que zarpó de Cuba, aquél de la Cruz Roja repleto de cubanos cambiados por medicinas, y me fui con ella, era julio de 1963. Ya ambos están muertos, enterrados en diferentes cementerios de Miami.

"Yo adivino el parpadeo

de las luces que a lo lejos

van marcando mi retorno...

Son las mismas que alumbraron

con sus pálidos reflejos

hondas horas de dolor.

 

Y aunque no quise el regreso,

siempre se vuelve al primer amor.

La vieja calle donde el eco dijo

tuya es su vida, tuyo es su querer,

bajo el burlón mirar de las estrellas

que con indiferencia hoy me ven volver...

Volver... con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien...

Sentir... que es un soplo la vida,

que veinte años no es nada, que febril la mirada,

errante en las sombras,

te busca y te nombra.

 

Vivir... con el alma aferrada

a un dulce recuerdo

que lloro otra vez...

Tengo miedo del encuentro

con el pasado que vuelve

a enfrentarse con mi vida...

Tengo miedo de las noches

que pobladas de recuerdos

encadenan mi soñar...

Pero el viajero que huye

tarde o temprano detiene su andar...

Y aunque el olvido, que todo destruye,

haya matado mi vieja ilusión,

guardo escondida una esperanza humilde

que es toda la fortuna de mi corazón".

Así, tarareando el tango una de esas noches de rutina, pero marcadamente vulnerada por el filme de Almodóvar, la brisa, la noche, entré a la casa y me senté a ver los dos programas imprescindibles de Miami que se transmiten a la misma hora: A Mano Limpia, por el Canal 41, y Polos Opuestos, por el 22.

Depende del tema y de los entrevistados, siempre elijo uno de los dos, pero van en aumento las ocasiones en que tengo que hacer uso del TiVo y grabar uno mientras veo el otro para no perderme ninguno.

Hablo de la noche que Oscar Haza presentó fragmentos del documental El Arte Nuevo de Hacer Ruinas, del alemán Florian Borchmeyer, sobre la ciudad de La Habana, y María Elvira Salazar presentó fotos de los hijos de Fidel Castro en Varadero.

Estática ante la pantalla, pensé que este documental y estas fotos es a la ciudad de La Habana y al pueblo cubano lo que a la psiquis nacional el ensayo del escritor Dagoberto Valdés El daño antropológico en Cuba.

Soy parte de esa nación dañada, y si Dios lo quiere como lo quiero yo, tan pronto caiga la Dictadura me voy a vivir a Cuba. Es lo que he estado esperando hace 46 años: Volver.

 

 

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