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y el gobierno benefactor en concordancia con su radical ideología de izquierda. Obama y su partido pusieron entonces sus esperanzas en la elección casi asegurada de Hillary Clinton.

Pero se encontraron con el fenómeno de un Donald Trump que fue capaz de canalizar las ansias de redención de una ciudanía ignorada por ambos partidos durante más de un cuarto de siglo.

El terremoto del 8 de noviembre del 2016 fue un giro de 180 grados hacia la América tradicional de valores espirituales, puso freno a una carrera desenfrenada hacia una América secular y materialista y destruyó las estructuras del Partido Demócrata. Con la derrota de Hillary Clinton y la falta de figuras que la sustituyan como abanderada del partido, el 'Mesías' Barack Obama se ha impuesto la misión de rescatarlo del abismo en que él mismo lo ha hundido. Por eso ha creado un cuartel general de la intriga y el obstruccionismo a sólo 13 minutos de la Casa Blanca.

Para Barack Obama hay dos Américas, la ilustrada y compasiva que él sigue presidiendo aunque sus políticas hayan sido rechazadas y la ignorante y egoísta que preside Donald Trump que ganó unas elecciones de trascendencia y proporciones históricas.

Desde su cuartel del barrio de Kalorama en Washington, Obama y su gemela ideológica Valerie Jarrett, quien se ha mudado a la residencia de manera permanente, manipulan los hilos de la resistencia beligerante al gobierno de Trump. Han instruido a los Demócratas del Senado que dilaten al máximo la confirmación de miembros del nuevo gabinete, cuentan con los infiltrados que dejaron atrás para que filtren informaciones secretas sobre las medidas del actual gobierno y promueven la farsa de la manipulación de las elecciones por el gobierno ruso. El objetivo obvio es negarle legitimidad, restarle popularidad y provocar a Donald Trump a que se salga de su agenda y cometa errores que descarrilen su plan de restaurar la grandeza de la América odiada por la izquierda. Una especie de 'golpe de estado' incruento que Obama y sus apandillados trataron de mantener en silencio.

Pero, para infortunio de Obama, Trump no es un político tradicional que mantiene la compostura y guarda silencio ante los ataques arteros. Donald Trump no es George W. Bush que nunca contestó los insultos del maledicente "organizador comunitario". Este Presidente hizo fortuna en un mundo competitivo, se enfrentó a experimentados dirigentes sindicales y supo confraternizar con obreros curtidos en la industria de la construcción. Sabe de la importancia de confrontar retos y parar en seco a los "guapos de barrio".

Y eso es precisamente lo que hizo Donald Trump cuando en horas de la madrugada del sábado 4 de marzo acusó a Barck Obama de espiar el contenido de sus conversaciones telefónicas en el curso de la campaña electoral.

Utilizando su instrumento favorito para neutralizar la parcialidad manifiesta de los tradicionales medios de prensa, Donald Trump tweetió: "¡Terrible! Me acabo de enterar de que Obama intervino mis líneas telefónicas en la Torre Trump, poco antes de mi victoria. No encontró nada. ¡Esto es macartismo".

En otro tweet escribió: "A qué nivel tan bajo cayó Obama cuando intervino mis líneas telefónicas durante el sagrado proceso electoral. Este es Nixon en el Watergate. Muy malo, un tipo enfermo. ¿Es legal que un presidente en funciones intervenga las líneas telefónicas de un candidato a la presidencia? Fue rechazado por un tribunal anterior. ¡Una bajeza mayúscula!". Con esto Trump combatió el fuego con el fuego. La "contracandela" que utilizaba mi abuelo para detener el incendio en sus campos de caña.

En su comentario sobre el rechazo de un tribunal, Trump se refirió al organismo judicial conocido como FISA Court (Foreign Intelligence Surveillance Court). El mismo fue creado por el Congreso de los Estados Unidos y, con el tiempo, ha adquirido poderes casi tan grandes como los del Tribunal Supremo. Su misión es recibir solicitudes de investigación de espías extranjeros dentro de los Estados Unidos. Dichas solicitudes son hechas casi exclusivamente por la Agencia Nacional de Seguridad, la Agencia Central de Inteligencia y el Buró Federal de Investigaciones.

Según la editora de Heat Street, Louise Mensch, así como según informes del rotativo londinense The Guardian, "fuentes con nexos en la comunidad de contra inteligencia" confirmaron el día antes de las elecciones de noviembre que la FISA Court había accedido a la solicitud en octubre, después de haberla negado con anterioridad en el mes de junio.

Al llegar a esta encrucijada cabe preguntarnos si es casualidad o conspiración el hecho de que los tres jefes de las mencionadas agencias hayan sido nombrados por Barack Obama. Sobre todo que, dos de ellos, James Clapper de la Agencia Nacional de Seguridad y John Brennan, de la CIA, habían expresado una hostilidad abierta a Donald Trump en el curso de la campaña electoral. Que los tres, en este caso incluyendo a James Comey del FBI, habían alterado sus informes de inteligencia sobre el peligro del terrorismo islámico para acomodarlos a los objetivos políticos de Barack Obama.

Esta conducta fue denunciada en aquel momento por el General Michael Flynn, a la sazón Director de la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa. Más tarde le pasaron la cuenta cuando lo obligaron a renunciar a su cargo en el gobierno de Trump filtrando a la prensa cómplice sus conversaciones telefónicas con el embajador ruso. Esta filtración es un delito federal cuyo autor debe de ser castigado con severidad.

Yo no creo en casualidades y mucho menos en un deporte tan brutal como ha demostrado ser la política de los Estados Unidos en estos tiempos de odio racial y turbulencia ideológica alimentados por el racista solapado e ideólogo fanático que es Barack Obama. Las filtraciones recientes que se han producido en la Casa Blanca de Trump no tienen otro origen lógico que el interés de Barack Obama y sus coconspiradores de descarrilar al actual gobierno.

Todo ello, a pesar de saber que su campaña de descrédito de las elecciones que Trump ganó en buena lid está basada en una mentira. Hasta The New York Times, a la vanguardia de la prensa que descalifica a Trump, ha admitido que no existe prueba alguna de una colaboración entre Rusia y la campaña política del magnate inmobiliario. Lo mismo han admitido bajo juramento ante el congreso los tres jinetes apocalípticos Clapper, Brennan y Comey.

El cuarto y principal es el sigiloso y ensañado Barack Obama. Hasta un escéptico de la hipótesis de la conspiración como el comentarista de Fox News, Charles Krauthammer, se ha referido a estos hechos como "La revancha de los perdedores".

Independientemente del desenlace de la contraofensiva desatada por Donald Trump una cosa es cierta: ha parado en seco y puesto al descubierto el plan siniestro y delincuencia para destruir su gobierno. Ha sacado de la sombra a sus enemigos y los ha puesto a la defensiva.

Ahora tiene que dejar al Congreso hacer una investigación exhaustiva de sus acusaciones. Ya se habla de incorporarlas a la actual investigación sobre la posible interferencia rusa en las recientes elecciones presidenciales. De esta manera, demócratas y republicanos tendrán que probar la veracidad de sus acusaciones. Trump abrió una nueva vía en esta confrontación totalmente improductiva para el pueblo norteamericano. El pueblo que eligió a Donald Trump el pasado mes de noviembre y que, dentro de dos años, emitirá de nuevo su veredicto en las parciales del 2018.

Ese pueblo no lo juzgará por su dialéctica para la defensa sino por su obra de gobierno. Su capacidad para poner en marcha su agenda de crear un programa de salud justo y asequible para todos los ciudadanos, proteger la seguridad nacional, multiplicar los empleos, estimular la economía, instaurar una sistema educativo eficiente, llevar esperanza a los barrios menesterosos y reconstruir la depauperada red de caminos, aeropuertos y puertos del país. Su éxito en estos campos le dará la victoria sobre quienes tratan de destruirlo. Lo demás es una pérdida de tiempo.

 

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TRUMP FRUSTRA EL 'GOLPE DE ESTADO' DE OBAMA

CEPERO
Miami, marzo 8

El 20 de enero pasado Donald Trump prestó juramento como el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos y, según la tradición, se suponía que Barack Obama se retirara a la vida privada como un ciudadano más entre los 300 y tantos millones de habitantes de este país. Pero ese no fue el plan del frustrado "organizador comunitario" que en sus ocho años de gobierno fue incapaz de instaurar el estado todopoderoso