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Por Alberto Méndez Castelló, Cubanet.org, Marzo 31, 2021

LAS TUNAS, Cuba. ─ Ejerciendo su derecho de libre expresión, negado y criminalizado en Cuba por orden del Fidel Castro ─recordemos aquella sentencia que decía “dentro de la revolución: todo; contra la revolución ningún derecho”─, manifestantes dirigidos, orientados o influenciados por el régimen de La Habana pidieron este fin de semana en varias ciudades del mundo el cese del embargo a la Isla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Promulgado en 1962 como orden ejecutiva del presidente John F. Kennedy, y luego aprobada en 1996 como ley por el Congreso de Estados Unidos, el embargo ─que ahora activistas confundidos, oportunistas y castrocomunistas convencidos piden a Joe Biden levantar─ tuvo su origen en la violación de derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales no sólo de cubanos y extranjeros residentes en Cuba, sino también de ciudadanos de países vecinos, amenazados por las políticas expansionistas de La Habana.

La instauración del embargo también fue una respuesta a los intereses geoestratégicos de adversarios de Estados Unidos, como la extinta Unión Soviética (URSS), que hizo de Cuba una base de misiles nucleares apuntando a suelo estadounidense.

En suma, la Ley de libertad y solidaridad democrática con Cuba de 1996, o Ley Helms-Burton, es un abanico de leyes con el propósito de establecer la democracia en Cuba. Dicho de otro modo: es un muro de contención a la expansión del castrocomunismo como el régimen violador de derechos humanos.

Dije “régimen violador de derechos humanos”, y para sostener esa afirmación sólo voy a relatar un ejemplo, ocurrido, precisamente, el pasado sábado en Puerto Padre, justo cuando en diversas ciudades del mundo, pedían a Biden levantar “el bloqueo a Cuba”.

“Usted estaba tomando fotos con el celular, y eso es (penado con) cárcel”, dijo un suboficial del Ministerio del Interior a una mujer en una cola frente a la Casa Farah, una tienda que, en el colmo del apartheid-político, vende equipos electrodomésticos como otras tantas tiendas venden mercancías por toda Cuba sólo a los cubanos que tienen dólares.

Imaginen los activistas castrocomunistas o los que utilizados por los castrocomunistas se manifestaron de buena fe en diversas ciudades del mundo que un policía se les hubiera encimado diciéndole: “Usted estaba tomando fotos con el celular, y eso es cárcel”.

Como consecuencia del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 que generó un estado de violencia en Cuba, desde el 1ro de enero de 1959 y hasta el día de hoy ha habido muchísimos cambios en Cuba; pero todas esas transformaciones, muchas obligadas por crisis económicas como la actual, han tenido un único objetivo: mantener el militarismo castrocomunista en el poder.

Así, ocurrieron transformaciones como las ocurridas en el campo cubano, donde el Estado ─ese clan uniformado gobernando por decreto─ eliminó el latifundio particular erigiéndose en latifundismo estatal que, a la fuerza, hizo “proletario” al hombre rural haciendo llamar al agricultor “obrero agrícola”.

De esta forma, en Cuba dejamos de tener carne, leche, frijoles, arroz, plátanos, mangos y toda suerte de frutas, porque sabido es que un “obrero agrícola” no es un agricultor. Tampoco producimos “un vaso de leche para todo el que quiera tomárselo”, como admitió el propio Raúl Castro,  quien, en otro rapto de sinceridad, también llegó a decir que estábamos “comiéndonos los mangos que sembraron nuestros abuelos”.

Si, yendo contra la letra de la Ley de libertad y solidaridad democrática con Cuba, el Congreso de Estados Unidos eliminara el embargo sin conseguir los objetivos que determinaron esa ley, millones de dólares entrarían a las arcas del militarismo castrocomunista y con ese capital físico y en inversiones, ellos conseguirían:

  1. Seguir el camino del socialismo y con él el sostenimiento de una burocracia parásita y culturalmente inculta.
  2. Proseguir sin la menor discusión con el liderazgo impuesto del Partido Comunista y con todas las violaciones de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, no sólo de los cubanos, residentes y emigrados, sino también de naciones vecinas a la que trasladarían, como método de influencia, “el haber derrotado al imperialismo yanqui”.
  3. Mantener la llamada “dictadura del proletariado” sobre el pueblo cubano y, con ese poder dictatorial, incentivar figuras de apartheid-político como “las calles son de los revolucionarios”, las “universidades son para los revolucionarios”, o como la que inculcan a los niños desde la más tierna edad, “pioneros por el comunismo, seremos como el Che”.

Todo ese discurso marcaría la continuidad de estereotipos o categorías sociales segregacionistas; frases que, más que retóricas, han constituido y constituyen hechos concretos de segregación, forzando, a través de más de medio siglo, una diáspora de cientos de miles de cubanos que hoy viven y han procreado en el exilio, menguando la nación, no sólo demográficamente, sino también en lo cultural y espiritual por desarraigo, dispersos por estos mismos lugares en que los hemos visto manifestarse cuales “cubanos coloniales”, a decir de José Martí.

El Apóstol llamó “cubanos coloniales” a los sin fe en su patria, a quienes por imitativos y “flojera de carácter” definió como “iberófilos”, “galófilos”, los “yancófilos”; pero a esta altura del siglo XXI no encuentro un prefijo suficientemente descriptivo para anteponer a los “filos” de los cubanos que, echados de su tierra por el castrocomunismo, o de rodillas ante la bota militar que en Cuba los obliga a pagar con dólares estadounidenses mendigados, piden públicamente al presidente de Estados Unidos que también se ponga de hinojos ante los pies que ellos lamen. Porque es demasiado pedir cuando Joe Biden no está ante Jesucristo.

“Cubanos coloniales”: los nuevos voceros contra el embargo