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Por Alberto Méndez Castelló, Cubanet.org, Juio 19, 2021

LA TUNAS, Cuba.- Tipificando crimen de lesa humanidad cual aquella “Noche de los Cristales Rotos” fascista, la imagen de la batalla deshonrosa y chapuceramente perdida por el régimen castrocomunista de La Habana frente al grupo Archipiélago, la Marcha Cívica por el Cambio y específicamente contra una persona en solitario, el dramaturgo Yunior

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

García Aguilera, aunque al final abdicó yéndose a España, le ha dado la vuelta al mundo.

Por reiteración de los rasgos interrelacionados de los regímenes totalitarios, —la ideología, el partido único, la policía terrorista, el monopolio de las comunicaciones, de las armas y de la economía de dirección centralizada— la imagen prueba que, lo que un día llamamos “revolución cubana”, devino ramplona dictadura de “la nueva clase” según conceptuó a esos clanes Milovan Djilas en los años 50 del siglo pasado.

La fotografía del más reciente descalabro castrocomunista —no puede decirse que el último porque ya las torpezas como desacreditar a la agencia EFE se producen una tras otra— mostraron una ventana con una rosa blanca, tras ella Yunior, y colgado de la persiana cual el cadáver de un linchado, un cartel que dice, “me tienen bloqueado”.

Las imágenes del pogromo, —del linchamiento político— de sus adversarios en lo que eufemísticamente el totalitarismo castrocomunista llama “actos de repudio”, esta vez sirvieron por efecto bumerang para que el régimen recibiera la repulsa universal cuando valiéndose del odio, la manipulación y el uso y abuso de todos los poderes del Estado, agredió a ciudadanos indefensos, y en el caso de Yunior García, a un hombre solo. Así el gobierno mostró la fragilidad política del comunismo en Cuba, y el inicio de su derrota este 14 de noviembre, sin importar la decisión del dramaturgo de salir de Cuba, que, en este caso, implica su credibilidad personal, no la de los convocados.

De tal suerte, precisa una explicación urgente desde el punto de vista de las ciencias y no meramente opinativo, cómo empleando además de los ya conocidos métodos de coerción —política, social, económica, policial o jurídica—, el militarismo castrocomunista construye “consensos” de muchedumbres para manipular y privar de libertad a la sociedad cubana.

En criminología, muy temprano allá en el siglo XIX, ya se describía a las muchedumbres como grupos irracionales y criminales; pero si una acción o reacción puede producirse por espontaneidad en grupos informales, no sucede lo mismo en sociedades cerradas, entiéndase bajo control totalitario, donde lo espontáneo va de la mano de la propaganda y del discurso oficial.

El Partido Comunista de Cuba (PCC), con sus fuerzas militares, policiales, parapoliciales y su sistema jurídico, aunados al control ejercido por los llamados “factores de la comunidad”, entiéndase el llamado “Poder Popular”, los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y hasta una organización para niños, la Unión de Pioneros de Cuba, cuyo lema es el consabido “pioneros por el comunismo, seremos como el Che”, empleando todos los medios de comunicación, inoculan en la sociedad cubana y en el mundo lo que en psicología social y operativa se conceptúa como el falso consenso.

El mundo vio como fueron los “factores de la comunidad” y no fiscales, jueces ni policías, —aunque sí con la anuencias de ellos— quienes se presentaron a la puerta de Yunior García para advertirle que no le permitirían salir de su casa para ir por las calles de su país, con una rosa blanca en la mano, simbolizando lo que a él le viniera en ganas sin llegar al ultraje, porque, se suponía… que, viviendo en un mundo civilizado y trascurridos 21 años del siglo XXI, es de cavernícolas pretender moldear el cerebro de las personas como si de arcilla se tratara.

¡Sí, no os asombréis!, así con esos moldes funciona el totalitarismo. Quedó demostrado por el fascismo y así todavía hoy lo aplica el castrocomunismo en Cuba: el individuo en masa dejó de serlo transformándose en sujeto que traspasa su “ideal del yo” al “ideal del líder”; así, el “ideal de masa” pasa a ser el “ideal del líder”. En contraposición a lo que Gustave Le Bon definió como “alma colectiva”, esa delegación del ideal propio al de masas, y del ideal de masas al de un líder, o al de un clan, Sigmund Freud lo comparó con un “inconsciente colectivo”.

Pero, ¡cuidado! aunque Yunior García fuera según él “quebrado”, un individuo, una sociedad, o un grupo en estado de “inconsciencia colectiva” un día puede salir del letargo. Los psicólogos sociales llaman sesgo cognitivo o predisposiciones cognitivas a las alteraciones en la mente humana difíciles de solucionar, sí, que llevan a una distorsión de la realidad por deficiente procesamiento de la información. Aun así, si alguien sobreestima el grado de consenso que sus semejantes tienen con ellos, incurren en predisposiciones, en tendencias, supuestamente conocedoras, pero que, en realidad, son efectos del falso consenso.

En la toma de decisiones de cualquier proceso de dirección, ya sea operativo, administrativo, doméstico o presidencial, el “sesgo del falso consenso”, psicológicamente hablando, lleva a la ilusión de control, que es la sobreestimación de la influencia real, creyéndose que puede controlarse, o al menos influir en resultados que, obviamente, están fuera de control.

Pese a la arquitectura del consenso castrocomunista, el “sesgo del falso consenso” está a la vista; lo vemos en los barrios, cuando salvo los “factores de la comunidad” ya ningún cubano se presta para agredir a su vecino y el régimen debe realizar sus “actos de repudio” con personas conducidas mediante chantaje político-laboral, esto es, utilizando empleados estatales o trabajadores por cuenta propia coaccionados, en sí, arribistas que van contra el derecho ajeno con tal de mantener sus negocios, públicos o privados.

Y esa es la batalla perdida del castrocomunismo: la ilusión de control. Perfectamente saben que su influencia real es sobreestimada. El régimen conoce que sin el uso de la fuerza puede perder el poder de la noche a la mañana. Esa razón y al precio de quedar en ridículo —como quedó— lo hizo encerrar a Yunior García en su casa, aunque luego saliera huyendo. Un hombre libre caminando con una rosa blanca en la mano por las calles de La Habana era un riesgo cierto: el peligro de que millones de cubanos fueran tras él por todo el archipiélago y concluyera el comunismo en Cuba. Cierto. Yunior huyó y a fin de cuentas no tenemos claro como salió de Cuba. Pero de lo que no hay dudas y el régimen lo sabe es que los miles de cubanos que se manifestaron el 11J hoy están multiplicados en sus familias, en sus amigos, y en todos los que amamos la libertad y despreciamos las dictaduras.

La batalla perdida del castrocomunismo